El Muro de Berlín, crónica de una reliquia moderna | Letras Libres
artículo no publicado

El Muro de Berlín, crónica de una reliquia moderna

Sergio Campos reúne en su libro la historia de las ciento cuarenta personas que murieron intentando cruzar a la otra Alemania. Contar esa historia honestamente exige dar los nombres de los muertos.

I

El Muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989 por la noche, pero en mi casa nos enteramos al día siguiente gracias al telediario de la hora de comer. Lo primero que pensé fue que ya no iba a confundir nunca más la RDA y la RFA cuando tuviese que situarlas en un mapa mudo. Recuerdo llegar a casa del colegio, ver el telediario y pensar qué bien, una frontera menos, una posibilidad menos de fallar.

La lógica infantil es aplastante y práctica. Así, mi primer recuerdo de la existencia del Muro es el día en que supimos que había caído, las imágenes de la televisión enseñaban una fiesta en la calle, gente brindando, y arrancando pedazos de cascotes que luego se venderían como souvenires.

 

II

Volví a recordar todo esto con la lectura de En el Muro de Berlín, de Sergio Campos Cacho. El libro comienza justo en ese punto, en la imagen que para la mayor parte del mundo fue el momento histórico y el recuerdo universal. Y que, por eso mismo, puede llevar a confusión respecto al propósito original del Muro de Berlín, que se levantó para impedir que los alemanes del este cruzasen a la zona occidental, un mecanismo básico de aislamiento y represión.

Durante casi cuatrocientas páginas, Sergio Campos hace una crónica documental de la historia del Muro en la cual va intercalando un relato exhaustivo de todas y cada una de las personas que murieron intentando cruzarlo. Una tras otra, con nombres, fechas, lugares y circunstancias, el autor va poniendo rostro y gestos a aquellos que dejaron todo lo que tenían atrás, se jugaron la vida y la perdieron.

Como Erna Kelm, por ejemplo, que murió ahogada tratando de cruzar a nado por el canal de Teltow en la zona sur de Berlín, cerca de Potsdam. Cuando la encontraron solo llevaba encima su documentación envuelta en plástico, era enfermera y tenía hijos. Una nieta suya descubrió su nombre en el memorial de las víctimas del muro en 2012, no tenía ni idea de la historia de su abuela. O Leo Lis, que se fue a Berlín en tren e intentó cruzar en la frontera de la Nordbahnhof, activó una alarma y le dispararon 78 balas. Los vecinos, que lo oían todo porque esto sucedía en la vía pública, salieron a las ventanas a increpar a los guardias.

Aunque de todas las historias las que más me impresionan son las de los que intentaban cruzar saltando desde los edificios de la Bernauer Strasse. La situación llegó a ser tan aberrante que podías vivir en una casa que estuviese en Berlín-Este pero que las ventanas diesen a Berlín-Oeste. La gente se colaba en los edificios diciendo que iba de visita y saltaba por las ventanas, se tiraban como si la casa estuviese en llamas y al otro lado, en el oeste, que era otro país y otra legislación, los esperaban los bomberos, la policía y las ambulancias para asistirlos.

La RDA decidió tapiar las ventanas para impedir las fugas y los edificios se convirtieron en una extensión del Muro, se mimetizaron con él. Hay pocas imágenes tan impresionantes como la de las fachadas con las ventanas tapiadas. Cegar un edificio es tomarse la molestia de construir una ruina, un lugar invivible; quien lo hizo tenía muy claro que su prioridad era impedir la fuga a cualquier precio.

 

Cabe preguntarse si es necesario dar todos estos datos, esta lista de nombres, circunstancias y pequeños detalles personales que identifican inevitablemente a las víctimas con nosotros mismos o con cualquier conocido. Gente que tenía nuestras mismas inquietudes y que un día, presa de la desesperación, de la locura o del idealismo, decidió dejar atrás el miedo e intentó cruzar. Es necesario, sí, porque como el propio autor afirma en su preámbulo, es la única manera de contar esta historia honestamente.

Sobre todo si tenemos en cuenta que sigue habiendo quien dice que ciento cuarena víctimas son pocas. Ciento cuarenta víctimas mortales, puntualicemos. Sergio Campos aclara que en este cómputo no constan las personas que fueron heridas y se recuperaron, las víctimas que no pretendían cruzar la frontera, que murieron por una bala perdida o mientras ayudaban a otros a cruzar. Tampoco fueron contabilizados como víctimas del muro doscientas cincuenta y una personas, casi todos ancianos, que murieron de un ataque al corazón en los controles de frontera, ni aquellos que no pudieron ser identificados

Si a esto sumamos cuán paralizante puede ser vivir en una sociedad en la que una de cada ochenta y nueve personas es un confidente de la Stasi, queda claro que las víctimas mortales pueden ser oficialmente ciento cuarenta, pero el muro fue un arma represiva que afectó a una sociedad entera.

Es increíble cómo somos capaces de empequeñecer el significado de las cosas como, a nuestros ojos o bajo nuestra experiencia, la cuestión de las dos Alemanias puede quedar reducida a una línea en un mapa mudo, un problema de geografía o un icono pop. La lógica infantil no nos abandona tan fácilmente, podemos seguir arrastrando este tipo de simplificaciones absurdas solo porque nos dan seguridad, porque hacen más consistentes las certezas y el mundo adulto ya resulta suficientemente hostil.

Aun así, la realidad es que el Muro solo fue una fiesta el día que desapareció, el día que cayó y se convirtió en gravilla para millones de turistas. No me extrañaría que a estas alturas se hayan vendido fragmentos suficientes como para construir tres muros y no me parece mal. La libertad significa también la libertad de creencia, todo el mundo tiene derecho a tener sus reliquias. Porque el Muro de Berlín se ha convertido exactamente en eso, en una reliquia moderna. Un símbolo del fin de una era que está basado en el dolor, porque ya se sabe que no hay redención sin sacrificio.

En el muro de Berlín es un ensayo revelador porque hace justamente el ejercicio contrario a nuestra inercia reduccionista, aquí el del Muro es un universo que se expande.

 

III

Acababa de instalarme en Berlín, estaba almorzando en un café y una señora mayor que se había sentado en la mesa de al lado empezó a hablar conmigo. Después de unos minutos contándonos banalidades me dijo que había nacido en Berlín-Este, era la primera persona que yo conocía que había vivido toda esta historia. Le pregunté cómo fue la noche en que cayó el Muro, me dijo que en cuanto se enteraron ella y su marido fueron corriendo a intentar cruzar.

- Y ¿qué recuerda?

- Al principio fue una fiesta –me dijo– pero después todos estaban borrachos.


 

En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada (1961-1989)

Sergio Campos Cacho

Madrid, 2020, Editorial Espasa, 416 pp.