El mundo después del coronavirus | Letras Libres
artículo no publicado

El mundo después del coronavirus

El mundo va a experimentar una repetición de la crisis financiera global: el deterioro del nivel de renta relativo de Occidente, el aumento de desigualdades en los países ricos y el estancamiento de los ingresos de las clases medias.

¿Qué podemos decir del impacto del coronavirus en la distribución global de la renta? Es difícil decir algo significativo ahora porque no tenemos ni idea de cuánto durará la pandemia, cuántos países se verán afectados, cuánta gente morirá, si el tejido social de las sociedades se romperá o no. Estamos completamente a ciegas. Todo lo que decimos hoy puede resultar falso mañana. Si alguien tiene razón, quizá no es necesariamente porque sea inteligente sino porque ha tenido suerte. Pero en una crisis como esta, la suerte es muy importante.

¿Qué probabilidades hay de que la crisis reduzca la renta global? La gráfica que pongo debajo muestra el crecimiento per cápita global desde 1952 a 2018. La línea gruesa nos da una medida convencional (plutocrática): muestra si el PIB real medio per cápita en el mundo se ha expandido o reducido. (Todos los cálculos son en dólares con el mismo poder adquisitivo). El PIB global per cápita se había reducido solo cuatro veces: en 1954, 1982, 1991 y más recientemente en 2009 como consecuencia de la crisis financiera global. Cada uno de estos cuatro descensos están impulsados por Estados Unidos. Es algo comprensible. Hasta hace poco era la economía más grande del mundo y cuando se contrae, el crecimiento global se ve afectado.

Hay otra manera de medir el crecimiento global, el llamado índice de crecimiento real democrático o popular (la línea delgada en la gráfica de abajo). Se pregunta lo siguiente: teniendo en cuenta que la distribución de la renta en cada país permanece igual, ¿cuál es el crecimiento medio de la gente en el mundo? O por ponerlo de manera más sencilla: si los PIB per cápita de India, China y otros países muy poblados aumentan rápidamente, más gente sentirá que su vida es mejor que si el PIB per cápita aumenta en países ricos pero pequeños. O de otra forma: piensa en los años sesenta, cuando el PIB total de (digamos) el Benelux era similar al PIB total de China.

En un cálculo plutocrático, el aumento de ambos contará lo mismo. En un cálculo democrático, el aumento en China contará mucho más porque mucha más gente sentirá que se ha producido una mejora. Este segundo índice por lo tanto mide las tasas de crecimiento de los países teniendo en cuenta sus poblaciones. Desde esta perspectiva, el mundo nunca ha tenido una tasa de crecimiento negativo excepto en 1961, cuando el desastre del Gran Salto Adelante (un nombre muy irónico) redujo la renta per cápita china en un 26% y desplazó al mundo hacia territorios negativos.

¿Qué podemos decir sobre la posible evolución de estos dos índices en 2020? El FMI, que utiliza solo el primer índice, estimó recientemente que el PIB global se reduciría tanto como durante la Crisis Financiera Global. El segundo índice difícilmente será negativo ya que China está recuperándose y, como hemos visto, son los países muy poblados los que generalmente determinan lo que ocurre con ese índice. Pero no sabemos cómo se verá afectada la India. Si su crecimiento se vuelve negativo, quizá se produzca –coincidiendo con tasas de crecimiento casi seguramente negativas en la mayor parte de Europa y América del Norte– la segunda recesión “popular” desde los años cincuenta.

Tasa de crecimiento plutocrático de la renta per cápita global.

rog

ROG (rate of growth) =tasa de crecimiento; e.g. 0.05=5%.

Así que los efectos de la crisis en el crecimiento serán considerables. Pero no afectará a todo el mundo por igual. Si, como parece ahora, el declive económico es muy severo en Estados Unidos y Europa, la brecha entre los grandes países asiáticos y el mundo rico se reducirá. Este ha sido el principal causante de la reducción de la desigualdad global desde aproximadamente 1990. Por lo tanto podemos esperar, igual que pasó después de 2008-2009, una aceleración en el declive de la desigualdad global. Al igual que después de 2008-2009, la reducción en la desigualdad global no se alcanzará a través de fuerzas “benignas” y crecimiento positivo tanto en economías ricas como en economías emergentes en Asia, sino a través de fuerzas “malignas” y crecimiento negativo en los países ricos.

Esto tendrá los siguientes dos efectos. Primero, geopolíticamente, el centro de gravedad de la actividad económica global seguirá desplazándose hacia Asia. Será cada vez más irrelevante si se produce una “pivotación” hacia Asia o no. Si Asia continúa siendo la región más económicamente dinámica del mundo, todos se verán forzados a tomar esa dirección. En segundo lugar, el declive en renta real de la población occidental se producirá exactamente a la vez que las economías occidentales salen de un periodo de austeridad y bajo crecimiento, y podemos esperar que la falta de crecimiento de la clase media que caracterizó a estos países desde la crisis financiera acabe.

En términos económicos, de pura contabilidad, vamos a presenciar hasta cierto punto una repetición de la crisis financiera global: el deterioro del nivel de renta relativo de Occidente, el aumento de desigualdades en los países ricos (ya que los trabajadores más precarios y vulnerables saldrán perdiendo) y el estancamiento de los ingresos de las clases medias. El shock de la crisis del coronavirus, por lo tanto, representará un segundo shock dramático para la posición de los países ricos en los últimos quince años.

Vamos a experimentar, posiblemente y en algunas áreas, un retroceso de la globalización. Esto será obvio en un relativo corto plazo, uno o dos años, durante los cuales, incluso en un escenario optimista sobre la gestión de la pandemia, el movimiento de gente y posiblemente de bienes será mucho más controlado que antes de la crisis. Muchos de los impedimentos al libre movimiento de personas y bienes se explicarán con el miedo bastante fundado de un rebrote de la pandemia. Pero otros coincidirán con intereses económicos empresariales. Por eso retirar las restricciones será difícil y caro. No hemos retirado las caras y engorrosas medidas de seguridad en aviones a pesar de la ausencia de ataques terroristas durante años. Es poco probable que eliminemos las restricciones en este caso también.

También se puede extender la idea (bastante razonable) de que depender por completo de la amabilidad de los extraños en una emergencia nacional no es la política más prudente. Esto también debilitará la globalización.

Pero no debemos sobrevalorar estos obstáculos al comercio y el movimiento de capital y trabajo. Cuando nuestro interés a corto plazo está en juego, olvidamos rápidamente las lecciones de la historia: si pasamos varios años sin ninguna nueva gran turbulencia creo que es probable que volvamos al tipo de globalización que experimentamos antes de la crisis del coronavirus.

Lo que sin embargo quizá no vuelva a su situación previa es el poder económico relativo de diferentes países, y la atracción política del modelo liberal de gestionar las sociedades, frente a los modelos más autoritarios. Las grandes crisis como esta fomentan la centralización del poder porque a menudo es la única manera de que las sociedades pueden sobrevivir. Luego se hace difícil despojar de ese poder a quienes lo han acumulado durante la crisis, y además pueden defenderse de manera creíble diciendo que gracias a su habilidad o sabiduría se consiguió evitar lo peor. La política, por lo tanto, seguirá siendo turbulenta.

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor.