Peter Handke, el Premio Nobel y las teorías de la conspiración sobre la guerra de Bosnia | Letras Libres
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Peter Handke, el Premio Nobel y las teorías de la conspiración sobre la guerra de Bosnia

El jurado de la Academia sueca se basó en varias teorías conspirativas sobre la guerra en los Balcanes para justificar el Premio Nobel al escritor Peter Handke, que ha apoyado al criminal de guerra serbio Slobodan Milosevic.

Esta es una historia sobre una teoría de la conspiración que nació en los 90, hibernó en la oscuridad durante dos décadas, y en 2019 parece que ha convencido a los jueces del Premio Nobel de Literatura para darle el galardón a Peter Handke, que ha negado el genocidio serbio de musulmanes en Bosnia.

La versión corta es que dos jurados del Nobel, como respuesta a la crítica global que ha provocado la selección del escritor austriaco, tomaron la inusual decisión el mes pasado de desvelar las fuentes que consultaron para elegir al galardonado. Uno de los jurados, Henrik Petersen, citó un libro de un autor poco conocido, Lothar Struck, que vive en Düsseldorf y colabora en una revista literaria online. Otro jurado, Eric Runesson, dijo que se basó en un libro de un historiador de Innsbruck llamado Kurt Gritsch. Ningún libro ha sido traducido del alemán y solo tienen unas pocas citas en Google Scholar.

Los libros de Struck y Gritsch defienden el escepticismo de Handke con respecto a las atrocidades serbias, y respaldan su tesis de que en los noventa los medios fueron injustos con los serbios. Los libros tienen un tono confiado y aparentemente los jurados del Nobel llegaron a la conclusión al leerlos de que estaba justificada la simpatía gestual y escrita de Handke por el lado serbio (incluida una elegía en el funeral en 2006 del líder serbio Slobodan Milosevic, que murió de un ataque al corazón mientras esperaba una condena por genocidio).

Pero estos dos libros tienen un enorme fallo que los jurados del Nobel no parecieron ver. Ambos apoyan una teoría de la conspiración que afirma que una empresa de publicidad estadounidense, Ruder Finn Global Public Affairs, creó una campaña para inflar las atrocidades serbias y por lo tanto hizo que los estadounidenses se pusieran en contra de los serbios. Según la teoría de la cortina de humo de la guerra de Bosnia que estos libros adaptan, el relato unilateral aceptado de las inmensas atrocidades serbias era en realidad la consecuencia de una campaña de publicidad manipuladora, y no se basaba en los sucesos sobre el terreno. Gritsch menciona a Ruder Finn unas veinte veces en su libro, Peter Handke y “Justicia para Serbia”, y le dedica un breve capítulo. Struck, cuyo libro se titula The one with his Yugoslavia (Él y su Yugoslavia), estaba tan cautivado con Ruder Finn que publicó un suplemento digital que consiste –de manera sorprendente– en los contratos que la compañía tuvo con el gobierno estadounidense.

Como escribió Gritsch, “Debido a varios resentimientos y una postura ya existente antiserbia y promusulmana entre los periodistas, la tesis se desarrolló de la siguiente manera: el lado serbio (y solo el lado serbio) creó campos de la muerte en el conflicto yugoslavo, y después la agencia de relaciones públicas Ruder Finn publicitó esta teoría, consiguiendo que la noticia de los campos de concentración tuviera una circulación masiva.” Gritsch añade que después de que surgieran las primeras imágenes y vídeos de los campos serbios, “el uso de conceptos emocionalmente cargados, como ‘limpieza étnica’, ‘campos de concentración’ se podía atribuir a la agencia de relaciones públicas Ruder Finn”.

Es una inmensa reescritura de la historia. Los primeros artículos sobre los campos serbios aparecieron por sí mismos en agosto de 1992; era un desarrollo espectacular que no necesitaba ningún impulso de una empresa de publicidad. Investigaciones posteriores, artículos y juicios por crímenes de guerra demostraron que los campos eran aún peores que lo que los primeros periodistas detallaron. Y la expresión “limpieza étnica” se usó a menudo desde que comenzó la guerra en abril de 1992, cuando milicias serbias asaltaron poblaciones bosnias y mataron o expulsaron a sus habitantes musulmanes.

