Dos o tres cosas que sé sobre la crítica | Letras Libres
artículo no publicado

Dos o tres cosas que sé sobre la crítica

Como escribió Orwell, “la reseña prolongada e indiscriminada de libros es un trabajo excepcionalmente desagradecido, irritante y agotador”.

En Caro diario (Nanni Moretti, 1993) el cineasta italiano pasa agosto en Roma. No tiene nada que hacer además de recorrer en Vespa la ciudad y buscar a Jennifer Beals porque su sueño siempre ha sido saber bailar. Eso y mirar las casas. Se entretiene yendo al cine. Ve una película horrible, pero recuerda que leyó algo positivo sobre la cinta en algún sitio. Lo encuentra y lo copia en su diario y se pregunta “Pero el que escribe estas cosas, por la noche, antes de quedarse dormido, ¿no tiene un momento de remordimiento?”. En el siguiente plano, se ve al crítico llorando en la cama mientras Moretti le lee fragmentos de las cosas que ha escrito: “un trip a lo Spielberg, con ritmo y espacios futuristas […] puro pus underground de alto presupuesto […]”. El crítico llora, se tapa la cabeza con la almohada y trata de arrancarle los periódicos a Moretti, que sigue leyendo, implacable, los fragmentos más vergonzantes y más incomprensibles que ha encontrado.

Todos somos ese crítico: si nos leyeran en voz alta algunas de las cosas que escribimos sobre películas, libros o discos nos echaríamos a llorar de ridículo, nos meteríamos debajo de la cama y nos alegraríamos mucho de que el panadero no supiera nunca que hemos firmado esas frases. El de crítico es un trabajo ingrato. En 1946 George Orwell escribió “Confesiones de un crítico literario”, un magnífico texto en el que describe el día de un crítico profesional: “Es un hombre de treinta y cinco años, pero aparenta cincuenta […] Medio escondido entre montañas de papeles, hay un voluminoso paquete que contiene cinco volúmenes que su editor le ha enviado con una nota en la que le sugiere que ‘deberían quedar bien juntos’. […] Y pese a todo, curiosamente, su artículo llegará a tiempo. […] Entonces, de pronto se lanzará a la tarea. Todas las viejas frases anquilosadas se colocarán en sus puestos como limaduras de hierro obedeciendo a un imán y la crítica quedará lista con la extensión exacta y unos tres minutos antes de la hora señalada”. Vamos, “la reseña prolongada e indiscriminada de libros es un trabajo excepcionalmente desagradecido, irritante y agotador”.

Ahora el espacio para las críticas se ha reducido, no porque no haya lugares en los que publicarlas, sino porque apenas se hacen. Como explicaba también Orwell, es complicado decir lo que se piensa de verdad de un libro de alguien con quien tal vez coincidas en una fiesta en dos semanas. Puede que ese novelista al que no ha gustado tu reseña no te dé un puñetazo, pero la situación tampoco será agradable.

Y así, empujado por las cámaras de eco en que se han convertido las redes sociales, no se toleran los peros a los libros: una reseña negativa se entiende como un asunto personal y se responde también con otro ataque personal (en el peor de los casos, con un señalamiento de quien ha osado no comulgar con el libro en cuestión, matizar la postura defendida, cuestionar dos o tres cosas, argumentar algún error en que cae el autor). Sorprende ese infantilismo: como si no se supiera que publicar es exponerse, y que entrar en el juego implica aceptar que haya a quien no le guste.

Pocas veces se piensa que quien escribe de un libro (mal o bien) le ha dedicado muchas horas de su vida, además de las que le ha llevado la lectura, luego ha reflexionado sobre él, ha tratado de analizarlo, de pensar en qué fallaba y en qué acertaba. Tal vez por eso sea tan raro ver reseñas negativas –o positivas que vayan más allá del énfasis: pienso que explicar por qué nos gustan las cosas que nos gustan es muy difícil–. A veces da la sensación de que se defienden los libros por los temas que tratan, sin hacer caso de las cualidades literarias o del rigor. Como si bastara el hecho de que se acerque a un hecho candente, o ponga sobre la mesa un asunto a debatir.

Decir la verdad sobre lo que se piensa de los libros es duro: todos queremos oír que somos estupendos, y al mismo tiempo en general todos preferimos caer bien que caer mal (aunque haya quienes hayan tratado de mostrarse como enfants terribles y escribir sin pelos en la lengua para llamar la atención y hacerse un hueco, con mayor o menor fracaso). Pero la credibilidad del reseñista (o crítico) depende de eso: de no engañar al lector que está dispuesto a dejarse orientar en sus elecciones.