Rodolfo Notivol y la búsqueda de la felicidad | Letras Libres
artículo no publicado
Gran Archivo de la Zaragoza Antigua

Rodolfo Notivol y la búsqueda de la felicidad

"Vaciar los armarios" es la crónica íntima de una familia y una mirada a la historia del siglo XX.

Si estaba enfadada o tenía un mal día y uno de nosotros se acercaba a darle un beso, mi madre decía:

-¡El beso de Judas!

Y tenías que ser tú quien lo hiciera todo, porque ella ni se molestaba en poner la cara.

Otra cosa que le gustaba hacer era amenazar.

-Ya verás cuando subas -decía, asomando medio cuerpo por la ventana del comedor cuando estábamos en el “jardín”-. Te voy a arrancar la piel a tiras.

Y lo decía tan convencida que llegabas a creerte que era capaz de hacerlo.

Luego, conforme fuimos creciendo, antes de salir de casa, venía el “pase de revista”, solo para chicas. Si te pintabas, llevabas medias, un poco de tacón o la falda a la altura de las rodillas, eras “una guarra”, “una marrana” o, si el día estaba especialmente malo, “una zorra” o “una cualquiera”.

Así empieza Vaciar los armarios (Xordica, 2016), la primera novela de Rodolfo Notivol. Su primer libro, Autos de choque (Xordica, 2003), era una colección de cuentos y al mismo tiempo una especie de novela de aprendizaje en un barrio, Montemolín, en los años setenta del siglo pasado: los personajes estaban recluidos en una reserva dentro de una reserva.

Vaciar los armarios se podría describir como un libro sobre la supervivencia o, como el autor ha dicho alguna vez, “la búsqueda de la felicidad”. Marina, la segunda de nueve hermanos, cuenta a su sobrina la historia de una familia desde la primera posguerra hasta comienzos del siglo XXI. Este artificio sencillo funciona con verosimilitud, construye un punto de vista sólido y permite mostrar la mecánica complicada, marcada por la fatalidad pero también por la fuerza de la voluntad, de una familia numerosa.

Están las enfermedades infantiles, la guerra civil y sus consecuencias, las mudanzas, las desgracias, los noviazgos y las infidelidades, los problemas económicos y la logística familiar, las molestias cotidianas, las diferencias entre generaciones, la represión y el machismo, los encuentros y los odios, las pequeñas complicidades que no siempre sabes por qué existen pero que son inevitables, la importancia de un afecto que no siempre se sabe mostrar, el intento a menudo fracasado de rescatar a alguien de sí mismo.

Sin recurrir a atajos sociológicos, rimas históricas o a un espíritu meramente ilustrativo y evitando las tentaciones del costumbrismo, el libro muestra una evolución (a veces tortuosa y autodestructiva) en las distintas generaciones de la familia y traza el retrato de una ciudad, Zaragoza, y de sus cambios. Al leer Vaciar los armarios es fácil pensar en Natalia Ginzburg. En varios pasajes -como el que he citado al comienzo de este artículo- el libro tiene algo de léxico familiar. Uno de sus mayores aciertos es el manejo del tiempo, que en muchas ocasiones recuerda al de la autora de Las pequeñas virtudes. Pero, aunque la visión de Notivol tiene algo más optimista, el libro en muchos momentos hace pensar en el mundo de Rafael Azcona y en las humillaciones cotidianas que mostraban algunas de sus mejores películas. Eso señala en negativo uno de los grandes temas de la novela: la dignidad.

Rodolfo Notivol explica bien esas cosas de familia que uno nunca acaba de explicarse. A menudo aparecen la culpa, la intuición y lo enigmático: cómo se produce un distanciamiento, cómo se guarda un rencor especial a quien te ayuda. Si Autos de choque era un libro de chicos que crecían juntos, Vaciar los armarios es en buena medida un libro de mujeres: la narradora es una mujer, al igual que la destinataria de su relato. Muchos de los personajes más logrados son mujeres, empezando por la áspera madre, que podría rivalizar con la de Alexander Portnoy (“el personaje más inolvidable que haya conocido nunca”), o Gloria, la madre de la protagonista.

Contenida, sabia y conmovedora, Vaciar los armarios tiene momentos devastadores, como las historias de Celia y de Roberto. Hay en el libro también un humor que deriva de personajes exagerados, de la brutalidad que produce un cortocircuito en la expresión de los afectos (cuando ve a un hijo encarcelado en una visita, lo primero que le dice la madre es que le va a matar a palos) y que a menudo está teñido de melancolía: un tono que también tiene que ver con el paso del tiempo. “No sé cuándo van a tirar estas casas viejas”, dice el padre cuando pasan delante de una casa en la que vivía una amante suya, “aquella mujer”, a quien la madre atacó cuando se enteró (la amante fue condenada al destierro por adulterio). Las emociones que retrata el libro son siempre complejas. Al leer Vaciar los armarios es fácil pensar en autores como Ginzburg, Martínez de Pisón, Annie Ernaux o Anne Tyler. Pero sobre todo recuerdas la mejor virtud de la buena literatura: que se parece a la vida y te ayuda a entenderla.