Seis lecciones de Doris Lessing | Letras Libres
artículo no publicado

Seis lecciones de Doris Lessing

En sus ensayos y charlas, la premio Nobel de literatura de 2007 defendió el individualismo y criticó el sectarismo, la corrección política y el dogmatismo.

“Mantener una opinión disidente, siendo parte de un grupo, es la cosa más difícil del mundo”: este podría ser el tema central de Las cárceles que elegimos (Lumen), de Doris Lessing (Persia, actual Irán, 1919 - Londres, 2013). El volumen recoge cinco conferencias que la autora impartió para la Canadian Broadcasting Corporation en 1985, y una sexta charla, que dio siete años más tarde en la Universidad de Rutgers. En cierta manera es un libro sobre la independencia del pensamiento y sus complicaciones.

La autora, galardonada con el Premio Nobel de literatura en 2007, utiliza sus propias experiencias, tanto en Rhodesia (actual Zimbabue) como en su vida de comunista y excomunista. Pero no se recrea en esa disidencia ni en su biografía, lo que resulta refrescante, y desde luego no dice que ella fuera inmune a ese impulso gregario. (Por supuesto, si hubiera tantos disidentes en el momento de la verdad como los hay retrospectivamente, no habría gregarismo.)

El libro, humilde y a veces deslavazado, está lleno de intuiciones y observaciones interesantes. Muestra un interés por lo que llama las nuevas ciencias: las ciencias sociales y en especial la psicología y la sociología. A su juicio, el mundo avanzaba una mayor objetividad para juzgar los datos y aceptar la complejidad, pero se veía sometido a oleadas sentimentales.

Señalaba que en todo grupo es fácil que todos se vuelvan contra alguien, y que si la comunidad está muy unida es fácil que al disidente se le vea como un malhechor o un traidor. Hablaba de las “certezas sentimentales” de cada grupo y en concreto del que conocía más, la izquierda (por ejemplo: que todos los socialistas eran buenos y los capitalistas malos) y observaba que “el adversario nunca es odiado con tanto furor como el antiguo aliado”. En la naturaleza dogmática de algunas ideologías detectaba una herencia cristiana: el legado del cristianismo más evidente en el socialismo, decía, es el sectarismo.

En buena parte Las cárceles que elegimos es una defensa del individualismo: no un rechazo a las protecciones del Estado o de la sociedad, sino una reivindicación del criterio propio. A veces, explica, una idea marginal se acaba convirtiendo en mainstream, si se sostiene con firmeza e inteligencia. “Cuando hablo de hacer uso de nuestras libertades no me refiero únicamente a acudir a manifestaciones, formar parte de partidos políticos y todo eso, que no es más que un aspecto del proceso democrático, sino a analizar ideas, vengan de donde vengan”.

Dice que le sorprende un cierto desinterés por la historia entre los jóvenes. Pero le encuentra una explicación: “Uno no desea leer nada que pueda poner en entredicho la visión que tiene de sí mismo como fenómeno absolutamente nuevo y asombroso, cuyas ideas son novedosas, por no decir que están recién acuñadas, probablemente por uno mismo o, al menos, por gente del propio entorno o por el líder a quien uno venera, ese ser de todo punto nuevo e inmaculado cuyo destino es cambiar el mundo”.

Uno de los textos más interesantes es el último, que estudia las “Actitudes mentales que el comunismo dejó a su paso”: la herencia que el comunismo habría dejado en nuestra cultura. Para Lessing, tuvo una influencia decisiva y degradante en el lenguaje, al producir páginas y páginas dedicadas a no decir nada. Por otra, había potenciado una manera de leer el arte buscando el mensaje o una intencionalidad: esta idea -que Lessing también relaciona con la religión- había tenido consecuencias en la crítica literaria que habían sobrevivido al comunismo. Lo políticamente correcto, sostenía, no pertenecía al comunismo, pero suponía la integración de un hábito de pensamiento. “Sin duda hay algo muy atractivo en decir a los demás lo que tienen que hacer”. Se trata de “un comportamiento de parvulario, algo muy primitivo”. A su juicio, lo políticamente correcto tiene componentes positivos, ya que “obliga a reexaminar posturas”. Lo malo es que “el sector lunático enseguida deja de ser un mero sector; el rabo empieza a menear el perro. Por cada persona que recurre con sensatez a la idea de lo políticamente correcto para analizar las cosas que damos por supuestas, hay veinte agitadores a quienes lo que los mueve es el ansia de poder”. Ocurría, a su juicio en todo movimiento popular, y lo detectaba en el feminismo y el antirracismo. A veces, señalaba, se producen “grupos y conciliábulos de cazadores de brujas”, que “acusan a sus víctimas de racistas o de ser más o menos reaccionarias”.

Lo que subyace a estos fenómenos es una especie de “entusiasmo”, un “gusto por las sensaciones fuertes, la búsqueda de estímulos cada vez más intensos”. Nada hay más emocionante, dice, entre los veinte y treinta años que la sensación de estar en posesión de la verdad. Cita el caso de un joven “de la estirpe de Byron” que conoció en España y le dijo “que lo más lamentaba era ser demasiado joven y no haber vivido el mayo del 68 en París”. Ella le preguntó por qué, ya que la revolución había fracasado. “Aquello tuvo que ser muy excitante”, respondió. Una paradoja derivada era que los países de Europa occidental, “que para la gente que vivió bajo el comunismo eran inalcanzables de libertad y abundancia”, se vieran “como lugares insoportables por jóvenes occidentales que iban en busca del bien y de la verdad a otros puntos del planeta. Debido a una reconocida necesidad de experimentar sufrimientos, persecuciones, opresión, sucesivos movimientos políticos han inventado, o exagerado, la opresión en los países occidentales”. Para Lessing, es en parte un problema casi de bovarismo: gente que ha pasado mucho tiempo leyendo historias de interrogatorios y opresión, hasta convertirse en “Walter Mittys de la revolución”. Una consecuencia negativa es que los “esfuerzos políticos normales” atrajeran menos entusiasmo que el encanto de la revolución, que a menudo iba aparejado del “romanticismo de la revolución”, que admiten “el terrorismo por una buena causa”.

La cuestión final es que “la experiencia soviética contaminó el imaginario colectivo del progresismo”: se convirtió en una imaginación “esclava de la experiencia soviética”, que en realidad fue irrelevante para Europa. “No teníamos que identificarnos con la Unión Soviética, con sus sesenta y tantos años de supresión de la lógica, de retórica idiota, de brutalidad, campos de concentración y pogromos contra judíos. Un fracaso detrás de otro. Y lo más importante, desde nuestro punto de vista, con las mil y una retorcidas maneras de defender el fracaso”. Eso habría contribuido a desacreditar el socialismo.

Como ocurre a menudo con los excomunistas, o con quien salió mal de una ruptura amorosa, no siempre está claro que esta ideología o esa persona fuera la causa de todo lo que se le atribuye, pero el análisis de Lessing es sugerente, libre y perspicaz, y muchas de sus observaciones nos ayudan a entender nuestro tiempo.