Salida, voz y lealtad: una pequeña idea | Letras Libres
artículo no publicado

Salida, voz y lealtad: una pequeña idea

Albert O. Hirschman fue uno de los pensadores más singulares e influyentes del siglo XX. Su libro más conocido cumple ahora cincuenta años.

A los 55 años Albert O. Hirschman (nacido Otto Albert y con el apellido una n más largo) publicaba Salida, voz y lealtad, un libro que, según el subtítulo, explicaba las “respuestas al declive en empresas, organizaciones y estados”, pero lograba que muchos lectores experimentaran un episodio de lucidez. Hirschman (1915-2012) vivió 97 años largos, por lo que aquella fecha de 1970 estaba más cerca de la mitad del camino de la vida de lo que parece. Por entonces era un profesor con un pasado aventurero que había destacado por su importante trilogía sobre la economía del desarrollo y que tenía mucha experiencia profesional sobre el terreno, especialmente en América Latina.

Con este libro genial, que ahora cumple medio siglo, comenzaba a ocuparse sobre “cuestiones generales de ciencias sociales” y a ser el escritor que siempre quiso ser. Después de Salida escribió muy célebres libros sobre cómo actuar por interés llegó a ser aceptable, sin reproche de codicia, en el inicio de la modernidad (Las pasiones y los intereses, de 1977), sobre cómo la pulsión por la vida pública y la acción colectiva era tan natural como mirar por uno mismo, y cómo los placeres muy reales de una y otra actividad tal vez se alternaran (Shifting involvements, de 1982, traducido como Intereses privados y acción pública), o un retablo lleno de intuición sobre los tres grandes arquetipos argumentales que se han opuesto en la historia ante los empeños de cambiar la sociedad a través de la política (La retórica de la intransigencia, “la reacción”, en el original, de 1991), que remataba con una réplica a sí mismo sobre la rutina retórica progresista que hacía buena la versión española.

Todos redactados con la amable virtud de la brevedad y la elegancia de quien escribía en su tercera o cuarta lengua y podía escuchar las diferencias. Todos sus libros, trece –incluyendo selecciones de sus casi cien artículos y ensayos– se han traducido al español; los más de ellos a cinco o seis idiomas; Salida y voz, a siete.

Asombra que un texto cuya primera chispa fue la de preguntarse por qué los trenes en Nigeria funcionaban tan mal a pesar de la competencia del transporte por carretera iniciara una segunda navegación tan bienaventurada entre las ciencias sociales y que recaló en las humanidades. Su último ensayo trataba de los efectos de la comensalía: banquetes y comedores públicos propicios para la democracia en la Grecia antigua, fermento de lo peor del hombre en las viejas ligas de estudiantes alemanes.

Pero lo que aunaba su obra era la capacidad para encontrar mecanismos sociales irremediablemente inciertos; como este, como la competencia. La incertidumbre fue algo que además trabó su obra con su vida, que fue extraordinaria. Se resistió a escribir sus memorias, dejando solo algunos recuerdos breves, pero contamos con la estupenda biografía de su colega de Princeton Jeremy Adelman: Worldly philosopher: the odyssey of Albert O. Hirschman, publicada en 2013. A los 65 años escribió un palíndromo que comenzaba así: “Senile lines, I,/REVOLT LOVER,/FOE OF/PARTY TRAP…”

Al final de su carrera adoptó un nombre para describirla: tendencia a la autosubversión. El término lo tomaba de Nietzsche, cuando se puso a escribir contra Wagner después de haberlo amado tanto. Casi lo excusaba como un temperamento: le turbaban las olas de apoyo a sus opiniones. Pero ese encontrar razón para una idea y encontrar siempre también por qué no confiar demasiado en ella fue consecuencia de su manera de investigar. Algo que, desde joven, de forma menos germánica, llamaba íntimamente las “pequeñas ideas”.