“Es simplemente un disparate”, dice Marshall Harris, que fue experto en Bosnia del Departamento de Estado de EEUU cuando comenzó la guerra. Harris, que dimitió de su cargo en protesta por la falta de intervención estadounidense al principio del conflicto, acabó liderando una coalición de importantes activistas sobre Bosnia, e interactuó con Ruder Finn. “Estados Unidos intervino en los Balcanes por Slobodan Milosevic. El objetivo de atribuirle a una empresa de relaciones públicas de muy poca importancia un gran éxito de influencia sobre la política estadounidense en los Balcanes minimiza la gravedad y el alcance del genocidio.”

La teoría está tan alejada de la realidad que es difícil encontrar académicos que la conozcan. El profesor Michael Sells de la Universidad de Chicago, autor del libro de 1996 The bridge betrayed: religion and genocide in Bosnia (El puente traicionado: religión y genocidio en Bosnia), recuerda que los nacionalistas serbios mencionaban a Ruder Finn en un boletín online durante la guerra, pero le sorprendió descubrir, cuando contacté con él, que se atribuía a la empresa un papel en el conflicto. “Las cosas estaban tan abrumadoramente claras sobre lo que estaba pasando en Bosnia, desde tantas fuentes diferentes, que no me puedo imaginar que Ruder Finn haya podido inclinar la balanza de ninguna manera.”

La teoría de la conspiración de Ruder Finn ha circulado por internet casi desde que existe la web. Aunque un pequeño número de libros y artículos que defienden a los serbios la mencionan, simplemente no hay un trabajo prestigioso que le dé credibilidad. La sugerencia de que fue injusto definir a los serbios como los principales culpables en Bosnia –y que una empresa de publicidad relativamente pequeña creó este mito y convenció a todos de él– es una chaladura total. Incluso Jacques Merlino, el periodista francés cuya entrevista con un cargo de Ruder Finn lanzó la teoría, parece sorprendido por el alcance que ha tenido. “Sé que hicieron su trabajo pero no sé si fue especialmente efectivo”, escribió en un email a este periodista.

Sin embargo dos jueces del Premio Nobel de Literatura afirman haberse basado en libros que recurren a esta teoría de la conspiración para exonerar a Handke.

Cómo se inventa una conspiración

La mejor manera de contar esta extraña historia es desde su origen, que es el 24 de abril de 1993. Ese día Merlino acudió a la oficina de James Harff, un ejecutivo de Ruder Finn en Washington D. C.

Harff trabajaba para el atribulado gobierno bosnio, que por entonces estaba intentando mantener a raya al ejército serbio que en 1992 atacó el país y se apropió de un 70% de su territorio, asesinando o expulsando a los musulmanes en su camino. El trabajo de Harff consistía en hablar con periodistas y políticos sobre la guerra, que en 1993 había alcanzado un punto muerto como consecuencia del asedio de milicias serbias a Sarajevo y otras ciudades, incluida Srebrenica.

Tal y como recuerda Harff, la entrevista no duró mucho y no fue grabada. Pero a finales de 1993, Merlino publicó un libro en Francia, Las verdades de Yugoslavia no son fáciles de contar, que tenía un capítulo sobre Ruder Finn. Citaba a Harff presumiendo de haber engañado a tres organizaciones judías importantes para que apoyen al gobierno bosnio, lo que inclinó la balanza de la opinión pública. Según el libro de Merlino, Harff dijo que Ruder Finn había diseminado información sobre los campos de concentración serbios a pesar de que los informes no se habían confirmado. “Nuestro trabajo no es verificar información”, dice Harff en una cita. “Nuestro trabajo, como he dicho, es acelerar la circulación de información que es favorable para nuestro bando [...] No nos pagan para ser morales.” Los comentarios de Harff parecían una confirmación de que a los serbios les habían tendido una trampa y les acusaban –de manera injusta y sin pruebas de cometer un genocidio en Bosnia.

