Robert Silvers: desaparecer de la página | Letras Libres
artículo no publicado

Robert Silvers: desaparecer de la página

Robert Silvers (Nueva York, 1929-2017), fundador de la mítica revista The New York Review of Books, fue uno de los grandes editores de revista del siglo XX y una figura esencial en el mundo intelectual estadounidense.

Hay un par de escenas en The 50 year argument, el documental de Michael Scorsese y David Tedeschi sobre The New York Review of Books, que sirven para hacerse una idea general de quién era Robert Silvers, el fundador y editor de la revista hasta su muerte el 20 de marzo (Nueva York, 1929 - 2017). En una, Silvers llega a una fiesta y nada más saludar a uno de los invitados se pone a hablar con pasión sobre Jordania. En otra escena, Silvers se queda solo por la noche en la redacción de la revista, uno de los pilares de la intelectualidad estadounidense del siglo XX. Desde la ventana se ve el Empire State Building iluminado. Silvers edita un texto mientras ve en la televisión unas imágenes de protestas en Oriente Medio. Eran sus dos mundos, dos formas de entender el debate intelectual: la edición y las soirées con la intelectualidad neoyorquina.

La revista nació tras una huelga de imprentas en 1963, pero también aprovechó cierto descontento con la crítica de libros en los grandes medios: el objetivo era volver a hacer una crítica dura, profunda, poco complaciente (aunque los críticos con la revista la llamaron posteriormente The New York Review of Each Other's Books), al estilo de The Times Literary Supplement en Londres. 

A pesar de que Silvers aparece en la portada de The 50 year argument, era una persona reservada, devota de sus colaboradores y sin afán de protagonismo. Apenas escribía. Su trabajo era la edición. Se volcaba en sus escritores, sabía cómo convencerles de una mejora, cómo lidiar con sus egos, sabía cómo intervenir en la página y luego desaparecer de ella (como la expresión de Javier Calvo sobre la traducción). Y sabía hacer algo que ha sido característico de la revista: a pesar de contar con numerosos expertos, también confiaba en un autor aunque no conociera en profundidad el tema del que iba a escribir.

En el documental, la escritora británica Zoë Heller admite que antes de empezar a escribir sus textos no tiene mucha idea del tema que va a tratar. “Lo que me gusta de la revista es que sirve para formarme”. Silvers confiaba en que su interés y rigor eran garantía de que sus textos iban a ser buenos. En un artículo publicado en la revista tras su muerte, varios colaboradores recuerdan las llamadas a medianoche para cambiar una coma, incluso en Navidad, los envíos de libros a colaboradores en la otra parte del mundo, los consejos sobre escritura y claridad, y la defensa a ultranza de los textos en los que creía. “La confianza de Bob en sus escritores era absoluta”, escribe el crítico Christopher Benfey. “Una vez le expresé mis dudas sobre si un tema muy poco conocido (la vida amorosa de Sherwood Anderson, ¿o quizá era el té japonés?) interesaría a los lectores. ‘Bueno’, me dijo Bob, ‘¿te interesa a ti?’. Ese era, y lo dejaba claro, el criterio, el único criterio.” Annie Sparrow, una médica que escribía en la revista, sufrió duras críticas de la Organización Mundial de Salud por un artículo suyo sobre la polio en Siria. Silvers la defendió hasta el final, la convenció de que escribiera una respuesta con sus credenciales médicos. Su artículo hizo que Melinda y Bill Gates donaran millones de dólares a la lucha contra el polio en Siria.

En un texto publicado The New Yorker, Adam Gopnik considera que The New York Review of Books es la mejor escuela de liberal arts de Estados Unidos (y, afortunadamente, también incluye ciencia). “Tenía la imposible tarea de hacer una revista en la que cada pieza pueda ser tan permanente como un artículo de enciclopedia y tan de actualidad como el New York Times de ese día.” Silvers mandó a Naipaul a cubrir una convención republicana, a Joan Didion a El Salvador (y a una convención demócrata); y a Eric Hobsbawm le publicó varios ensayos sobre jazz. Confiaba en el autor y en sus pasiones más allá de su especialidad. Publicó a Susan Sontag, a Isaiah Berlin, a Gore Vidal, a Philip Roth, a Norman Mailer, a nuevos escritores como Michael Chabon o Zadie Smith. En sus páginas escribió Noam Chomsky contra la guerra de Vietnam, y The New York Review of Books se posicionó en contra de la guerra de Iraq en 2003 desde el principio, sin matices. Con internet y la pérdida de credibilidad del periodismo es más difícil hacer una revista intelectual. Pero la influencia y rigor de la review en la actualidad, que sigue siendo un oasis de reflexión y un paraíso para los lectores con amplitud de miras de todo el mundo, transmiten la esperanza de que la idea del intelectual del siglo XX (la publicación o el individuo intelectual) no han muerto con Robert Silvers.