Caroline Lamarche. Los seres humanos y otros animales | Letras Libres
artículo no publicado

Caroline Lamarche. Los seres humanos y otros animales

En todos los relatos de 'Estamos en el borde' aparecen animales, pero sobre todo, todos los cuentos están protagonizados por personajes solos.

En el límite. Estamos en el borde es la colección de relatos que Caroline Lamarche ha ido escribiendo a lo largo de años y que quedaban sin publicar porque en Francia, todavía más que en España, los editores dicen que los libros de cuentos no venden. Con este libro Lamarche obtuvo el Premio Goncourt de Relato en 2019, en España lo ha publicado Tránsito, con traducción de Raquel Vicedo. Como explicó Lamarche en una entrevista con Inés Martín Rodrigo, “Estamos en un periodo del planeta al borde de algo que puede resultar muy grave por la pérdida de ciertas especies, la destrucción de la naturaleza... Aunque, también, estamos al borde de un cambio que puede ser muy positivo”. Eso ha llevado a que se potencie la lectura de este libro como de cuentos con mensaje ecologista; cuando en realidad se trata más bien de cuentos en los que personajes al límite, a punto de darse cuenta de algo, se cruzan con un animal, que les sirve a veces de espejo, a veces de fuga, a veces es un saco en el que volcar su cariño. En algunos momentos aparece de manera explícita un discurso ecologista, pero son los menos. De hecho, en esa misma entrevista, después de afirmar que su preocupación por la naturaleza viene de lejos, Lamarche dice: “Los relatos de este libro están escritos hace años, aunque el tono se mantiene en todos. He podido perfeccionarlos, pero no hay ningún mensaje. Es una coincidencia que en toda mi obra los animales estén muy presentes, no fue premeditado”.

Plumas. El primer cuento de este volumen es también el más largo y lleva por título el nombre que le pone el protagonista al animal que adopta como mascota, Frufrú: “Porque es agraciada, se asea varias veces al día, con vivacidad y precisión, un poco torpe del costado izquierdo, el costado herido. Frufrú porque tiene unos hermosos ojos que te miran un poco de soslayo, atentos y huidizos. Y el cuello como el tallo de una flor. Frufrú porque es nerviosa, lo dijo todo el mundo”. Frufrú es una pata que Louis, el protagonista y narrador, rescata de sí misma en el refugio para aves heridas y ella se le tira al cuello a darle besos. Decide entonces adoptarla, empujado por Marion, la jefa de voluntarios del refugio. Desde que empieza el relato sabemos que la pata no está, “Hace menos de seis meses que la conozco y es mi historia de amor más hermosa. A veces pienso que está muerta, pero eso no va con su temperamento”, empieza. “Frufrú” es en realidad una historia de personajes abandonados: Marion, a quien sabremos que su marido abandonó, Louis, o Manju, una joven india a la que adoptó la vecina Louis y que después de un intento de suicidio vive en una residencia del Estado. No es el único cuento en el que aparece un pájaro: está “Merlín”, el nombre que pone la protagonista del cuento a un mirlo que aletea en un árbol que hay en la villa en la que la mujer está. “Me encantaría que un hombre cuidara de mí como el guarda cuida de los árboles. Pero solo tengo al mirlo”, dice.

Pelo. Uno de los cuentos más redondos del volumen es “Embuste”, donde se mezclan varios tiempos: en el presente, hay una demolición de unos establos; en el pasado, una niña que decide cabalgar al caballo negro que monta su madre, Embuste, y pasan la noche en el bosque. Pero también en el pasado está la destrucción de la familia: la madre tuvo una aventura con el hombre que le enseña a montar; vendieron a Embuste y a la mañana siguiente tuvo que ser sacrificado porque se había herido sin remedio intentando salir. También hay animales de pelo en “Horacio” (una rata), que es quizá el más humorístico y perturbador; en “Tosco” (un gato callejero), una historia sobre dos jóvenes que viven en la calle y un hombre que las protege en parte porque se enamora del gato que acude a comer al garaje en el que malviven las chicas y que sin duda sería mejor sin esa frase final a modo de guía de interpretación. Y hay animal de pelo, una ardilla roja, en “Rudi”, donde una mujer trata de recomponer su vida y la pareja tras la muerte súbita de su bebé.

Púas e insectos. En “Ulises” una mujer salva un erizo en la carretera antes de preparar la casa de su novio para cenar con otra pareja. Mientras los hombres hablan de Joyce, ella se pierde en sus recuerdos y viaja hasta sus años universitarios y más adelante, cuando leía enfermizamente Ulises. También aparecen insectos: hormigas, cuyo hormiguero es destrozado por unos niños curiosos, y una mariposa que se deja morir y una mujer que no sabe si interpretar esa muerte como la señal de que debe romper con su novio o no.

Solos. En “Embuste”, después de que la niña y el caballo pasen la noche en el bosque, la policía quiere interrogar a la niña sobre por qué decidió irse con el caballo si ella no monta. La niña, que se ha quedado con el detalle de cómo ha dicho la agente que quería el café solo, explica: “He paseado por el bosque algunas veces, […] pero pasear sola a caballo, sola a lomos de Embuste, es algo completamente distinto”. En los cuentos de este volumen, además de la presencia animal, hay algo que les da unidad, y es que todos los personajes están solos. Estamos en el borde es sobre todo un retablo en el que aparecen distintas maneras de estar solo.

Estamos en el borde, Caroline Lamarche

Traducción de Raquel Vicedo

Madrid, Tránsito, 2020, 144 pp.