El libro de Merlino tuvo inmediatamente una gran audiencia entre lectores serbios y proserbios que querían evitar una intervención militar estadounidense. Aquí, finalmente, estaba la prueba de lo que querían mostrar al mundo, que las noticias sobre los serbios masacrando musulmanes en una ola unilateral de atrocidades no se basaban en la realidad sino en una campaña manipuladora de una firma de relaciones públicas que había admitido ahora su papel. Extractos del capítulo de Merlino sobre Harff se publicaron en medios proserbios e incluso llegaron a columnas de opinión en publicaciones prestigiosas estadounidenses y europeas.

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Peter Handke en un homenaje a Slobodan Milosevic.

Las teorías de la conspiración tienen a menudo elementos de verdad que sirven para propulsar sus grandes mentiras. Lo que era cierto en el libro de Merlino, y en lo que se atribuía a Harff, es que las primeras informaciones sobre los campos de concentración serbios, en dos artículos de Roy Gutman en Newsday en julio y agosto de 1992, estaban sin confirmar. Gutman había hablado con trabajadores de ONGs y dos supervivientes de los campos, pero no había visitado los campos y no tenía una gran cantidad de testimonios de primera mano. Así que era acertado decir que Ruder Finn hizo circular informaciones sin contrastar.

Pero la conspiración de Merlino olvida un hecho crucial: en los días y semanas posteriores a los artículos de Gutman, varios reportajes de otros periodistas confirmaron su trabajo, al igual que los juicios por crímenes de guerra años después. Gutman ganó un premio Pulitzer por sus artículos el año siguiente.

Prácticamente todos los grandes periódicos, revistas y canales de televisión en Estados Unidos se llenaron de reportajes sobre el terreno a partir de principios de agosto. ¿Eran reportajes exagerados? Como periodista para el Washington Post, acudí a Banka Luka y visité dos campos: Omarska y Trnopolje. Habían sido limpiados un poco –Trnopolje incluso tenía un cartel a la entrada que decía “Centro de recepción abierto de Trnopolje”– pero seguían siendo horribles. Esto es lo que escribí no mucho después:

Nunca pensé que algún día hablaría con un esqueleto. Eso es lo que hice en Trnopolje. Recuerdo pensar que se movían sorprendentemente bien para ser gente sin músculos ni carne. [...] Un prisionero esquelético se desabrochó la camisa y, tras mostrar un pecho mutilado con varias docenas de cicatrices recientes de a saber qué tipo de torturas, me miró con una cara de terror. Estaba mirando, como un ciervo sorprendido por las luces de un coche, a un punto justo encima de mi cabeza. Me di la vuelta. Había un guarda detrás de mí. Un joven de dieciocho años se nos acercó. Acababa de llegar a Trnopolje después de dos meses en Omarska, el peor campo de todos. Su piel estaba estirada como una bufanda sobre sus costillas y los huesos de sus hombros. “Fue horrible”, susurró. “Mírame. Para pegarme, los guardas usaron sus manos, barras, látigos, cinturones, cadenas, cualquier cosa. Una persona normal sería incapaz de imaginarse los métodos que usaron. Me arrepiento de decir que fue bueno cuando llegaron nuevos prisioneros. Los guardas les pegaban a ellos en vez de a nosotros.”

Y Trnopolje era el campo bueno. Es donde se enviaba a los hombres y mujeres liberados de Omarska, y donde algunos refugiados iban voluntariamente porque quedarse en sus casas era incluso más peligroso, por culpa de las milicias serbias que mataban y saqueaban la región. Omarska era maldad pura, incluso en su condición mejorada, y eso no tenía nada que ver con una ficción soñada por James Harff en Washington D.C. Me llevaron a una cafetería a donde habían trasladado a los prisioneros y el clima de miedo era impresionante cuando intenté hablar con ellos.

