Luces y sombras del imperio portugués | Letras Libres
artículo no publicado

Luces y sombras del imperio portugués

En 'El mar sin fin', el historiador Roger Crowley narra las expediciones portuguesas a la India y describe al conquistador Vasco de Gama como alguien cruel y violento.

El barrio de Belem está solo a unos veinte minutos de Lisboa en tranvía en dirección al oeste. Allí se concentran el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belem, dos monumentos construidos bajo el reinado de Manuel I en el siglo XVI. En el primero está enterrado Vasco de Gama, considerado uno de los grandes descubridores de la era del Imperio portugués. Una enorme plaza acaba en la ribera del río Tajo, casi a punto de desembocar en el océano Atlántico. Ahora suele ser un avispero de turistas –no lejos se puede encontrar la pastelería donde venden los pasteles de Belem, el famoso dulce de crema de la capital–, pero el lugar encierra un profundo impacto emocional en la historia portuguesa.

Durante 400 años, en aquella explanada, que hace cinco siglos era una playa, hubo muchas lágrimas de tristeza y alegría. De Gama solía rezar siempre antes de su partida en una pequeña iglesia que existía mucho antes de que se construyeran Los Jerónimos. Y de allí salían las carabelas dispuestas a descubrir nuevas tierras hacia el Índico, siguiendo el plan de conquista mundial ideado por el rey Juan II a finales del siglo XV y que continuó su sucesor, Manuel I, en el XVI. Allí era donde las familias se reunían para celebrar una emotiva misa, ya que sabían que muchos de los marineros regresarían años después del viaje o quizá no lo harían nunca. La alegría llegaba cuando los barcos se veían entrar en el Tajo desde el Atlántico. Entonces la explanada era una fiesta.

Estas historias las cuenta el ensayista británico Roger Crowley en El mar sin fin (Ático de los libros), un minucioso ensayo lleno de aventuras que se puede leer casi como una novela y que abarca los años en los que se gestaron las conquistas portuguesas hacia la India, entre 1483 y 1515. Desde que bordearon el cabo de Buena Esperanza, en la actual Sudáfrica, hasta la conquista de la ciudad india de Goa. Crowley es un enamorado del mar, debido a su historia personal, ya que su padre era miembro de la marina real británica y vivió durante años en bases navales de Malta, Estambul y Singapur. Su pasión por Portugal llegó tras numerosas estancias en el país y su deseo de conocer qué había ocurrido en el Atlántico, al igual que hizo años antes con el Mediterráneo en libros como Imperios del mar (también en Ático de los Libros, 2013).

La historia se inicia con la pulsión de Juan II por descubrir qué había más allá de las tierras africanas que lindaban con el Mediterráneo a finales del siglo XV. Quería recuperar las gestas de su tío, Enrique el Navegante, y flanquear al mundo islámico que dominaba la Europa oriental. El fin era colocar a Portugal, que no era un país especialmente rico, en la liga de las grandes potencias de la Edad Moderna como España, y por supuesto encontrar materias primas de las que carecían –especias, oro, etc.– que habían hecho comercialmente fuertes a otras ciudades como Venecia.

“Portugal siempre ha sido un país muy pequeño y no contaban con el número suficiente de gente para crear un imperio terrestre grande como el español. Además, los portugueses echaron a los musulmanes antes que los españoles y eso les llevó a crear una identidad nacional muy fuerte. Todos esos descubrimientos formaron parte de un proyecto nacional que formaba parte de esa identidad. Y como tenían una costa atlántica muy cerca y pocos recursos naturales siempre fueron buenos navegantes. Se vieron obligados a salir al mar”, explica Crowley.

El libro es muy detallista. El autor cuenta que ha acudido a diversas crónicas antiguas que se encuentran en internet, que también ha leído textos del siglo XVI y numerosos testimonios de personas que viajaron con los grandes descubridores. “De hecho, los más interesante son aquellos que escribieron de primera mano los portugueses que viajaron al Índico”, afirma.