Antes de explicar esto un poco mejor voy a matizar el tono, no se me vaya a entender mal: el libro que arrancaba en los trenes era fabuloso y Hirschman nunca dejó de escribir como economista. El libro era singular porque en una época en la que las incursiones entre disciplinas las animaba la ideología más que el interés por los fenómenos (todo es economía, todo es poder, bla, bla, bla) en este solo imperaba la curiosidad por entender lo que ocurría de verdad. Con ilustraciones, mostraba cómo actividades que percibimos como políticas (la reclamación, la protesta, la voz) podían explicar el comportamiento de los agentes económicos, al igual que la conducta al modo del mercado (la salida, el desistimiento, la búsqueda de alternativas) repercutía no solo en empresas, sino en familias, escuelas o partidos.

Señalaba además cómo la salida podía deprimir la voz y los resultados ser peores que si hubiese menos competencia, como cuando es demasiado fácil cambiar de partido, de colegio o, algo más controvertido, de pareja. Sin salmodiar contra el mercado, pero explorando sus límites. Al final dejaba la impresión de que se habían creado puentes reales entre nada menos que las dos grandes teorías del orden humano, como afirmaba años más tarde, ya con cierta inmodestia: el contrato social y las leyes de la oferta y la demanda.

Del medio centenar de ensayos que reaparecieron en sus libros la mayoría se habían publicado en revistas académicas muy exigentes, como American Economic Review (ocho) o Quarterly Journal of Economics (cinco); una opción poco frecuente en un intelectual con tanto gancho. La singularidad puede leerse en los dos sentidos: después de aparecer en revistas de profesores que casi nadie lee, estaban listos para difundirse en libros para una audiencia culta mucho mayor.

Escribir como economista fue una forma de contención que le ayudó a no pontificar y a ser interesante, al contrario de cierto prejuicio habitual, sobre todo entre quienes pontifican y aburren sin economía. Que fuera un economista sin apenas formalismos no atestigua que el lenguaje formal sea un estorbo para entender la sociedad y esas pamplinas, sino la claridad con la que era capaz de emplear el lenguaje natural.

Dicho esto, fue un economista casi autodidacta. Estudió en una elitista escuela de negocios en París donde aprendió muy poca economía, aunque se le daba bien la estadística. Tuvo una beca de la LSE para estudiar con ellos, el mismo año en el que Keynes publicaba su Teoría General, pero prefirió no obtener un grado y asistir por libre. Más tarde, cuando la fundación Rockefeller le becó para ir a Berkeley a formarse rehusó seguir un programa de doctorado. Siempre dijo que ya era doctor, aunque lo que había hecho era solo una tesi di laurea en Trieste, antes de la guerra. Una resistencia a ser socializado por la academia que no evitó que ya en la madurez diese con sus huesos en Yale, Columbia, Harvard y Princeton.

En Trieste lo encontramos en 1937 para estar cerca de su amigo, joven guía y, por último, cuñado, el filósofo Eugenio Colorni, a quien había conocido unos años antes y que tuvo una influencia decisiva en su vida. A él estaba dedicado Salida, voz y lealtad. “A Eugenio Colorni (1909-1944) que me enseñó sobre las pequeñas ideas y sobre cómo pueden crecer”. Esas palabras tenían un significado preciso. Su esposa Sarah explicaba a Adelman que las petites idées (la pareja hablaba en francés) fueron “una cuestión realmente clave a lo largo de toda la vida de Albert”, le habló de ello “casi el primer día en que nos conocimos”, como le habló de Eugenio, y permaneció en ese dialecto privado que todos los matrimonios tienen.

Hirschman, rememorando sus primeras conversaciones con Colorni, se refería en una entrevista a las pequeñas ideas como “observaciones sorprendentes, a menudo paradójicas, y que pueden ser ciertas por eso mismo”; añadiendo que “no están conectadas con ninguna ideología ni visión del mundo, no pretenden ofrecer un conocimiento total del mundo, y hasta puede que socaven las pretensiones de todas las ideologías previas”. A mitad de los años 30 y en París, cuando los refugiados alemanes llegaban con una Weltanshauung que aplastaba el aire, el joven Otto Albert, que siempre había querido tener una, descubría que estaba mejor sin ella.