“Agacharon las cabezas más aún, sus narices prácticamente dentro de sus cuencos”, escribí en su momento. “Este es un lugar donde las palabras, cualquier palabra, podría matarles. ‘Por favor, no me hagas preguntas’, me rogó susurrando uno de ellos. Un prisionero me dio una nota. ‘Alrededor de 500 personas han muerto aquí con palos, martillos y cuchillos’, decía. ‘Hasta el 6 de agosto, había 2.500 personas. Dormíamos en el suelo de cemento, comíamos solo una vez al día y con prisa, y nos golpeaban mientras comíamos. Hemos estado aquí 75 días. Por favor ayúdanos.”

¿Era tan grave? En 1997, los dos señores de la guerra serbios responsables de estos campos fueron imputados por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia. Uno de ellos, Simo Drljaca, fue asesinado cuando las tropas de la OTAN intentaron arrestarle. Drljaca nos había llevado a mí y a otros periodistas a Omarska y Trnopolje. El otro señor de la guerra, Milan Kovacevic, con el que habíamos discutido para obtener un permiso para visitar los campos infernales, fue enviado a La Haya pero murió de causas naturales durante su juicio por genocidio y crímenes de lesa humanidad.

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Srebrenica

Cuando se publicó el libro de Merlino, Ruder Finn hizo lo que pudo por corregir sus falacias y errores, me dijo Harff en una conversación telefónica. Se enviaron faxes a Merlino –uno de ellos, que Harff me mandó por email, tenía como asunto “Citas erróneas, inexactitudes, cinismo”– y cartas legales a medios que habían citado el libro de Merlino. No se corrigió o rectificó nada (Merlino me dijo que no había recibido ningún fax de Ruder Finn), pero a medida que la guerra siguió su curso, el libro de Merlino dejó de importar porque las pruebas de las atrocidades serbias se volvieron apabullantes.

En el verano de 1995, el asalto terminó con una masacre de más de 7.000 hombres y niños musulmanes en Srebrenica –un nuevo acto de genocidio que finalmente provocó una intervención militar contra los serbios por Estados Unidos y sus aliados de la OTAN–. El tribunal de crímenes de guerra en La Haya imputó a políticos serbios clave –no solo a Slobodan Milosevic sino también al lider serbobosnio Radovan Karadzic y su comandante militar, Ratko Mladic–. La muerte de Milosevic le salvó de un veredicto, pero Karadzic y Mladic fueron acusados de genocidio y sentenciados a cadena perpetua. Las pruebas eran indiscutibles.

Y sin embargo el libro de Merlino tuvo una sorprendente nueva vida. Un cuarto de siglo después, ayudó a otorgar el premio Nobel a Peter Handke.

Kurt Gritsch, Thomas Deichmann y una teoría desacreditada

La teoría de la conspiración sobre Ruder Finn es tenaz en las páginas web de la ultraderecha y la ultraizquierda, pero es desconocida para el resto. A pesar de que cubrí la guerra y escribí un libro sobre ella, no había oído hablar de Ruder Finn hasta que contacté con Kurt Gritsch el mes pasado.

Contacté con Kritsch porque Eric Runesson, el jurado del Nobel, había mencionado el libro de Gritsch y parecía que era su principal fuente para decidir, antes de darle el Nobel a Handke, que las críticas contra él eran erróneas. “Kurt Gritsch, tal y como lo veo, llega a la conclusión de que las críticas no están completamente basadas en los hechos”, dijo Runesson al periódico sueco Dagens Nyheter. Le envié un email a Gritsch para preguntarle si tiene una traducción no autorizada de su libro en inglés porque no puedo leer en alemán. Gritsch me dijo que no había traducción, pero me proporcionó una explicación de sus investigaciones de unas 2.000 palabras. Escribió que “Belgrado y los serbobosnios jugaron un papel importante –quizá el más importante– en muchos aspectos en el conflicto”, pero también citó la milicia bosniocroata y lo que definió como “milicia bosnia musulmana”, una manera provocadora de referirse al ejército bosnio, la única fuerza militar en el país que tenía fundamento legal.