De ahí que se puedan extraer retratos muy cristalinos de quiénes eran Juan II y Manuel I, los reyes que intentaron conquistar el mundo. “Juan era un hombre muy inteligente aunque despiadado. Frenó una rebelión por parte de los nobles en Portugal y ha quedado como el que inició el proyecto de la India”, señala Crowley. De Manuel explica que en su época –no hay más que observar todo el arte manuelino del siglo XVI– tuvo mejor reputación que en la actualidad. “Ahora mismo le critican mucho: se le considera un rey muy inseguro y poco inteligente porque no sabía juzgar bien las capacidades de los hombres que participaron en el proyecto de la India, como Francisco de Almeida o Alfonso de de Alburquerque. Esta visión de Manuel ha cambiado en los últimos 40 años”, recalca.

Lo mismo sucede con Vasco de Gama, quien ha perdido en los últimos tiempos su estela de prohombre portugués. En el ensayo de Crowley queda reflejado como una persona cruel, agresiva y violenta. No tenía la virtud de la diplomacia cuando llegaba a costas extranjeras, como sucedió con el barco lleno de musulmanes (mujeres y niños) que decidió quemar para su propio deleite ante las costas indias. “Su figura ha cambiado. Ya hubo gente en su época que estaba horrorizada con sus actos, aunque por lo general no eran muy críticos con él ni tampoco con otros conquistadores. Pero al fin y al cabo habían recibido órdenes de luchar contra los musulmanes y eran sumamente agresivos”, sostiene el historiador.

Este cambio en la perspectiva tiene mucho que ver con cómo Portugal hace su propia relectura histórica en el siglo XXI. Crowley es consciente de que, durante mucho tiempo, el pasado portugués estuvo tamizado por el mito dorado, al contrario por ejemplo de lo que ha sucedido en España con respecto a la famosa leyenda negra. “El mito portugués se creó sobre todo en la época de Salazar, pero lo cierto es que los portugueses tenían la misma mentalidad que los españoles a la hora de buscar una nueva vida y riquezas. Pero al ser menos sí que pudieron cometer menos atrocidades que los españoles”, manifiesta.

En su libro cuenta que cuando los descubridores llegaron a costas africanas y asiáticas los desembarcos no siempre fueron pacíficos. En muchas ocasiones también por falta de entendimiento cultural, desde el idioma a la religión, con los nativos. “Algunas webs de derechas me criticaron por señalar esto cuando salió el libro en Portugal”, confiesa, aunque el libro, dice, ha ido bastante bien allí. “Los portugueses la están llevando a cabo ahora pero la autocrítica va mucho más lenta que en España. También es porque los portugueses siempre se han sentido muy heridos en su historia nacional porque sus descubrimientos hayan quedado en segundo plano respecto al de Colón”, añade. Precisamente en este ensayo se recuerda cómo Juan II se desentendió del plan que le hizo llegar Colón antes de que acudiera a Castilla y finalmente fuera financiado por Isabel la Católica. Entre las malas decisiones históricas una de las más grandes puede ser esta.

No obstante, pese a este cambio de rumbo en la visión de la historia, Crowley no cree que se deba juzgar con los parámetros actuales lo que se hizo hace cinco siglos, que ha llevado por ejemplo a que en ciertas ciudades americanas ya no se celebre el día de Colón por considerarlo políticamente incorrecto.

“Si les preguntáramos a historiadores indios sobre las conquistas de los portugueses su versión sería diferente. La era de los descubrimientos dio lugar a actos terribles, se cometieron muchas masacres, los portugueses crearon el comercio de esclavos en el Atlántico, pero todas estas expediciones jugaron un papel muy importante dentro de la historia mundial porque conectaron el mundo. Y hay que tener presente que la gente del pasado actuaba con una mentalidad muy diferente. Hay que condenar los daños que realizaron, pero también hay que celebrar los actos extraordinarios que llevaron a cabo”, zanja.