Una especie de superhéroe (en recuerdo de David Gistau) | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: De Conversaciones Con (youtube) - Conversaciones con David Gistau: "Siempre me gustó más la idea de la camisa caqui que la opinión" (at 2min 32s), CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=86910730

Una especie de superhéroe (en recuerdo de David Gistau)

Sus referencias culturales eran de una amplitud enorme y abarcaban desde la Biblia y la Ilíada hasta Norman Mailer y AC/DC, desde David Lodge hasta Mortadelo y Filemón, desde Montesquieu hasta Los Simpson.

“Gente que se fue”, el relato central del último libro de David Gistau, arranca con el momento en que una chica recuerda a su antiguo novio, muerto hace seis meses en un accidente de tráfico. El narrador describe el instante como un encuentro de la chica con “su herida abierta de huérfana de novio”. Poco después el protagonista se acuerda de otro huérfano, esta vez de padre. Era uno de los chicos de la pandilla de su infancia, y cuando fueron a visitarle él les preguntó si creían que podría seguir jugando a las chapas: “porque su tío le había dicho hacía un rato que ahora era el hombre de la casa. Y él jamás había visto a ningún hombre agachado en el arenal donde trazaban los circuitos y construían montículos para poder puntuar la montaña”.

El lector descubre unas páginas después que el propio protagonista también es huérfano de padre; una pérdida en plena adolescencia que ha marcado su vida y que también vino acompañada de momentos de fragilidad y desconcierto: “entró en clase, algo retrasado, y le dijo a la profesora que no podía hacer el examen de matemáticas. -¿Por qué? ¿Has estado enfermo? -No. No he podido estudiar porque ha muerto mi padre.” El relato va solapando así pérdidas y despedidas, algunas trágicas y otras esperables, algunas chocantes y otras vagamente recordadas, que se relacionan siempre con los rasgos de la orfandad: perplejidad, desamparo, preguntarse qué significó todo esto y qué se puede hacer ahora, cómo equilibrar adecuadamente el agradecimiento, la resignación y la nostalgia. Precisamente los sentimientos que se extienden ahora entre tantos.

David Gistau fue periodista y escritor. Se hizo conocido principalmente como columnista, primero en el diario La Razón, luego en El Mundo, en ABC y de nuevo en El Mundo. Era sorprendentemente versátil: sus columnas saltaban de la política a la cultura y al fútbol, del comentario al reportaje, de la crítica ponderada al repaso epicúreo. A ello era capaz de añadir fogonazos intimistas en los que abría al lector a sus alegrías y angustias vitales, en algunos de los textos –como los que dedica a sus hijos, y a su relación con su propia paternidad– que más duele leer ahora. Su estilo era ágil, sonoro y contundente, con especial habilidad para los símiles inesperados y para unir referencias tanto de alta cultura como de la más popular. Sorprendía su talento para cerrar una frase con un giro fuerte, como un redoble de tambor. Sorprendía igualmente su fluidez como ponente y tertuliano, lo articulado que era siempre su discurso, la ausencia de afectación, el uso de un lenguaje propio que era a la vez –y uno solo se daba cuenta al escucharle– el del propio oyente.

Encuadrado generalmente en el liberalismo político, era sobre todo un comentarista libre, con una fuerte alergia hacia las grandilocuencias engañosas y los simplismos moralizantes que pretendiesen tratar al ciudadano como a un menor de edad. En entrevistas solía hablar de cuán necesario era para alguien que ocupaba su lugar en la esfera pública estar dispuesto a decepcionar a aquellos que pudieran haberle convertido en su columnista de cabecera. No era una pose: su obra da fe de ese esfuerzo por no ser un comentarista predecible sin caer a cambio en el vacuo efectismo del enfant terrible. Así, encontró un equilibrio que muchas veces se antoja imposible: tener criterio sin acomodarse en el dogmatismo, ser independiente sin ser arbitrario.