Defendió a Handke mezclando varios clichés refutados que giraban en torno a Ruder Finn. Uno de ellos mencionaba una declaración polémica del Comité Internacional de la Cruz Roja en 1992 en respuesta a los artículos de Gutman sobre los campos serbios. El comité (ICRC), que aspiraba a permanecer como un árbitro neutral, sugirió falsamente que todos los bandos habían desarrollado campos de prisioneros igualmente brutales. La declaración fue desmentida cuando surgió un torrente de noticias, reportajes, investigaciones y juicios por crímenes de guerra, pero los teóricos de la conspiración la citan como prueba de que los abusos en los campos de prisioneros en Bosnia eran equivalentes en todos los bandos. Los conspiracionistas se agarran a una prueba a punto de ser desacreditada e ignoran todo lo que la desacredita más adelante.

Lo que sigue es lo que que Gritsch escribió en su email, con correcciones gramaticales tal y como me pidió (“Puedes citar esto pero [...] por favor corrige la gramática, el vocabulario y la ortografía cuando sea necesario”):

La razón de todo esto puede encontrarse en una campaña de relaciones públicas de 1992. En agosto de 1992, Ruder Finn Global Public Affairs trabajaba para los gobiernos croata y bosnio musulmán. Publicaron que los campos habían sido encontrados en Bosnia y que los dirigían los serbios. Los hechos eran, como la ICRC (la Cruz Roja) probó en el mismo mes, que los tres bandos en el conflicto bosnio –croatas, musulmanes, serbios– tenían campos de prisioneros. La ICRC era muy clara sobre esto y estaba muy preocupada con las terribles condiciones de esos campos, donde se producían violaciones de derechos humanos cada día, incluso violaciones y asesinatos. La ICRC confirmó que había varios campos dirigidos por serbios pero [...] explicó que entraba dentro de la proporción de los bandos enfrentados –la milicia serbia era la más grande del momento y dirigía la mayoría de los campos–. Pero los otros dos bandos tenían sus campos de prisioneros también.

Pero ignorar esto no es lo único que hizo Ruder Finn Global Public Affairs. Promovieron el relato de que los campos de prisioneros eran campos de la muerte y compararon a los musulmanes bosnios con los judíos. Esto fue posible con la ayuda de tres grandes organizaciones judías estadounidenses que apoyaron públicamente a los musulmanes bosnios (ignorando el hecho de que su líder, Alija Izetbegovic, tenía sus propias ideas sobre un Estado islámico, publicadas en un libro muchos años antes). El siguiente paso fue combinar a los perpetradores, y ahí lo tenemos: si los musulmanes bosnios eran los judíos de nuestra época, entonces los serbios tenían que ser los nazis.

Del mismo modo que en su libro, Gritsch repitió otra teoría desacreditada que proviene de un artículo refutado en varias ocasiones y publicado en 1997 por el periodista freelance Thomas Deichmann. El trabajo de Deichmann es popular entre teóricos de la conspiración, que lo citan junto al de Merlino; son una parte fundamental del canon extremista que intenta reescribir lo que ocurrió en Bosnia. Y en lo que podría ser uno de los giros más relevantes y sin embargo menos señalados de la polémica sobre Handke, Deichmann ha sido uno de los compañeros más íntimos de Handke en sus viajes por los Balcanes –realizaron hasta cuatro visitas juntos a Serbia y Bosnia en los años 90 y 2000–. Aunque sus viajes conjuntos son poco conocidos, no son un secreto; han sido mencionados en varios libros y páginas web.

Deichmann alcanzó notoriedad mediática cuando intervino en 1996 como testigo de la defensa en el juicio a un serbio llamado Dusko Tadic, que había sido acusado de cometer crímenes de guerra en Omarska y otros lugares. Deichmann, testificando como un experto en medios, dijo que los musulmanes bosnios que identificaron a Tadic en el juicio quizá lo conocían solo a través de fotografías en los medios o noticias en la televisión. Deichmann estaba sugiriendo que su identificación de Tadic era una mentira o un caso de identidad equivocada. No fue un argumento muy persuasivo: Tadic fue condenado por crímenes contra la humanidad y sentenciado a 20 años en la cárcel.

