Entrevista a Andrés Ibáñez: “Lo mejor que tenemos son nuestros deseos” | Letras Libres
artículo no publicado
Nicolás Ibáñez

Entrevista a Andrés Ibáñez: “Lo mejor que tenemos son nuestros deseos”

Su nueva novela relata el retiro de un escritor en un caserón perdido de los Catskills, solo interrumpido por las visitas de una mujer, hasta la aparición de dos siniestros intrusos que lo cambian todo.

Nunca preguntes su nombre a un pájaro (Galaxia Gutenberg, 2020) es una novela gótica protagonizada por Horst, un escritor con dudas sobre su propio talento. La novela transcurre en una casa ruinosa que perteneció al ídolo de Horst, el escritor Winslow Patrick, y sobre la que flota una atmósfera opresiva. La verdadera conexión de Horst con la vida parece ser su cuñada Eva. Pero el luminoso vínculo entre los dos será emponzoñado por los fáusticos personajes de Matt Signorelli y Kenny.

Has ambientado la novela en los Estados Unidos, en el valle de Delaware. ¿Por qué?

Es una zona que me gusta mucho y que conozco bastante bien, porque durante una época asistí a retiros con el maestro de yoga Dharma Mittra en una casa en los Catskills. Era un sitio muy bonito, como un hotel de pescadores de los sesenta un poco venido a menos. Me gustaba la idea de seguir viviendo en esa casa. Los pueblos que salen en la novela, Roscoe y Monticello, con su cultura judía ortodoxa, están cerca. La casa es la misma, pero en la novela es una casa en decadencia, muy sombría y oscura.

La naturaleza tiene una presencia muy fuerte en la novela. Resulta muy amenazante y parece una proyección del estado de ánimo del protagonista, Horst.

Yo quería hacer una novela gótica. Hay algo oscuro en esa zona. Es el norte del estado de Nueva York, pero es como Nueva Inglaterra. En toda Nueva Inglaterra hay algo oscuro. Es el territorio de Stephen King, de Lovecraft. El color que cayó del cielo, por ejemplo, transcurre en esos valles. Desde el siglo XVIII hay una visión en la literatura americana, y en Europa también, de esa América como un sitio sombrío. Incluso en la poesía de Frost.

En contraste con la europea, que es más pacífica, la naturaleza americana es muy amenazante, hasta terrorífica. Es un mundo muy solitario. En América, salvo en las ciudades, la gente vive aislada.

Horst se ha retirado del mundo porque no está muy contento con su vida. Luego veremos que ese aislamiento resulta desastroso, pero en cierto momento el personaje de Eva le habla de Jung y de lo fructífero que fue su retiro. ¿Qué diferencia hay entre los dos retiros?

Uno no piensa en eso cuando escribe, pero al pensar luego sobre la novela me di cuenta de qué significan para Horst la soledad y el encuentro con Eva. Al encontrarse con la naturaleza, con el cuerpo y con las sensaciones, empiezan a abrirse puertas en su interior. Empieza a oír voces. Su apertura al mundo interior acaba siendo un desastre para él. Las puertas que mantenemos cerradas nos sirven también de protección. Cuando empiezas a abrir la percepción y la sensibilidad empiezan a entrar cosas nuevas, buenas y malas.

No sé si esos intrusos son verdaderamente intrusos, si son personas de carne y hueso o son otra cosa. Pero a mí me da la impresión de que todo se produce porque Horst empieza a abrir cosas en su interior. Eso tiene su parte de peligro.

De hecho todo empieza a torcerse cuando Horst compra un arma. Es entonces cuando aparecen los intrusos. Es como si al defenderse atrajese aquello de lo que se quiere defender.

Sí, es posible que funcione así. Todo lo que temes se manifiesta. Es eso que decía Jung: si se presenta en tu casa un lagarto y le cierras la puerta volverá por la noche convertido en un dragón. Todos nuestros temores están dentro de nosotros y luego nos persiguen. Es como un extraño espejo que hay en nuestra vida. Todo lo que vemos en ese espejo somos nosotros y todas las cosas externas son en realidad reflejos nuestros.

Hay unas páginas muy emocionantes sobre los escritores como personas un poco pobrecillas, que no saben vivir. ¿Tener que rehacer la vida a través de la escritura revela una incapacidad de vivir? ¿Y eso les pasa también a los pintores, a los músicos, a los bailaores de flamenco? ¿O es una cosa más propia del escritor?

Bueno, no conozco a muchos pintores, y no conozco a tantos bailaores de flamenco, aunque conozco a alguno. Los músicos viven en el mundo de los músicos, viven en el mundo de la música. Pero ¿qué es el mundo de la literatura? Los escritores escriben sobre la vida y sobre las personas.

Si tengo que hablar sobre los escritores al escribir un libro, me imagino tres o cuatro posibles cosas que podría decir sobre ellos. Escribo por ejemplo que los escritores son unos cobardes. ¿Pienso yo eso? La verdad, no lo sé, pero uno se deja llevar por esa idea. Me resulta difícil hablar de los escritores como si fuesen una masa unificada. Pero desde luego, sean cobardes o no, todo ese problema de la vida y de no vivir es esencial en la literatura. Es el centro de todo. Porque yo quiero escribir para no perder la vida. Quiero escribir porque la vida se va, porque las impresiones y las sensaciones se van perdiendo y quiero guardarlas de alguna forma. Claro, eso también me separa de la vida.

Escribí esta novela a toda velocidad. Quería presentarla a un premio y tenía un mes de plazo. En un mes no podía pensar. Me decía “ahora hace falta una digresión”, y de ahí “los escritores son unos cobardes”. No me parece una cosa muy original, se ha hecho mil veces. Pero creo que escribir es así.

