Mr Jones, el periodismo y la verdad de los hechos | Letras Libres
artículo no publicado

Mr Jones, el periodismo y la verdad de los hechos

En la película de Agnieszka Holland, un reportero denuncia las hambrunas forzadas de Stalin en Ucrania. La historia contiene lecciones valiosas sobre el periodismo activista y la desinformación.

Mister Jones, la película más reciente de la directora polaca Agnieszka Holland, que está disponible en Filmin, cuenta la historia de un exasesor de Lloyd George que viaja a la Unión Soviética para entrevistar a Stalin en la década de los 30. Es optimista en parte porque antes había logrado entrevistar a Hitler. Jones detecta en los nazis un peligro que otros asesores y estudiosos británicos minimizan, y le parece que para detenerlos es necesaria una alianza con la Unión Soviética.

Abrumado por las cifras que dan los soviéticos, no logra entender de dónde saca el dinero Stalin para financiar sus proyectos durante la Gran Depresión. Al llegar a Moscú descubre que uno de sus compañeros ha sido asesinado en un supuesto atraco. Hay un clima de silencio y también de encierro: los periodistas están confinados en Moscú. Jones logra hablar con el más prestigioso de los corresponsales extranjeros: el enviado del New York Times y ganador del Premio Pulitzer Walter Duranty, que le explica que el secreto de la sostenibilidad de la Unión Soviética es el grano. Duranty vive bien, parece, en Moscú.

Jones, que habla ruso, consigue viajar con algunos trucos a Ucrania, en el momento en que se produce la hambruna provocada por Stalin y sobre la que Anne Applebaum ha escrito en Hambruna roja. Algunos periodistas estuvieron en Ucrania en ese tiempo y lograron no ver la catástrofe. Las estimaciones más bajas hablan de tres millones de víctimas mortales; otras superan los diez. Jones sí la vio y pudo denunciarla al cabo de un tiempo, en la prensa de Hearst, tras ser expulsado de la Unión Soviética.

La película se toma alguna licencia, pero Jones fue el primer periodista occidental en denunciar la hambruna firmando con su nombre (Malcolm Muggeridge, por ejemplo, escribió de ella de forma anónima en el Manchester Guardian; el sindicalista estadounidense Fred Beal lo hizo en yiddish en el Daily Forward, después de que la prensa mainstream rechazara su escritura.) Nadie le hizo mucho caso, en buena medida por una campaña de descrédito, en la que también participó Duranty. Poco más tarde fue asesinado en Mongolia; es probable que su muerte fuera un encargo de la policía secreta soviética, la NKVD.

Frente a la idea del periodismo activista que parece estar de moda en este momento, el personaje de Jones cuenta lo que ve, que es teóricamente en lo que consiste el oficio. Anne Applebaum ha escrito que lo que cuenta la película puede parecernos muy lejano pero no lo es tanto. Las labores de intoxicación informativa de los soviéticos tienen continuación, como vemos estos días en Bielorrusia; también la tiene nuestra capacidad para no ver tragedias que ocurren muy cerca. A su juicio, la película no es solo una denuncia del pasado o una advertencia sobre el futuro: habla de algo que sucede en el presente.

John Gray ha escrito en Unherd sobre la película, en concreto sobre el personaje de Duranty. Sus motivos, dice, son oscuros. ¿Era un apologista de la Unión Soviética por oportunismo, o porque creía en la promesa del socialismo? En realidad, no son dos alternativas necesariamente excluyentes. Para otros, en el momento de ascenso del nazismo, denunciar los crímenes del comunismo –que conocía más gente de la que quería admitirlo– no era solo ayudar al enemigo, era renunciar a cierta utopía. En los años treinta, dice Gray, la izquierda occidental negaba los datos sobre Ucrania porque socavaban la esperanza en una sociedad nueva.

En Imitación del hombre, Ferran Toutain escribe:

Por lo que parece, para un relativista militante, todo es relativo excepto sus propias posiciones; de modo que el relativismo, concediendo a sus devotos la facultad de pronunciar el fatal anatema contra toda opinión molesta, funciona de hecho como un escudo protector de los intereses partidistas. En lo que no cree el relativista es en la verdad factual, la cual pretende sustituir por su verdad ideológica, que, en circunstancias adversas, se presenta como una opción más en pie de igualdad con todas las demás, sin que las demostraciones empíricas y la conciencia argumentativa tengan aquí ninguna relevancia estimable y que, en circunstancias favorables, se eleva a la categoría de conclusión científica.

En su texto sobre la película Gray describe ese mecanismo de negación y lo compara con la izquierda woke, que rechaza la idea de verdad. Otra diferencia es que el comunismo era un movimiento universal y una fuerza global de occidentalización, señala Gray, mientras que el movimiento woke parece circunscrito a sociedades occidentales decadentes.

En la película Duranty dice literalmente que para hacer una tortilla hay que romper huevos, una de las formulaciones más manidas de la idea de que el fin justifica los medios. Al espectador español le puede llamar la atención el papel del corresponsal del New York Times, especialmente ahora, cuando se cumplen tres años del autogolpe institucional en Cataluña.

Fue una operación basada en la premisa de que una mentira bastaba para doblegar a una democracia liberal: todavía están discutiendo si pretendían engañar a los demás o si también querían engañarse a ellos mismos. Sus impulsores daban mucha importancia a la comunicación –es decir, la desinformación– y el papel de los corresponsales era central. Los ecos entre el comportamiento del corresponsal del New York Times en la película y el que tenemos en España en la realidad parecen dar la razón a Karl Marx: lo que ocurre como tragedia se repite como farsa.