En un año, Deichmann volvió al foco mediático al escribir un largo artículo con el titular “La fotografía que engañó al mundo”. Se publicó en la revista de extrema izquierda LM, antes llamada Living Marxism y creada una década antes por el Partido Comunista Revolucionario de Reino Unido. Deichmann escribió que un equipo de televisión de ITV, en su primera visita a Trnopolje, había escenificado de manera intencionada un plano en el que los detenidos se colocaban detrás de una valla de alambre de espino, para exagerar las condiciones del lugar. El artículo de Deichmann se convirtió en un complemento perfecto al libro de Merlino de unos años antes –no era solo una agencia de publicidad estadounidense quien buscaba difamar a los serbios, sino que también había periodistas en el terreno que creaban ficciones–.

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Los periodistas a los que acusó Deichmann le demandaron por difamación en un tribunal londinense y fueron indemnizados con 375.000 libras. Esto provocó el cierre de LM, pero no acabó con el artículo de Deichmann. Como la teoría de Merlino, se mantuvo viva gracias a libros revisionistas y artículos en Stormfront y otras webs de extrema derecha y extrema izquierda. Como ha señalado el historiador fotográfico David Campbell en un estudio meticuloso, el artículo de Deichmann formaba parte de un “debate general que aspira a revisar la interpretación de la guerra de Bosnia negando la naturaleza, el alcance y el propósito de la violencia en la estrategia de limpieza étnica de los serbobosnios.” Campbell añadió “que lo que importa para LM y otros es la manera en que esta disputa permite cortar el vínculo potencial entre Bosnia y el Holocausto, disminuir el significado de la guerra de Bosnia y negar la responsabilidad de quienes perpetraron las campañas de limpieza étnica.”

Gritsch considera el artículo de Deichmann como un hecho en su libro y en el email que me envió. “Cuando más adelante Penny Marshall e ITV grabaron un campo de refugiados en Trnopolje y colocaron al equipo de cámaras detrás del alambre de espino para que pareciera que esa gente estaba encarcelada, todo el mundo lo interpretó como una prueba de los ‘nuevos campos nazis’ en Europa”, escribe Gritsch. “La imagen, como seguramente sabes, fue después (en 1996/97) analizada y el periodista alemán Thomas Deichmann descubrió que había sido una construcción (‘La imagen que engañó al mundo’)”.

El libro de Gritsch tiene al menos treinta referencias a Deichmann, incluidos pasajes sobre el trabajo de Deichmann que tienen un tono desde neutral a favorable. En un giro interesante, la foto de portada del libro de Gritsch, que muestra a Handke observando el mar en la costa de Montenegro, fue realizada por Deichmann.

Me sorprendió ver cómo estas ideas desacreditadas provenían del autor de un libro que aparentemente fue un factor crucial en las deliberaciones de un jurado del Premio Nobel. Pero el email de Gritsch es coherente no solo con su libro sino con los artículos que ha escrito, incluido uno de hace unos meses en la revista online Telepolis, donde describía los intentos de Ruder Finn como una manera de “predeterminar el discurso”, refiriéndose específicamente, en una nota al pie, al trabajo de Merlino. Como escribió Gritsch en su libro de 2009 sobre Handke, “El reportaje de Jacques Merlino sobre el trabajo de la agencia estadounidense de relaciones públicas Ruder Finn Global Public Affairs cuestiona de manera urgente hasta qué punto podemos creernos la descripción oficial de la perspectiva de los croatas o musulmanes.”

Cuando contacté con Gritsch para que comentara algo sobre lo que estaba escribiendo, me respondió educadamente en otro email de 2.000 palabras que reiteraba lo dicho en el libro. Su respuesta incluía estas frases: “La ciencia y la búsqueda de la verdad no son algo fácil. [...] No reivindico tener la verdad sobre las guerras de Yugoslavia o el debate sobre Peter Handke, pero cualquiera dispuesto a entrar en estos debates y discursos puede identificar el relato dominante y el contrarrelato. Y esto puede ya ayudar a entender todo el debate un poco mejor.”

