Europa vista desde el otro lado del Canal | Letras Libres
artículo no publicado

Europa vista desde el otro lado del Canal

En A short history of Europe, el columnista británico Simon Jenkins narra la historia del continente a partir de sus batallas y luchas dinásticas.

Simon Jenkins es un columnista del Guardian y del Evening Standard. Autor de libros sobre elementos de la historia y la arquitectura del Reino Unido, recientemente publicó una Breve historia de Inglaterra.

Este volumen, A short history of Europe: from Pericles to Putin, parece compartir algunas de las características. Se trata de una obra escrita con agilidad e inteligencia, destinada a un público grande, una historia al viejo estilo cuyos encantos y defectos son casi tópicos británicos.

La obra pertenece al viejo estilo en el sentido de que lo que le interesan son los hombres con nombre de la historia. El autor, que dice que nadie sabe bien qué significa “Europa”, explica que al tener poco espacio habla de la política y que como la política fue durante mucho tiempo guerra, los combates, las alianzas, los preparativos y los resultados son importantes. Es una relación de batallas y luchas dinásticas, donde los cambios económicos, sociales y culturales son menos importantes que la parte más épica de la historia.

A juicio de Jenkins, el relato está impulsado por varios temas recurrentes: el papel de la violencia y su tecnología, el dualismo entre la herencia grecorromana y la moral cristiana, la búsqueda y el debate sobre el gobierno legítimo y el consentimiento, la energía creativa del comercio y del capital más adelante para impulsar la emergencia de los Estados nación. Y, finalmente, cómo todas esas fuerzas estallaron en dos guerras que estuvieron a punto de destruir el continente.

Es un libro ágil, bien escrito, con momentos de humor y comparaciones atractivas. En ocasiones el tono es casi wikipédico, pero el autor sabe intercalar alguna cita más especializada, una observación de un escritor, de un historiador, de un poeta (la mayoría, naturalmente, de su lengua). Muchas de estas observaciones –alguna agudeza, una constatación paradójica, como que el internacionalismo de las revoluciones del XIX no logró unir a la izquierda que apelaba a valores que iban más allá de los países sino a la derecha: “fue la contrarrevolución que se hizo internacional”, según Brendan Simms– son de lo más memorable del volumen. El papa llamaría a la reina Cristina de Suecia “una reina sin dominios, una católica sin fe y una mujer sin vergüenza”. El momento más peligroso para un mal gobierno, dice, citando a Tocqueville, es “cuando se pone a reformar”. Otras veces hay comentarios de variable pertinencia. Por ejemplo, dice, sobre un soldado ejecutado por criticar los gastos excesivos de Julio César: “Es el destino de todos los que critican los proyectos vanidosos del sector público”.

A grandes rasgos las etapas son bien conocidas y la presentación es convencional: se arranca con Grecia y Roma (lo que hubiera antes no parece interesarle especialmente); a continuación llegan el cristianismo, el desmembramiento del imperio y el mundo medieval, con Carlomagno como uno de los intentos fracasados por unir el continente (un leitmotiv del volumen) y con una importancia a los vikingos que probablemente un autor no británico no haría concedido; después Jenkins habla de la Reforma y la construcción del Estado nación; de la Revolución francesa y las revoluciones liberales; del nacimiento de las ideologías, el imperialismo, las Guerras Mundiales y el mundo de posguerra; etcétera.

El relato está inspirado en fuentes históricas más bien clásicas. Para la historia de Roma, Gibbon es la fuente principal (aunque Jenkins cita también a Mary Beard un par de veces). Hay a menudo una visión literaria: “Roma había dado al mundo su magnicidio más teatral, su historia de amor más exótica y su suicidio más romántico”. No hay un gran esfuerzo por desmontar los clichés. El autor muestra su espanto por los desmanes de la Inquisición. Felipe II era prácticamente un idiota (sin duda parece menos impulsivo que su padre, a quien Jenkins presenta “adelantándose al matador y matando personalmente a un toro” en su propia boda, movido por el entusiasmo) y Napoleón era ante todo un megalómano. De pronto, en una obra que resume grandes acontecimientos en una frase, encontramos descripciones físicas de personajes, generalmente basadas en fuentes cercanas a lo folclórico. En algunos momentos se da una importancia más grande a unos personajes que a otros, porque protagonizan obras de Shakespeare. Aunque el libro cuenta muchas cosas, la perspectiva es limitada: lo que se narra aquí es sobre todo la historia del Occidente europeo y la perspectiva es anglocéntrica. Hay errores fácilmente apreciables en los temas españoles (por ejemplo, habla de Madrid como capital del reino antes de que lo fuera, o dice que la “horripilante” violencia de los Cien Mil Hijos de San Luis fue mostrada por Goya en las Pinturas negras, que empezaron a pintarse años antes de que se produjera la invasión) y no parece que las otras partes se libren de inexactitudes, aunque esto no siempre parece preocupar al autor, que a veces recurre a fuentes más literarias que históricas (al comienzo o al final o cuando habla de la Guerra de Troya).

El libro está escrito con solvencia y es una lectura muchas veces entretenida. Se sigue bien, es rápido, es interesante. También resulta anticuado con mucha frecuencia, en su forma de contar la historia casi como se habría hecho en un colegio en otro tiempo y en otro país. Refleja un cierto provincianismo, tanto geográfico como cultural: incluso en un libro breve y necesariamente superficial como este, llama la atención el poco espacio que dedica a las vidas corrientes o transformaciones sociales. Parte de una idea de la cultura europea que es matizable: es más rica y variada de lo que él la presenta. Las herencias y el juego de influencias ha sido más rico y variable. Teóricamente se decanta por una mezcla de empirismo y escepticismo ante la teoría. Europa es un lugar sangriento o lo ha sido (si bien habría que hacer algún matiz por otros sitios supuestamente pacíficos). Los intentos de unificar el continente, desde Carlomagno a la Unión Europea, pasando naturalmente por Napoleón y Hitler, siempre han sido insatisfactorios. En cierta manera, uno tiene la sensación de que alguien recuerda con cariño la visión de la historia de un instituto británico muy bueno: interesante pero también provinciano. Ese es su defecto y también probablemente su virtud.