Tom Wolfe: un pez fuera del agua | Letras Libres
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Tom Wolfe: un pez fuera del agua

Tom Wolfe, que murió el pasado 15 de mayo, nunca adoptó los códigos del mundo que retrató. Para él el estilo era una herramienta para reflejar mejor la realidad.

Tom Wolfe se coló en el dúplex de Leonard Bernstein. La invitación se la robó al reportero David Halberstam. Wolfe había subido un momento a la redacción de la revista Harper’s. Su novia era la directora de arte y habían quedado para comer. Mientras hacía tiempo, entró en el despacho de Halberstam y vio el tarjetón sobre la mesa: “La señora de Leonard Bernstein solicita su compañía en el número 895 de Park Avenue el miércoles 14 de enero a las cinco en punto para saludar y escuchar a los líderes del Partido de los Panteras Negras”. “¡Dios santo!”, se dijo. “¡Es uno de los mejores edificios de Park Avenue! Tengo que arreglármelas para ir”. Al final del tarjetón había un número de teléfono. Wolfe lo anotó, llamó y pusieron su nombre en la lista. Así se coló.

La libreta verde de espiral que Wolfe estrenó ese día está entre los papeles que vendió por dos millones de dólares en 2014 a la Biblioteca Pública de Nueva York. Panther Night at Leonard Bernstein’s es el título que todavía hoy se puede leer en la tapa según cuenta Michael Lewis en este perfil.

Al entrar en el dúplex, Wolfe saludó a los anfitriones y se sentó en una silla plegable. Desde allí observó los bocados de roquefort de las bandejas de plata y los jerseys de cuello vuelto de los líderes negros y fue tomando notas de los diálogos para su artículo. “Casi nunca grabo nada porque nací demasiado pronto”, dijo en esta conversación con el periodista Elon Green. “Tomo notas. No es difícil de hacer y nunca te quedas sin pilas. La grabadora es para vagos”.

La reportera Charlotte Curtis publicó este artículo en el New York Times al día siguiente de la velada. Era una crónica breve con un título informativo y declaraciones de los protagonistas. El texto de Wolfe no se publicó hasta seis meses después pero su impacto fue atronador. La revista New York imprimió sus 25.000 palabras y le dedicó un número especial con tres mujeres con puños negros en portada y un título irónico: Free Leonard Bernstein! El artículo enfadó por igual al director de orquesta y a los Panteras Negras y ayudó a popularizar un estilo que Wolfe había inventado por casualidad en abril de 1963.

 

Wolfe antes de Wolfe

Hasta esa fecha Wolfe es un reportero como otro cualquiera. Al graduarse en Yale, encuentra trabajo en un diario de una ciudad pequeña de Massachusetts y luego llega al Washington Post. Allí cubre como enviado especial los primeros años de la Revolución Cubana, escribe series desde Haití o la República Dominicana y publica 315 artículos como “Thomas Wolfe” entre 1959 y 1962.

Entre esos artículos hay reseñas de libros, historias sobre escuelas y textos sobre robos de poca monta. El estilo es todavía sobrio, pero incluye metáforas que anuncian la voz que Wolfe adoptará después. Dos ladrones le ponen a la víctima “un ojo morado tan grande como una berenjena”. Un tendero tiene una sonrisa “donde uno puede colgar la colada”. A menudo asoma también la obsesión por el status que Wolfe ha aprendido en Yale leyendo a Max Weber y que impregnará luego sus mejores libros. “A los invitados de una fiesta de Washington no les basta con emborracharse: tienen que emborracharse y sentirse importantes”, escribe sobre la vida nocturna de la capital.

Con 32 años Wolfe ficha por el Herald Tribune y se muda a Manhattan en el verano de 1962. En la maleta lleva dos chaquetas de sport. Al llegar a la redacción se da cuenta de que necesita un traje y encarga un terno de color crema. No es una provocación sino un reflejo de su infancia sureña. Al probárselo se da cuenta de que tiene el grosor suficiente para gastarlo durante el otoño y opta por hacer de la necesidad virtud.