La versión de Lothar Struck

Siguiendo la voluntad de Alfred Nobel, la Academia Sueca tiene la tarea de seleccionar al ganador del Premio Nobel de Literatura. El proceso en dos pasos de la academia fue modificado este año como consecuencia de un escándalo de abusos sexuales en 2017, que debilitó la reputación de la academia. Este año, cinco expertos externos se unieron al subcomité de cuatro miembros que elige la lista de finalistas. La decisión final la toman los 18 miembros de la academia. Este año, el subcomité nominó solo una persona para el premio –Peter Handke– y toda la academia lo aceptó.

Eric Runesson, que dijo que se fiaba de la exoneración de Handke que hizo Gritsch, es un miembro de la academia. Henrik Petersen, un crítico literario, era uno de los expertos externos del subcomité. En un artículo el 17 de octubre, Peterson defendía la elección de Handke diciendo que “no se propaga un programa político” en su trabajo, aunque admitía que “la manera en la que Handke ha articulado su crítica es precaria, torpe y a menudo conduce a comparaciones directamente absurdas.” Su torpeza sin embargo fue un factor pequeño para Petersen y otros jurados, al parecer. Petersen escribió que en 50 años Handke será considerado “uno de los galardonados más obvios por la Academia Sueca”, y sugirió que “si quieres saber más acerca de lo que Handke dijo realmente sobre Yugoslavia, recomiendo los comentarios de Lothar Struck en The one with his Yugoslavia”.

El libro de Struck parece haber recibido escasa atención en los círculos literarios desde que se publicó hace siete años. Es un libro más reflexivo que el de Gritsch y no entra tanto en otras teorías de la conspiración. Hay varias menciones a Thomas Deichmann y su historia desacreditada del campo de Trnopolje, pero no hurga tanto como Gritsch. Sin embargo, el libro de Struck acepta la teoría general de que los serbios son injustamente tratados y convertidos en los principales culpables de la guerra en Bosnia por culpa de una campaña de publicidad manipuladora, en vez de por sus propias acciones sobre el terreno.

“La opinión sobre las facciones enfrentadas estaba en parte determinada, desde el principio, por agencias de publicidad profesionales”, escribe Struck. Como prueba de esto, señala la “casi legendaria” entrevista que Merlino, el periodista francés, hizo en 1993 a James Harff de Ruder Finn. Es por supuesto la misma entrevista, y la misma teoría conspirativa, de la que Gritsch escribió en extenso. Struck cita un pasaje de la entrevista a Harff que publicó Merlino. “La campaña de Harff fue, según los estándares de la industria, claramente una maniobra excelente”, escribe Struck. “Sobre todo se sostiene, ya que desde ese momento los serbios no fueron simplemente los agresores sino que podrían ser colocados en la esquina de los asesinos genocidas.”

El libro de Struck tenía un suplemento digital de casi 600 páginas, que describe como “un volumen de material de fuentes”. Un tercio de él consiste en contratos que Ruder Finn hizo con el gobierno estadounidense en los años noventa, y sus contactos con periodistas y políticos, entre otras cosas. El interés de Struck por Ruder Finn no se ha reducido desde que publicó su libro. Después del anuncio del premio Nobel, Struck publicó una larga defensa de Handke en una revista literaria en la que colabora, Glanz & Elend (Esplendor & Miseria). En ella sostiene que Handke ha sido calumniado por una campaña de publicidad engañosa contra los serbios y sus simpatizantes y que Ruder Finn y otras empresas que han representado a croatas y kosovares desde los noventa “se han trabajado al público estadounidense, han hecho un buen trabajo, su veneno todavía está ahí y lo promueven sin comprobación comentaristas en medios del mundo”.

Esto es lo que más me sorprende del desastre del Premio Nobel. No es que los jurados del Nobel se creyeran teorías de la conspiración. Eso ya es suficientemente terrible, claro. Lo peor es que el encumbramiento de Peter Handke también ha resucitado de entre los muertos una desacreditada reescritura de la historia y el genocidio. Vamos hacia atrás en el tiempo.

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente el 14 de noviembre de 2019 en The Intercept, una galardonada organización sin ánimo de lucro dedicada a fiscalizar a los poderosos por medio de un periodismo osado y combativo.