Historia sin ideología: una reseña de Out of China, de Robert Bickers | Letras Libres
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Historia sin ideología: una reseña de Out of China, de Robert Bickers

En el siglo XX, Occidente pasó del desdén a la fascinación por China. En su último libro, el historiador Robert Bickers cuenta la historia de China a partir de su relación con los extranjeros.

Este no es un libro sobre historia china per se. Es un libro sobre las intervenciones extranjeras en China y, como dice el título, sobre cómo China consiguió echar a los extranjeros. O en términos más neutrales, es un libro sobre la interacción entre China y el resto del mundo. Pero dado que China es uno de los pocos grandes países cuya historia interna reciente puede básicamente resumirse como la historia de sus relaciones con el resto del mundo, Out of China: how the Chinese ended the era of western domination, de Robert Bickers, se convierte en un libro de historia de China, desde el acuerdo de paz de Versalles en 1919 que motivó el Movimiento del Cuatro de Mayo hasta la “retrocesión” de Hong Kong.

La razón por la cual China tiene una historia más estrecha con los extranjeros es que durante la mayor parte del tiempo ha estado invadida por fuerzas externas o ha permitido que extranjeros realicen actividades normalmente reservadas a los nativos (presupuesto, política comercial, educación); o porque los extranjeros disfrutaron de un estatus exterritorial (no podían ser juzgados por tribunales chinos), o porque gobernaban partes del país, o finalmente porque China ha tenido extranjeros muy involucrados en su vida, bien como trabajadores humanitarios, misioneros, expertos técnicos o asesores militares. Por esa conexión tan íntima entre los grandes poderes y China, la historia de la política interior china es tanto una historia de su trato con extranjeros como de su política interna. No puede decirse lo mismo de cualquier otro gran país: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania o Rusia. En sus historias internas, el papel de los extranjeros es menor o no existe.

Bickers da clases de historia de China en la Universidad de Bristol y habla el idioma. Ha conseguido reunir una enorme cantidad de referencias, tanto chinas como occidentales (estas últimas casi completamente en inglés, lo que puede limitar el libro) para describir las múltiples relaciones entre China y el resto del mundo: desde la música y las películas hasta encarcelamientos y ejecuciones.

El libro cubre todos los grandes acontecimientos de la historia reciente china: el Movimiento del Cuatro de Mayo, la república liderada por los señores de la guerra, la colaboración entre el partido nacionalista Kuomintang y los comunistas y su descomposición, la invasión japonesa, la conquista comunista del poder, su compromiso con expertos técnicos soviéticos y su retirada abrupta, el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

El énfasis está siempre en las interacciones entre China y los extranjeros. Esto significa que algunos episodios históricos importantes en los que los conflictos o cuestiones son esencialmente domésticos aparecen de manera superficial: la ruptura entre el Kuomintang y los comunistas y la masacre de Shanghái de 1927 apenas aparecen; la Larga Marcha se menciona una vez; la conquista comunista del poder en 1949 se analiza solo desde el punto de vista de cómo afecta a la comunidad internacional que vivía en China (especialmente en Shanghái), igual que la Revolución Cultural.

Hay dos capítulos excelentes cómo se veía China desde Occidente, a partir de publicaciones populares y exposiciones artísticas. Una exposición en Londres en 1935 de arte histórico chino marca un punto de inflexión en la apreciación occidental hacia China. El capítulo trata también del papel que tienen muchos autoproclamados (o nombrados por el Kuomintang) intérpretes de China para Occidente. El estudio de cine MGM firmó un memorándum de entendimiento con el gobierno nacionalista en 1934 para determinar cómo sería la adaptación cinematográfica de la novela de Pearl Buck La buena tierra. China envió varios “controladores” al set del filme en Hollywood.

Hay detalles fascinantes sobre las oscilaciones en la opinión pública occidental: del desprecio total de la cultura china a una admiración sin reservas. Esta “larga marcha” de sinofilia va desde la moda del “marrón manchú” y el “azul mandarín” hasta las películas de Jean Luc-Godard. Realmente, los “revolucionarios” occidentales que imitan a la Guardia Roja en los sesenta se entienden mejor, como dice Bickers, en ese contexto de largo plazo que como un acontecimiento discreto relacionado con el maoísmo.

Muchos famosos escritores, artistas e incluso políticos hicieron sus cameos (o más de uno): Malraux escribió dos libros sin siquiera visitar China; Hemingway, recién venido de la Guerra Civil en España, hizo comentarios impublicables sobre China; Somerset Maugham, que estaba desconcertado por China; Churchill, que sugirió no escatimar en el uso de gas venenoso,; Jean-Paul Sartre y Joan Robinson, quienes, por diferentes razones, hablaron con entusiasmo sobre China.