Y sin embargo al joven reportero no lo transforma en un escritor de éxito la excentricidad del traje sino la huelga de periódicos de diciembre de 1962. Michael Lewis explica en su perfil cómo Wolfe escribe a su padre avergonzado para preguntarle si le parece bien que se ponga en la cola del paro pero pronto encuentra una alternativa mejor. La revista Esquire lo envía a escribir un reportaje sobre los fanáticos de los automóviles de California y vuelve deslumbrado por lo que ve. Escribirlo no es tan sencillo para Wolfe, maniatado todavía por las reglas del oficio. Llama a su editor Byron Dobell y le dice que no se ve capaz. Al borde del cierre, Dobell le dice que necesitan el texto, que le envíe sus notas en bruto. Wolfe envía 49 páginas salpicadas de detalles insólitos y onomatopeyas y Dobell toma una decisión que cambiará para siempre la carrera de su autor y la historia del periodismo: publica las notas tal cual.

Es ese primer artículo en Esquire lo que convierte al periodista en el icono que conocemos hoy. Unos meses bastan para rescatarlo de la cola del paro y llevarlo a los grandes salones de Nueva York. Los editores pujan por publicar sus libros. Aparece en el programa de Johnny Carson. Una admiradora le envía 17 folios con besos de carmín.

El armario del reportero se llena de trajes blancos. Deja el periodismo diario y se une a su ídolo Jimmy Breslin en la revista New York. Sus libretas se llenan de arabescos y su prosa acentúa los tics de aquellas notas en bruto que deslumbraron a su editor. Son los años en los que retrata a la California de los hippies lisérgicos y se propone volar por los aires el edificio del New Yorker. En apenas año y medio, aquel joven inseguro se ha convertido en Tom Wolfe.

Reportero de impacto

Conocí a Wolfe en 2013 durante esta entrevista en su abigarrado apartamento de la Quinta Avenida. Se presentó en el salón unos minutos más tarde de la hora acordada enfundado en su traje blanco y calzando un par de zapatos bicolor. Me dijo que escribía por las mañanas y que iba al gimnasio todos los días. Me sorprendieron su hilo de voz, su timidez y sus formas amables, que lo situaban en las antípodas del personaje que asomaba en sus diatribas contra Norman Mailer o John Updike.

Wolfe se creó una máscara tan atractiva que muchos de sus admiradores no se molestaron en mirar qué había detrás. Detrás del traje de color crema, la puntuación excéntrica y las onomatopeyas estaban las entrevistas a las protagonistas, la descripción absorbente de los lugares y la observación exhaustiva de la realidad.

Wolfe creó un periodismo nuevo para un país transformado por los disturbios raciales y el desastre de Vietnam. Sus artículos buscaban deslumbrar al lector y bebían del habla de la calle. No eran análisis fríos sino perfiles de excéntricos, historias de pequeñas venganzas, sátiras de las inseguridades que todavía hoy quitan el sueño a las élites de Nueva York.

El propio Wolfe describió en este artículo su estilo como una reacción contra autores como Joseph Alsop o Walter Lippmann, cuya prosa plúmbea dominaba las páginas de opinión del Herald Tribune. “La práctica habitual era darle a un tipo una columna como recompensa por sus excelentes servicios como reportero”, explicaba Wolfe en ese texto. “De esa forma a menudo perdían un buen reportero y ganaban un mal escritor”.

El ascenso de los diarios de masas había creado un periodismo objetivo con unos estándares más profesionales. Pero también había desfigurado el estilo de los reporteros y había trasladado el peso de las redacciones hacia columnistas que cenaban a menudo con los protagonistas de sus crónicas y pasaban demasiadas horas en los salones del poder. “Las únicas entrevistas que le recuerdo a Lippmann eran las visitas ocasionales con alfombra roja a un jefe de Estado durante las que tenía la oportunidad de sentarse en sillas tapizadas en salones revestidos de madera y así tragarse las mentiras del mandatario en persona en lugar de leerlas en el New York Times”, escribió Wolfe sobre su colega en febrero de 1972.

