Un Adam Smith y medio | Letras Libres
artículo no publicado

Un Adam Smith y medio

El economista escocés pensaba que el motor de la economía era el interés propio, pero eso no lo convierte en un economista neoliberal.

El nuevo libro de Jesse Norman, titulado simplemente Adam Smith, es una delicia de lectura. Hay, por supuesto, innumerables libros sobre el fundador de la economía política. ¿Por qué otro? El libro de Norman se dirige al lector general y formado, y tiene en mi opinión tres objetivos: 1) situar a Adam Smith en su época, tanto intelectual como políticamente, 2) reivindicar que hay una coherencia extraordinaria entre el Adam Smith de la Teoría de los sentimientos morales, Lecciones de jurisprudencia y La riqueza de las naciones, y 3) demostrar que la mayoría de las apropiaciones neoclásicas y del laissez-faire de Adam Smith son cuando menos tendenciosas, y en muchas ocasiones profundamente equivocadas.

El punto número uno está perfectamente explicado en la primera parte del libro (“Vida”). Seguimos a Smith, su educación, primeros trabajos y éxitos, amistades, influencias intelectuales, y su posterior fama hasta su muerte. Creo que colocar a Adam Smith en la tumultuosa historia del siglo XVIII en Escocia e Inglaterra es una buena decisión. Los conflictos políticos y las guerras entre los jacobitas y la corona, el sectarismo religioso, la Unión de 1707, la guerra de independencia de EEUU, al igual que el progreso económico notable de Escocia que Smith vio de primera mano, deben haber contribuido, o incluso formado, su visión del mundo. Ojalá Norman hubiera explica un poco mejor a los lectores que no están familiarizados con la historia escocesa e inglesa del periodo cuáles eran las diferencias e intereses de las diversas facciones. No pude seguirlas del todo y por lo tanto evaluar exactamente cuál era la posición política de Smith.

El Smith más personal sigue siendo difuso. Todos los que le conocían estaban de acuerdo en su erudición y mal genio. Pero el Smith persona es todavía oscuro. La mayoría de elogios de sus contemporáneos citados por Norman (y de otros escritores sobre Smith; muchas de esas alabanzas están usadas y reusadas) son un poco genéricas y no consiguen que el lector perciba cuáles son las verdaderas virtudes de Smith. La típica aproximación británica de la época parece también haber favorecido expresiones floridas de admiración que eran lugares comunes.

Smith no parece haber ayudado a mucha gente conocida -más allá de en su trabajo o como tutor; su generosidad no está definida- a pesar de que no murió rico (y claramente debió de donar una parte de la no tan pequeña riqueza que obtuvo). Además el hecho de que en dos ocasiones rechazó apoyar a David Hume, su amigo cercano e inspiración temprana, no es algo exactamente inspirador. Norman menciona el tratamiento poco caritativo de Smith hacia James Steuart en La riqueza de las naciones, y yo añadiría una mordaz evaluación de Quesnay. (Claramente la economía de Smith iba mucho más allá de los fisiócratas y podría entenderse que fuera crítico con ellos, pero se podría haber ahorrado su elogio a Quesnay -quizá es por su relación personal con él y cómo se benefició intelectualmente de él). Smith era, como dijo Marx, muy económico al citar a sus predecesores o las fuentes de sus opiniones.

Norman es convincente en el punto 3. El Smith de cartón que se ha construido, como creador del equilibrio general, no es realmente el Smith de carne y hueso. Creo que la propia reacción de Smith a Walras y Arrow-Debreu habría sido que es un buen resultado, algo que puede descartarse y relegarse a una nota al pie.

Por eso a veces me pregunto si la gente que afirma que Smith es su inspiración se ha preocupado de leerlo, más allá de algunas citas y fragmentos seleccionados. Y me pregunto si se dan cuenta de que sus declaraciones y metáforas más famosas (por ejemplo la mano invisible, la preferencia del capital por el mercado doméstico, la ventaja de coordinación de los grupos más pequeños, la pobreza relativa no son conceptos centrales en su escritura sino que se mencionan de pasada al tratar temas específicos. Quizá nada ilustra mejor la inclinación empírica y el enfoque inductivo de Smith.

La creencia de que Adam Smith fue un simpatizante incondicional del mercado libre, antiobrero y procapitalista, o que siempre estuvo a favor del gobierno limitado, está tan alejada de sus escritos que me sorprende cómo es posible que tal caricatura arraigara tanto. Recientemente, sin embargo, en especial gracias a los trabajos de Amartya Sen, el “verdadero” Smith es más conocido. Norman añade aquí, espero, el último clavo en el ataúd de la caricatura neoliberal de Smith.

Donde discrepo con Norman es en el punto 2. Norman acierta al descartar la idea de que hubo dos Adam Smith, el joven e idealista de la Teoría, y el viejo y disciplinado de La riqueza de las naciones: “El verdadero Smith no fue un intelectual chaquetero que pasó del altruismo en la Teoría de los sentimientos morales al egoísmo de La riqueza de las naciones”. El principal argumento de Norman contra esta visión es cronológico. Smith trabajó en la versión extendida de la Teoría después de terminar La riqueza de las naciones (y viceversa), mientras que Lecturas sobre jurisprudencia, escritor entre sus dos obras más famosas, es un puente inequívoco. Así, según Norman, la empatía, la condición de espectador imparcial, la crítica de la necedad de la acumulación de riqueza de la Teoría, y el interés propio y la teoría de la mano invisible de La riqueza de las naciones forman parte de una misma visión del mundo y es un error considerar que La riqueza de las naciones, como ha dicho George Stigler, se escribió “en el mármol del interés propio”. Norman se esfuerza en convencernos de que todo, desde la empatía hasta el amor propio, debe analizarse de manera conjunta.

Pero creo que exagera. No creo que Smith fuera inconsistente, un chaquetero, o que haya una contradicción entre la Teoría y la Riqueza. Pero pienso que, en esos dos libros, se enfrentó a dos aspectos diferentes de la realidad. En uno analizaba el mundo desde la perspectiva de un filósofo moral; en el otro, desde la perspectiva de un economista. Esto no es inconsistencia, solo refleja una separación normal de temas, o un mundo polifacético. No tenía sentido que en un libro de economía política, que se ocupa, como dice Marshall, del “asunto ordinario de la vida”, se hablara de religión, de la vanidad del materialismo o de nuestra simpatía por los demás. Habría sido extraño y habría sido inútil. ¿Qué papel tuvo, después de todo, la Compañía Británica de las Indias Orientales? (Escribí aquí sobre la “maldad” casi universal y “el mandato de los hombres malvados” que están tan presentes en La riqueza de las naciones).

Para entender cómo funciona una economía las herramientas de la Teoría son superfluas. Y La riqueza de las naciones puede sostenerse simplemente con el interés propio (Smith desplegó con esta teoría una loable economía basada en conjeturas.)

(El interés propio no excluye, por supuesto, la cooperación. Cooperamos porque la mayor parte del tiempo no podemos alcanzar nuestros objetivos solos. La división del trabajo, por citar el ejemplo más famoso de Smith, no se basa en nuestra simpatía por los demás sino en un interés propio que puede cumplirse mejor cooperando con otros. Además, mientras que el interés propio es suficiente para la economía no es suficiente para un proyecto más amplio de “ciencia del hombre”, en el que tanto Smith como Hume, como explica Norman, estaban comprometidos.) 

Voy a detenerme brevemente aquí para explicar por qué creo que Adam Smith en La riqueza de las naciones no usó las herramientas que usaba en la Teoría, y por qué se ha convertido en un lugar común decir que deberíamos usar un enfoque más amplio de Smith, que vaya más allá del Smith economista. La razón de esto último deriva de la apropiación tan limitada que hicieron los economistas clásicos, y luego los neoliberales, de Smith. Una manera de “luchar” contra este pensamiento es demostrar que Smith tenía una visión más amplia de la economía, insertada en la sociedad, basada en la “reciprocidad, la cooperación y la simpatía”. Para indicar esto -se piensa- debemos combinar la Riqueza y la Teoría y demostrar que hay solo un Smith.

Pero creo que este acercamiento es erróneo porque cede al Smith de la Riqueza a los neoliberales e intenta cambiar el discurso. Creo que realmente el Smith de la Riqueza es el que considera que el interés propio es la única fuerza inspiradora, pero eso no lo hace el economista del laissez-faire. ¿Por qué? Porque ejemplo tras ejemplo demuestra que el interés propio de algunos (grandes industriales, monopolistas, burócratas, comerciantes protegidos) es profundamente pernicioso para la sociedad y tiene que limitarse. No niega que el interés propio motive a la gente de la economía pero no es ciego (como sí lo son los neoliberales) al hecho de que también puede producir resultados desastrosos. La solución es entonces dirigir ese interés propio de una manera que sea socialmente productiva y no destructiva, y la manera de hacer esto es estimulando la competición, siendo duro con el tácito “autocontrol del comercio” de las grandes empresas, rompiendo el monopolio de los comerciantes y de la Compañía Británica de las Indias Orientales, permitiendo que el gobierno proporcione bienes y servicios que otros no darán. Todas estas medidas “progresistas” se justifican por una ganancia de la sociedad, no por simpatía entre los actores económicos u otras herramientas de la Teoría.

Para concluir: el Smith de la Riqueza es, según mi interpretación, alguien que realmente cree que cuando hablamos de economía hablamos casi exclusivamente de interés propio, pero esto no implica -y casi siempre descarta completamente- que haya que fomentar políticas de no intervención. Desde esta perspectiva, Smith es lo que podríamos llamar un “economista de centro izquierda”. No hace falta promoverlo como un filósofo social o sabio para considerarlo “progresista”.

Publicado en el blog de Branko Milanovic, http://glineq.blogspot.com.es

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.