Hay descripciones brillantes de diplomáticos, misioneros y “aventureros” ingleses en China. Hay un capítulo excelente sobre la vida sin preocupaciones en Shanghái en 1920 y 1930. El capítulo se llama “monos subidos en galgos”, en referencia a los canódromos en la Concesión Francesa de Shanghái, donde se apostaba a carreras de monos, vestidos como jinetes, encima de galgos. Era un mundo donde se podía ver lo mejor de la fusión entre Occidente y Oriente en música, comida y cine. Pero también lo peor: racismo y discriminación explícitos, jurisdicciones divididas, juegos de poder entre varios Estados que dominaban casi todo Shanghái (pero también el surgimiento de un Consejo Municipal de Shanghái casi autónomo), crimen extendido y unas cotas inimaginables de corrupción donde no participaban solo individuos, chinos y extranjeros, sino incluso Estados.

La invasión japonesa, además de su naturaleza criminal bien conocida, rehace este mundo y crea una China segmentada en unos quince diferentes gobiernos (o señoríos de guerra). Esto conduce a desarrollos sorprendentes, como la abolición de la “exterritorialidad”, que tenía un siglo, y la abrogación de los “tratados desiguales” del siglo XIX. Estas “concesiones” occidentales se obtuvieron durante la ocupación japonesa, no porque a los japoneses les importara China sino porque querían gobernarla ellos mismos, directamente o a través de un gobierno títere, y querían hacer esto sin trabas de otros países.

Es esa pérdida de poder, arrancada bajo coacción (los japoneses ocuparon Shanghái y Hong Kong al igual que otros puertos), la que los occidentales tuvieron que aceptar formalmente en 1945 en una serie de acuerdos con Chiang Kai-shek. Es irónico que China recuperara de este modo su territorio parcelado.

Una cosa que le falta al libro es ideología. Y sin embargo están presentes muchas ideologías: imperialismo, nacionalismo, comunismo, cristianismo (en su faceta misionera). No hay apenas menciones a las razones ideológicas que condujeron a la ruptura entre el Kuomintang y los comunistas; no hay una discusión sobre cómo el énfasis del Partido Comunista Chino en la revolución agraria suponía una bofetada en la cara al Comintern, ni tampoco lo que significó para los movimientos anticolonialistas que llegarían más adelante. No hay ni siquiera un intento de discutir el imperio ideológicamente: desconocemos cómo los ingleses, los franceses o los rusos justificaron sus conquistas de territorio.

Bickers es crítico con los medios usados por los extranjeros para suprimir rebeliones; es crítico (o irónico) con la vida aislada de los extranjeros y sus prejuicios antichinos. Y es muy cáustico cuando describe a los británicos. Pero nunca menciona cuál es la ideología que usaban para justificar su comportamiento. ¿Explotaban a los los demás porque eran más fuertes (darwinismo social), o porque buscaban vender caro y comprar barato, o porque querían extender el progreso tecnológico y la civilización, o hacer proselitismo, o porque querían tener reductos militares desde los que controlar el Pacífico…? ¿O qué?

Al principio, Bicker afirma que los individuos británicos que se mudaron a China no estaban motivados por grandes ideologías o por una gran idea del “imperialismo”. Iban en busca de una vida mejor, o querían evangelizar, o simplemente para tener aventuras. Bickers cree que esto permite descartar la motivación imperialista. Pero obviamente no: claramente la gente iba a China siguiendo sus razones individuales, pero el imperialismo estableció una infraestructura que les permitió establecerse ahí y disfrutar de sus privilegios. Fiel a su sesgo no ideológico Bickers no menciona, ni siquiera una vez, la aparente ideología pro asiática detrás de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia oriental. Presenta los sucesos importantes simplemente como hechos: quién atacó a quién y dónde. Oímos el rumor pero no sabemos lo que hay detrás.

Dejar fuera la ideología es una elección. Pero creo que no es una elección sabia. No lo es especialmente porque Bickers nos recuerda en el último capítulo que la historia (y la ideología que la acompaña) ejerce una fuerte presión en la psicología china e influye en la política del gobierno. Es un libro que asume que la ideología, en la época más ideológica, no existía. Es una crónica del ir y venir de los acontecimientos. Vemos muchos árboles pero no el bosque.