Teoría de Mmm Mmm | Letras Libres
artículo no publicado

Teoría de Mmm Mmm

Un recorrido por la vida de la estrella de cine: desde Norma Jean Baker hasta la Marilyn de nota roja. 

 

La muchacha rubia, horizontal, de ojos semicerrados y labios entreabiertos, vestida sólo con las aguas de una catarata que en la primera mitad de los años cincuenta invadió el mundo en carteles y anuncios espectaculares promoviendo la películaNiágara, estaba destinada a ser tanto una apoteosis como una variante en la serie de los objetos sexuales emitidos por la fábrica de sueños de celuloide. Fue la imagen imantada de los deseos como lo habían sido Greta o Marlene o Rita desde que apareció con la cabellera rubia (otra catarata de oro), con la piel lujosa y fulgurante y el cuerpo que ondulaba aun en la quietud, pero si su rostro era luminoso, no ejercía los prestigios del misterio ni de la feminidad imperialista y fatal como aquellas anteriores divas del cine. No ejerció de vampiresa ni de esfinge ni de diosa y era más cercana a las sencillas aunque espléndidas Vargas Girls o a los modelos encarnados por Esther Williams o Betty Grable y por la linda caricatura Betty Boop. Aun con todo su esplendor parecía capaz de descender de la pantalla para avecindarse con el espectador en la butaca adjunta o estar disponible al azar de los encuentros en cualquier esquina de una gran ciudad. Su belleza, además de visible, parecía ser tangible por una inmediatez de la piel que trascendía la superficie plana de las pantallas. Billy Wilder, su director en dos obras maestras de él y de ella (The Seven-Year Itch, Some Like It Hot), dijo: “Es de esas chicas cuya carne da en la fotografía como carne, y el espectador siente que puede alargar la mano y tocarla”.

Virtual cercanía, ilusión de accesibilidad y tono de disponibilidad fueron sus atributos. Había nacido Norma Jean Baker y Hollywood la rebautizó Marilyn Monroe para que las emes y las enes dieran una calidez cremosa a la ere y a la ronroneante erre. Así, la M de su nombre y apellido, y demujer, música y mar, habría de estar también en el frenético homenaje que le hizo Luis Goytisolo trascribiendo el sonido de un beso succionador y explosivo: “¿Cómo referir el erotismo de Marilyn Monroe a nuestra propia neurosis? Por ejemplo, así: ¡Muaaaaaaah!”.

Sus películas de meritoria trepadora hacia el star system, las de los comienzos de los cincuentas, la destacan como una pequeña pero intensa gratificación visual. Ya un personaje, en Monkey Business, honraba sus semiesferas posteriores lanzándoles un chorro de agua de sifón tan magníficamente obsceno como el chorro de vapor que hacia su trasero, bien columpiado en el famoso “andar horizontal” monroniano, emitirá una jadeante locomotora en Some Like It Hot. Y es que Marilyn no sólo conquistaba hombres: también sifones, trenes, subways, grandes barcos, lo que fuese. Siendo ya estrella, en Seven Year Itch, el metro subterráneo le levantará y le hará aletear la falda con un cálido soplido, y en Gentlemen Prefer Blondes todo un buque trasatlántico le servirá de fastuoso cinturón cuando ella intente pasar por una claraboya y quede atorada por causa del hermoso nalgatorio.

 

 

El rojo le sentaba bien a la Monroe: ya le enmarcaba el cuerpo esbelto y los cabellos solares en aquella previa foto de pin-up girl en que no tenía puesta otra cosa que la radio, y por esa imagen, esparcida a todos los puntos donde latía el imperialismo nortamericano, los boys que (sin saber por qué carajos) combatían en Corea la llamaron Miss Flamethrower: Señorita Lanzallamas. Su irresistible asalto al estrellato fue en 1953 con Niágara, en que aparece como una asesina sensual y cándida que camina (aunque caminar es un verbo pobrísimo en este caso) con el famoso vestido rojo incendiador de la pantalla, del público, including me.