Al contrario que a Lippmann, a Wolfe nunca le interesaron los misiles de largo alcance ni la letra pequeña de la alta política. Sus mejores textos son retratos de personajes complejos y su magia no nace del vocabulario sino de la mirada penetrante de su autor. Esta es la verdad sobre la obra de Wolfe que no han comprendido la mayoría de sus imitadores. La realidad no es un pretexto para un ejercicio de estilo. El estilo es una herramienta para reflejar mejor la realidad.

“Siempre he insistido en que no existe un estilo fijo de Tom Wolfe sino un estilo apropiado a cada historia”, le dijo el escritor a Mary McLeod en 1983 sobre el tono más sobrio de The Right Stuff, traducido al español como Lo que hay que tener. “Muchas de las cosas que escribí en los años 60 eran tan salvajes que tenía sentido un estilo salvaje. El mundo de los pilotos militares es diferente. Es un mundo que requiere un tono distinto.”

Los artículos de Wolfe esconden horas de entrevistas y anotaciones. También las páginas de sus novelas, que diseccionan la vida cotidiana de Miami, Atlanta o Nueva York. A esas entrevistas Wolfe ni siquiera iba disfrazado. “Cuando estoy por ahí haciendo entrevistas para un periódico, una entrevista o un libro, nunca llevo puesto el traje blanco”, decía hace unos años. “Llevarlo es buscarse problemas. No quiero que la gente piense: ‘Aquí viene el pez gordo’. Por lo que a mí respecta, ellos son los peces gordos. Estoy ahí para enterarme de lo que dicen. Lo más probable es que lleve puesto uno de esos trajes que nadie miraría dos veces”.

Las descripciones de Wolfe no son el fruto de la imaginación sino de lo que Michael Lewis llama “una mirada de rayos X” capaz de detectar márgenes a menudo inadvertidos de la realidad.

Es doloroso imaginar lo que habría podido hacer el Wolfe del Radical Chic con los mafiosos de medio pelo que hoy revolotean por la Casa Blanca. Nadie describió mejor aquel Nueva York de los ochenta que todavía alimenta el ego frágil de Donald Trump. La prosa afilada de Wolfe describiría los vicios del presidente y quizá desnudaría también los aires de algunos de sus adversarios. Nunca tuvo paciencia con los inquisidores ni con quienes se tomaban a sí mismos demasiado en serio. Una vez dijo que no le importaría ver en la Casa Blanca a “un electricista o un instalador de alarmas”. Esta es la única entrevista que he encontrado donde habló de Trump.

“En cierto modo me siento un poco como Balzac”, respondió en 1975 cuando el periodista Philip Nobile le preguntó por qué apenas escribía de política. “Balzac era un gran admirador del orden establecido en Francia. Pero quizá ningún otro autor hizo más para traer la revolución de 1848. Sus retratos de la alta burguesía y de la nobleza decadente son devastadores. De los polemistas de su época, sin embargo, nadie se acuerda.”

Al igual que Balzac, Wolfe nunca adoptó del todo los códigos del mundo que retrató. Había nacido en el Sur. Su padre dirigía una revista rural y su madre era ama de casa. En Nueva York nunca se sintió como uno más. Esa condición de pez fuera del agua alimentó su gusto por llevar la contraria y acentuó una adicción a los pequeños detalles que enriqueció sus artículos periodísticos y sus relatos de ficción.

Ese gusto por los detalles está presente en el texto sobre la velada de Leonard Bernstein. Casi al principio del artículo Wolfe describe las molduras de las bandejas de plata en que los camareros sirven los bocados de roquefort. Es un detalle menor. ¿Por qué dejarlo? “Uno puede pensar que es algo nimio pero creo que esas pequeñas cosas son las que de verdad redondean una pieza sobre todo al principio”, dijo Wolfe medio siglo después. “Hay algo en una bandeja con molduras de la que comen unos Panteras Negras que le da al artículo mordiente. [...] Si escribo estampas de la vida cotidiana, quiero que los sonidos y la apariencia del lugar sobre el que escribo estén en esa estampa. Las marcas, los gustos en la ropa o en el mobiliario, las formas, el modo en que la gente trata a sus hijos, a los sirvientes o a sus superiores son pistas importantes sobre la realidad.”