Una nota sobre el escándalo Bailey | Letras Libres
artículo no publicado

Una nota sobre el escándalo Bailey

Aunque Blake Bailey, autor de la biografía de Philip Roth recién publicada, podría no ser culpable de las acusaciones que han suscitado un escándalo, su editorial ha preferido dejar de distribuir su libro hasta que se asiente el polvo, ejerciendo, en nombre de una especie de claúsula moral, un acto de censura.

Blake Bailey, el autor de lo que en mi opinión fue una biografía muy buena de John Cheever, y que acaba de publicar la biografía autorizada de Philip Roth (en la que aparezco de manera ocasional pero no he leído), ha sido acusado por algunas de sus ex alumnas de haber practicado el “grooming” en la década de los noventa, cuando él era profesor de secundaria en la escuela Lusher Middle School en Nueva Orleans. “Grooming”, en este contexto quiere decir promover relaciones erotizadas, aunque no físicamente sexuales, con niñas menores de edad, con el fin de “allanar el camino” para que el adulto busque relaciones sexuales con ellas una vez que sean mayores de edad. Bailey ha negado las acusaciones, y aunque concedió en un correo a una de sus antiguas estudiantes que su comportamiento había sido “deplorable”, ha insistido que no hizo nada “ilegal”.

El primero en dar a conocer públicamente esta historia fue un hombre llamado Ed Champion, quien alguna vez fue dramaturgo y novelista de éxito indiferente y, en cambio, se hizo famoso como titular de una cosa en la radio llamada The Bat Segundo Show. Ahora es prolífico como bloguero en su propio sitio, que lleva el demasiado apropiado nombre de edrants.com. Yo no conocía a Champion hasta el estallido de esta controversia con Blake Bailey, pero por lo que he leído desde entonces, incluidas las fanfarronerías en su sitio, me parece en extremo odioso. Champion mismo ha sido acusado de distintos tipos de acoso, incluyendo amenazar a personas que le caen mal o que, a su parecer, le faltaron al respeto de cualquier modo con que revelará secretos suyos a menos de que le pidan disculpas. Ha negado estas acusaciones, pero cualquiera que quiera conocer lo deleznable que parece ser, debe leer el texto devastador que Laura Miller escribió sobre él y se publicó en Salon en 2014.

Para ser justos, el relato que el propio Champion da de sí mismo, y que obviamente se sitúa en el extremo opuesto al de Miller, puede leerse en la sección About/Contacts de su blog Reluctant Habits.

No tengo la menor idea si las acusaciones contra Bailey son verdaderas o falsas. Lo que me interesa es que, no obstante que nada ha sido probado en su contra, en unos cuantos días Bailey fue despedido por su agencia literaria, the Story Factory, que anunció que terminaba su relación con él “inmediatamente después de conocer estas acusaciones inquietantes”. Su editorial, W.W. Norton, también se distanció de Bailey, y anunció que no solo dejaría de promover la biografía de Roth, sino que también detendría los envíos de copias a librerías, aunque la biografía ya se halla en las listas de los más vendidos. Esto seguirá así, dijo Norton, “hasta que pueda surgir nueva información sobre el caso”.

De nuevo, Bailey puede ser culpable de todo lo que las mujeres que lo acusan afirman que hizo. Pero ni su agencia literaria ni su editorial están diciendo eso. De hecho, hacen lo contrario: los comunicados de The Story Factory y de Norton sobre el caso son muy claros al decir que ellos tampoco lo saben. The Story Factory dice que corrió a Bailey por las “acusaciones inquietantes” [las cursivas son mías], y el de Norton habla de detener la promoción y la distribución hasta que “pueda surgir nueva información” [una vez más, las cursivas son mías]. En otras palabras, lejos de ser una presunción de inocencia, como tendría que haber en una corte, y como hasta hace no mucho habría existido en la relación laboral entre un autor acusado de alguna falta y su agencia literaria o su editorial, aquí lo que hay es una presunción de facto de la culpabilidad del autor.

De hecho, aunque ese tipo de lenguaje no suele aparecer, si es que lo hace, en el acuerdo con una agencia o un contrato con una editorial, lo que The Story Factory y Norton han hecho es imponer de manera retroactiva una cláusula moral a sus respectivos acuerdos con Bailey. Estas cláusulas son comunes en, por ejemplo, los contratos de patrocinio de atletas famosos con marcas de productos deportivos. Una cláusula moral “estricta” estipula –y vale la pena leer este lenguaje– que si “en cualquier momento, en la opinión del Patrocinador, el Atleta es sujeto de desprestigio, escarnio o escándalo público que afecta su imagen o reputación, entonces la Empresa puede, por medio de una advertencia escrita, inmediatamente suspender o concluir este acuerdo de patrocinio y los servicios del Atleta aquí especificados, además de cualquier otro derecho o remedio que el Patrocinador haya tenido bajo este acuerdo, o por ley o por justicia”.

Lo que es clave aquí es que esos contratos no dicen que el patrocinador tiene permiso para romper el acuerdo con el atleta solo si se demuestra que ha cometido alguna falta, sino más bien que, si se mancha la reputación del atleta, incluso si las acusaciones resultan ser completamente infundadas, el patrocinador tiene todo el derecho de suspender o cancelar cualquier vínculo contractual existente. Esto es precisamente lo que The Story Factory hizo. Bailey podría no ser culpable, pero no hay duda que las acusaciones en su contra han creado un escándalo. Así que Norton está haciendo lo que cualquier patrocinador estaría autorizado a hacer: suspender su contrato con Bailey hasta que se asiente el polvo.

Hay otra palabra para esto: censura. Los autores no son deportistas y las editoriales o agencias literarias tampoco son patrocinadores comerciales –o por lo menos no lo eran. Esta distinción parece no importarle ni a The Story Factory ni a Norton, y es un emblema de la inconsciencia moralista de los tiempos. Y en mi opinión, cualquiera que crea que este momento cultural –en el que la censura ha vuelto a ocupar un lugar central y la superioridad moral es la postura por default del establishment cultural estadounidense– terminará pronto, se está mintiendo. Más bien, estamos entrando a la versión woke de la era victoriana, o del Hollywood después del Código Hays, en donde la censura es la norma y no la excepción.

Desde una perspectiva histórica, no hay nada muy sorprendente en esto. Después de todo, aquellos que eran adultos a finales del siglo XVIII nunca se adaptaron al moralismo del siglo XIX. A esto se refería Talleyrand cuando dijo que aquellos que no vivieron antes de la Revolución Francesa no habían conocido lo dulce de la vida. Fue la Primera Guerra Mundial la que quebró la moral victoriana aceptada. Mi intuición me dice que el consenso en cuanto a que la personalidad moral y, cada vez más, las credenciales políticas, raciales y de género de los escritores y artistas, deben ser el rasero para publicar, exhibir, celebrar o ignorar sus obras, irá en aumento en las décadas por venir. Obviamente, internet permite publicar o exhibir la obra propia, así que técnicamente nadie está siendo censurado. Pero los medios tradicionales siguen teniendo peso en el complejo cultural-académico-filantrópico, y lo seguirán teniendo, me parece, mucho tiempo más. Y en estos contextos, las cláusulas morales, ya sea de facto o de jure, serán lugar común. Todo se hará, después de todo, en nombre de una decencia, compasión y solidaridad elementales con las víctimas. No hay sorpresa aquí tampoco: la censura siempre se ha apropiado de la garantía moral de estarse ejerciendo en pos de un bien mayor.

 

Publicado originalmente en la columna Desire and Fate.

Traducción de Pablo Duarte.