Hay toda una tradición, en la que está Blanchot por ejemplo, que dice que siempre se escribe sobre la muerte, y que lo que pones en un libro ya está muerto. Son cosas que tú quieres que estén vivas, y la lucha es por que no estén muertas, por que el libro no sea un museo ni un mausoleo, sino por que esté vivo. Yo creo que esa es la lucha central, sobre todo de un novelista.

¿Escribir podría ser una vía para dejar de escribir, para llegar a un punto en que aceptas que las cosas son fugaces, y después de haber escrito tanto consigues estar conforme con eso y dejas la escritura?

¿Y por qué la dejas?

La dejas porque te das cuenta de que tu trabajo de intentar atrapar las cosas es un poco fútil, pero te ha servido como práctica para entender que en la naturaleza del mundo está la fugacidad.

Pero tú ya sabes que hay fugacidad. Creo que hay distintos tipos de escritores. Algunos quieren capturar la vida y otros no quieren eso en absoluto. Son los escritores más felices, porque desde el principio saben que no es posible. A mí ese tipo de escritores siempre me han inquietado. Son los escritores como Kafka. Kafka ya sabía que eso no es posible. Sabía que no es posible captar la vida de ninguna manera, y lo que él quería hacer es otra cosa. Incluso lo dice varias veces indirectamente en sus diarios. A Bolaño le pasa también. No quiere en absoluto capturar la vida. En Los detectives salvajes hay una enorme nostalgia por su juventud, pero yo percibo que lo que él quiere es crear objetos que son artificiales y que ya se sabe que lo son.

Hay otro tipo de escritores. Un ejemplo muy evidente es Conrad, que quiere recrear el calor, la sensación de la vida… Claro, que querer recrear la sensación de la vida finalmente es imposible. Es algo muy ingenuo, uno se vuelve loco y se pierde. No sé si lo sabio sería dejar de escribir. A lo mejor lo sabio sería dedicarse a otra cosa. Pero escribir es como una especie de adicción. Uno ya no sabe vivir de otra manera.

Tú eres músico. ¿Eso influye en tu manera de escribir?

Supongo que siempre hay una relación entre escribir y la música. Tiene que ver con usar un material, ver qué posibilidades tiene, dejarte llevar por ese material y desarrollarlo. En eso, la música y la literatura son lo mismo. Pero las personas que no tienen especiales conocimientos musicales hacen lo mismo cuando escriben. Borges decía que Orlando, de Virginia Woolf, era un libro musical, porque está hecho de ciertos temas que se repiten. La repetición, que es propia de la música y también de la poesía, tiene que ver con la vida. Nuestra vida está hecha de cosas que empiezan a transformarse en cuanto aparecen, empiezan a crecer y a combinarse con otras. Nosotros deseamos que nuestra vida sea como la música bien hecha, no algo sin sentido. Por eso queremos leer. Porque queremos que nuestra vida tenga sentido. Queremos que sea una obra de arte.

Pero es curioso. Cuando me han hecho entrevistas por esta novela parece como si fuera una especie de novela experimental ensayística. Y en realidad no es así, es una novela de misterio.

Uno de los temas son los deseos que no reconocemos. El personaje de Matt Signorelli le dice a Horst “Tú me has pedido esto, yo vengo a cumplir”. Horst se rebela y dice que no había pedido nada, pero al transcurrir la novela da la sensación de que sí lo había pedido (algo así como la gloria literaria).

No se lo ha pedido literalmente porque no sabía que podía pedírselo, pero una vez que se lo ofrece nunca le dice que no. Y cuando llega el momento en que tiene que decidir si quiere cumplir el trato o no, él lo cumple. Primero le atan, luego le sueltan. No quiero hablar de esto, porque no se debe contar el libro, para quien no lo haya leído. Pero él acepta el trato, por increíble y extraño que parezca.

Pienso en Stalker, la película de Tarkovski. Trata de un grupo de personas que van a un sitio misterioso donde hay una habitación que te concede los deseos. En la película no se ve tan claro como en la novela original. Nadie se atreve a entrar en esa habitación, porque no te concede los deseos que pides sino los deseos que quieres de verdad y que quizá no reconoces.

Nosotros estamos hechos de deseos. La vida humana son deseos, buenos o malos. El libro trata de eso, de esa obsesión con la gloria que tienen todos los escritores, como Horst. Es una obsesión necesaria, sin ella no haces nada. Tiene diferentes nombres: reconocimiento, fama, éxito, gloria, inmortalidad. Eso de “escribo para mí mismo” es una tontería. Claro que escribo para mí mismo: porque quiero tener reconocimiento, éxito, dinero. El problema es lo que Horst está dispuesto a hacer, que es perderse a sí mismo.

Después de escribir el libro pensé que era una exploración en el lado oscuro de la psique masculina. Por ese deseo, por esa necesidad de gloria, y por todo lo que representa El Rey Amarillo, Matt Signorelli, lo que tiene que ver con la fuerza, con las armas, con ese discurso que tiene contra los pacifistas de que “hay que matar para vivir”. Como siempre he querido vivir al margen de eso, he querido explorarlo.

El libro lo escribí en una total inconsciencia. Quería escribir un cuento. Me gustaba mucho esa casa, me gustaba mucho ese paisaje, y me puse a describirlos. El personaje de Winslow Patrick, el antiguo inquilino de la casa, y las cosas que dice, surgieron de la necesidad de inventar circunstancias para la novela. No hay un plan aunque lo parezca.

Lo que quiero en todos mis libros, y quizá en este más que en ninguno, es contar una historia que interese a alguien, que le haga feliz y que le haga desear seguir leyendo. A medida que escribo voy viendo si es necesario introducir algo nuevo, un momento de tensión o de relajación. Y todo queda muy redondo en este libro, no se sabe por qué. Es un misterio.