En Gentlemen Prefer Blondes el halcón Hawks la asoció y enfrentó, rubísima, a la superhembra morena Jane Russell. Ganó Marilyn, y durante un número bailado y cantado (“Los diamantes son los mejores amigos de una muchacha”) los caballeros la premiaban adornándola con una Vía Láctea de joyas. Tal vez no exista en toda la filmografía de Marilyn una película en que muestre mayor alegría de vivir, y su resplandor sobró para darle gracia a Jane Russell, que no la tenía. Así Hawks pudo declarar: “Yo no sabía qué escenas inventar, y entonces puse a las chicas a caminar y caminar, y el público, encantado, no se cansó de verlas en movimiento. Mandé construir una escalera para que subieran y bajaran, ¡y... como tienen todo tan bien formado!”. La comedia glorificaba a Marilyn como una gold digger, una buscadora de fortunas, salvada de la corrupción y de la ambición mercenaria por su candor angélico, pero con el mismo desparpajo pudo hacer, en cambio, el papel de la vecinita ingenua, tierna y dizque común y corriente, en Seven Year Itch, que podría clasificarse como un epítome, en farsa, de los reprimidos ardores eróticos del “hombre norteamericano medio”. Allí, cuando el respiradero enrejado del metro sopla, levantándole la falda y refrescándole pantorrillas y muslos a Marilyn, el gran crítico André Bazin agudamente anota: “Esta idea genial sólo podía nacer en el marco de un cine poseedor de una larga, rica y bizantina cultura de la censura. Tales hallazgos suponen una imaginación extraordinariamente refinada, lograda en la lucha contra la rigurosa estupidez de un código mojigato”. ¡Ah, Marilyn liberadora y revolucionaria!

Es memorable la ironía con que en la espléndida All About Eve del sutil Joseph Mankiewicz, donde Marilyn (por entonces todavía una figurante) hacía una aparición brevísima pero inmortal, George Sanders la presentaba en una party de gente de teatro como actricita “graduada en la Academia de Arte Dramático de Copacabana”. Pero Marilyn no se dejó acomplejar por esa broma. Hasta entonces se la había utilizado como símbolo sexual (o “címbalo sexual”, decía ella), pero ahora quería ser una verdadera actriz, estar en obras de arte, como si eso importase mucho: ya ella era una obra de arte.Bus Stop, donde estuvo magnífica de poética vulgaridad, de neurosis mágica, fue la demostración de que sus ambiciones de actriz estaban bien fundadas: creó allí, como si con barro hiciese oro, un personaje de humilde y algo tonta vedette de cabarets de carretera, una pobre y tierna muchacha hundida en el más bajo nivel del show-business y asediada por un rudo vaquero y por ese monstruo del infierno profesional: el insomnio. Marilyn ya no solamente nos seducía; ahora también quería conmovernos. Quería ser reconocida y afamada por sus interpretaciones y salir del prototipo de bonita tontita, y quién sabe si hacía bien obligándose a ser un talento refrendado por la intelectualidad (en un tiempo representada por su ocasional marido, el pesado dramaturgo Arthur Miller). Quiso actuar personajes de Chejov, de Dostoyevski, de O’Neill, incluso de Shakespeare; quiso estar, y estuvo, en una película dirigida (¿dirigida?) por el actorazo Lawrence Olivier, que resultó una comedia plúmbea pese a estar ella. En The Misfits, ese desastre del siempre sobrevalorado John Huston, filmada sobre un tosco y morboso libreto de Arthur Miller, se sobreactuó patéticamente, actuando una neurótica con ayuda de su propia neurosis. Y si George Cukor, un maestro de la comedia y un legendario director de actrices, aún pudo mostrarla graciosa en algunos momentos de la desastrosaLet’s Make Love (por ejemplo en el número “Because my heart belongs to daddy”), Marilyn ya empezaba a perderse en los crecientes insomnios, las amistades turbias y las relaciones corruptoras con gangsters y políticos. Y en el cinco de agosto de 1962 hizo el más lamentable papel de su vida: el de cadáver.

Pero quiero terminar sin hablar de aquel fango terminal. Esa Marilyn de la nota roja, del periodismo amarillo, de la sucia maraña política-policial, es absolutamente extraña para mí. Me quedo con la muchacha piropeada por trenes, sofaldada por el soplo del subway, ceñida por trasatlánticos, vestida sólo de su blanca piel, de su cabello flameante, de Chanel número cinco y música de la radio: la señorial nadadora en un fogoso mar de seda roja, como en la foto del Calendario por excelencia. La Marilyn blanca, dorada, sonriente, viva, aun cuando sólo sea en la inmortalidad virtual del cine.