William Goldman, el hombre que nos enseñó a escribir guiones | Letras Libres
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William Goldman, el hombre que nos enseñó a escribir guiones

El escritor y guionista William Goldman murió la semana pasada. Escribió también dos libros de memorias sobre sus aventuras en Hollywood y fue el guionista de los guionistas.

William Goldman fue el maestro: el guionista de guionistas, el hombre que nos enseñó a todos a escribir guiones. Pero no solo eso. Goldman nos descubrió algo igual de importante y que ninguno sabíamos: uno se convierte en guionista casi siempre por accidente. Y por dinero.

Le pasó a él. Escritor de novelitas más o menos conocidas a finales de los 50 y los primeros 60, fue el actor Cliff Richardson quién le sugirió que escribiera una película para él. Richardson había leído una novela de Goldman y le sonaba que tenía buen oído. No se equivocó.

Goldman, cuenta, se dio un paseo a medianoche por Times Square. Entró en una librería abierta veinticuatro horas y se compró una guía de escritura de guiones. Hala. Así de fácil. Así arranca la carrera del guionista más célebre de los últimos cuarenta años.

Su lúcida adaptación del mundo de Ross McDonald (Harper, investigador privado) lo colocó en el punto de mira de los productores más avispados. Y Butch Cassidy & Sundace Kid (Dos hombres y un destino), un guion de western inusual, ligero, lleno de humor y con una mirada que era a la vez mitificadora (la muerte en off de los personajes) y desmitificadora (la bicicleta como símbolo del avance de los tiempos modernos) lo encumbró a lo más alto. El Óscar. La fama. El exceso de trabajo.

Se movió de manera cómoda en lo que se llamó Nuevo Hollywood: el cine americano de los 70, en el que Goldman escribió otras dos obras maestras. Su extraño thriller Marathon Man (mezcla de película de terror y película de espías y nazis) y el retrato del proceso que llevó al Washington Post a destapar el caso Watergate, Todos los hombres del presidente. Ambas tienen el sello de la escritura de Goldman en esa década: Afilada, seca, sin florituras. Violenta sin renunciar a ser humana y emocionante; con un ritmo frenético y un mensaje político, un fondo, que se funde con la forma. La recurrente lectura del guion de Marathon man me sigue sacando de más de un problema cuando tengo que abordar la escritura de una secuencia de acción y ando muy perdido.

En los 80 escribió otras dos obras maestras a partir de novelas. Para el mismo director las dos: Rob Reiner. Una, La princesa prometida es el cuento de hadas definitivo. Un guion perfecto. Con un envidiable sentido del humor (funciona como una comedia), con unos diálogos inolvidables y una escritura de personajes admirable.

La otra, más cruda, Misery, a partir de la novela de Stephen King, es un relato de terror en el que, de nuevo, destacan el humor y la ternura con la que mira a sus personajes, sean un escritor en crisis creativa o una peligrosa fan psicópata. Para el recuerdo queda la lección que aprendió Goldman en este trabajo. Empeñado en mutilar a su personaje protagonista (era su idea favorita, la que pensaba que justificaba todo el guion), el director Rob Reiner pensó que eso haría que el público ya no pudiese empatizar con el personaje de Kathy Bates. Lo quitó y funcionó.

A veces lo que más te gusta de un guion, lo que más quiere que se ruede, tu idea favorita... es una mala idea. Y hay que saber reconocerlo. En eso Goldman siempre fue un tipo generoso y educado.

A partir de la década de los 90, ya convertido en un mito, escribió películas menores con grandes directores (Clint Eastwood, John Carpenter, Lawrence Kasdan), echó una mano en un montón de guiones sin acreditar (el más célebre, y polémico, su trabajo en El indomable Will Hunting de Gus Van Sant, que sirvió a sus autores –los jóvenes actores guapos del momento Ben Stiller y Matt Damon– para ganar un Óscar) y una pequeña joya, que él considera su segunda gran historia: The Ghost and the Darkness, sobre dos leones asesinos durante la construcción del ferrocarril en la Kenia colonial. Una vez más: una precisa escritura de los detalles, importancia en los personajes e historias más o menos grandes tratadas con un moderado, saludable sentido de la épica. Nunca se pasaba. Nunca se quedaba corto.

El cine es un negocio duro, nos enseñó Goldman. Lleno de elementos caprichosos. Inestables. Goldman contó los avatares de la figura del guionista en los dos volúmenes de Las aventuras de un guionista en Hollywood y Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood (Plot). Son a la vez libros de memorias, ajuste de cuentas con la industria y manuales de autoayuda para escritores pardillos. Su sentido del humor, su mirada pragmática, a ratos desencantada, nunca cínica, ayudó a todos los aspirantes a escritores de películas a tomarnos las cosas con más o menos filosofía. A saber que antes que nosotros hubo otros mejores, más viejos, más cansados, que pasaron por cosas más o menos parecidas.

William Goldman no solo nos enseñó a escribir guiones. Nos enseñó a perder. Y eso, en un oficio donde casi todo es derrota, no está nada mal.