Este momento de su vida tuvo consecuencias políticas autosubversivas ya antes que las intelectuales: cuando todos se volvían hacia las certezas, y a Hirschman le correspondían las marxistas, Eugenio Colorni indujo en él la seguridad vital a través de la duda. Demostrar que Hamlet estaba equivocado era el lema privado entre ellos, según cuenta Adelman. En París, en el ambiente del socialismo liberal italiano hacia el que gravitó Hirschman –un grupo llamado Justicia y Libertad– la duda era compañera de la acción. En julio de 1936 muchos fueron a España.

Su biógrafo no puede aclarar exactamente cómo se alistó. Hirschman nunca quiso hablar de este episodio de su vida, ni siquiera con su esposa, ni una palabra. Mucho menos escribir, siendo tal vez el único escritor que se abstuvo. Los miembros de Justicia y Libertad se integraron en la columna Ascaso y lucharon en Monte Pelado, allí murió un amigo suyo. Puede que fuera con ellos.

También se sabe que consultó con su íntimo amigo y consejero Mark Rein, vinculado al grupo socialista alemán Nuevo Comienzo, en el que habían estado juntos. Mark Rein fue hecho desaparecer meses después en Barcelona por los comunistas, cuando ejercía de corresponsal de prensa socialdemócrata. Uno de los diarios en los que escribía había publicado reportajes sobre el terror en la Unión Soviética. “No era ninguna sorpresa que los nazis fueran espantosos”, dijo en una entrevista en 1978, “pero ver a gente de quien se esperaba que contribuyera a la causa convertirse en lo contrario era, en cierto sentido, peor”.

Es un hecho que fue herido, lo cuenta su esposa: tenía señales en el cuello y en las piernas. En octubre, cuando se creaban las Brigadas Internacionales, decidió marcharse. Colorni lo esperaba en Trieste y le proponía luchar por otros medios. Colorni terminó su vida asesinado por una banda de nazis italianos en Roma, en la calle, cinco días antes de la liberación. Para entonces, Hirschman había sido voluntario del ejército francés, había huido a través de España y Portugal, se había casado, había escrito un libro y era de nuevo voluntario en el ejército de EEUU, con el que esperaba en África pasar a Italia y reencontrarse con su amigo.

Las pérdidas debieron de ser demoledoras, pero en sus recuerdos las menciona con una sobriedad que fácilmente puede conmover.

El argumento de Salida había surgido de una pequeña idea que creció sembrando dudas. Para un sociólogo moderno (aunque me temo que a Hirschman solo le interesaba Simmel) las pequeñas ideas encajan bien en la noción de mecanismos sociales, nombre menos lindo, y su libro suele figurar como pionero de esa orientación científica al escape de las grandes teorías. Pero no era pionero, sino todavía maestro de algo de la misma importancia: Salida fue una obra abierta.

Durante años sus nociones se aplicaron a esferas distintas no consideradas inicialmente, se revisaron y se modificaron. Su reconsideración más célebre fue un largo artículo sobre los efectos no previstos de la salida y la voz en el derrumbe de la República Democrática Alemana, (World Politics 1993). Casi un cuarto de siglo después del libro y con una cierta edad. Muchos científicos sociales postulan que los mecanismos tienen cualidades como no ser deterministas o explicar solo conjuntos delimitados de fenómenos, pero pasarse la vida comprobándolo, eso ya es otra cosa. En uno de sus libros sobre el desarrollo, en 1963, Hirschman invocaba la frase de Flaubert de que el afán por concluir era una de las manías más estériles y funestas de los humanos. En otra ocasión escribió que soñaba con “una ciencia social para nuestros nietos”.

Las pequeñas ideas y la autosubversión parecen un mismo impulso visto desde el comienzo y el final de su vida. Salida estaba en el centro del arco y su dedicatoria era una especie de signo sobre cómo iba a continuar.