Sus referencias culturales eran de una amplitud enorme y abarcaban desde la Biblia y la Ilíada hasta Norman Mailer y AC/DC, desde David Lodge hasta Mortadelo y Filemón, desde Montesquieu hasta Los Simpson, con una querencia especial por los referentes literarios y cinematográficos estadounidenses de mediados del siglo XX, y sobre todo por los mundos del boxeo y de los bajos fondos. La influencia se ve claramente en su obra narrativa, en la que destaca la novela Golpes bajos. Sin renunciar a su contundencia estilística y a su habitual cosecha de símiles sorprendentes, la novela despliega un interés documental por realidades, espacios y personajes –los gimnasios de barrio, las mafias urbanas, los inmigrantes de primera y segunda generación– que tienden a quedar fuera de la mirada de los novelistas más habitualmente celebrados. La novela también propone una ética de pequeñas virtudes humildes como anclaje resignado –incluso derrotado de antemano– frente a las arbitrariedades del poder o las estridencias de la sociedad del espectáculo. Y, sobre todo, transmite una verdadera curiosidad, un verdadero respeto y un verdadero cariño por su materia literaria. La médula, en fin, del mejor realismo.

La influencia de David Gistau sobre los columnistas que vinieron inmediatamente después de él es evidente tanto en los testimonios que se han publicado estos días como en sus propios estilos, temas y enfoques. Se habla mucho del umbralismo pero habría que empezar a estudiar el gistauismo como una de las claves del columnismo de los últimos diez o veinte años. Por mi parte puedo hablar de una admiración en la distancia. El estilo de Gistau está ahora muy extendido, pero recuerdo la sorpresa que me produjo cuando empecé a leerlo allá por 2009 o 2010. Recuerdo pensar que nunca había leído algo así, con ese pulso y esa frescura tan específicamente modernos. Recuerdo la pulsión imitadora, tener veinte años y pensar: “algún día quiero escribir así”.

Buscando en los correos encuentro uno que envié en 2011 a mi mejor amigo con el título “Como siempre, Gistau” y el enlace a uno de sus artículos; y pienso en que durante años y años, muchísimas personas enviaron mensajes de ese tipo. Como muchos se asomaban también a las entrevistas que concedía con una sensación de estar ante algo importante y provechoso. Visto desde la distancia, Gistau tenía un aura extraña, como de alguien que había descubierto un puñado de cosas sanas y decentes sobre la vida. Rehuía cualquier pose de gurú, pero la impresión quedaba igualmente. Un amigo me comentó que su novia solía decirle: “en esto del periodismo y la vida, tú fíjate en lo que hace Gistau”.

Un día, a comienzos de 2016, llegué tarde a la presentación de un libro. Todos los asientos estaban ya cogidos, así que me quedé de pie cerca de la puerta, al lado de un tipo grande y barbudo. Poco a poco fui comprendiendo que estaba al lado de David Gistau. Pasé la presentación buscando fotos de él en el móvil para asegurarme de que no estaba confundido –creo que se dio cuenta–, y pensando en qué decir para presentarme. Al final me volví hacia él y tartamudeé algunas chorradas inconexas, a las que él respondió de forma afable, generosa, cómplice. Me recordó a Sam the Lion, el personaje de La última película; no necesitó ni ponerme la mano en el hombro. Algo parecido sucedió dos años después, cuando le llamé para pedirle si tendría a bien, si no era demasiada molestia, si encajaba en su agenda, si fuese de alguna forma posible, que presentara una novela mía. “David”, me cortó finalmente; “tranquilo. Lo hago encantado. Nos lo pasaremos bien”.

En la presentación, Gistau estuvo ocurrente, agudo, divertido. Yo estaba como un flan y él actuó como una fuerza benéfica y tranquilizadora, una suerte de patriarca bienhumorado. Bromeó al comienzo con que había echado de menos algo más de sexo en la novela, y a partir de ahí todo encajó: fue una tarde alegre. Tras la presentación se marchó pronto, con un abrazo de oso y el casco de la moto en el brazo. Me pareció entonces lo que me había parecido siempre: una especie de superhéroe. Me habría creído igualmente que al salir de la librería se había vuelto a su casa a cenar con su familia, como que había entrado en un callejón, se había calzado su disfraz y se había lanzado a una noche de lucha contra el crimen. Superman, Batman y Spiderman también eran huérfanos, y quienes nos asomábamos a sus aventuras temíamos que un día nos dejaran así a nosotros.