No lo llames apropiación cultural, llámalo cultura | Letras Libres
artículo no publicado

No lo llames apropiación cultural, llámalo cultura

La cultura en sí no existe: de la novela a la tortilla de patata, todo lo que merece la pena es apropiación cultural.

Hace unas semanas, la novelista Lionel Shriver dio un discurso en un festival de Brisbane. En él defendió la apropiación cultural: “mi discurso sostenía que los escritores deberían poder escribir ficción. No deberíamos permitir que las preocupaciones por la ‘apropiación cultural’ restrinjan nuestra creación de personajes de orígenes distintos a los nuestros. Defendí la ficción como un vehículo vital para la empatía. Si solo tenemos permiso para escribir sobre nuestra experiencia personal, no hay ficción, solo memorias”.

Citaba algunos ejemplos, como la indignación por el uso de sombreros mexicanos en una fiesta o la protesta, a la que se sumó Lena Dunham, porque en la cantina de una universidad se sirvieran comidas como el sushi, cuya falta de “autenticidad” revelaba una carencia de sensibilidad hacia los estudiantes japoneses. Es posible que el objetivo de estas anécdotas extremas fuera dar un poco de color: “Mi tesis parecía tan evidente que me preocupaba que el discurso resultara insulso”.

No lo fue. Su intervención provocó respuestas indignadas, en el momento y después, cuando The Guardian reprodujo el discurso. The New Republic publicó un artículo titulado “Lionel Shriver no debería escribir sobre minorías”. En The Washington Post el novelista Ken Kalfus señaló que “la libertad de escribir sobre gente de otras identidades étnicas o nacionalidades debería ser ampliamente respetada. (Yo mismo soy un estadounidense que ha escrito dos libros ambientados en Rusia.) La ruidosa defensa de Shriver contra acusaciones imaginarias de apropiación cultural pretende ocultar lo ofensivo de sus caracterizaciones raciales”. Cuando veo a un escritor adoptar estas posiciones, siempre me parece enternecedor. Recuerda a quienes defienden más vigilancia porque, a fin de cuentas, ellos nunca hacen nada malo. A menudo es al revés: deja que aumente la vigilancia, ya se encargarán de que lo que hagas esté mal.

En realidad, la cultura en sí no existe: de la novela a la tortilla de patata, todo lo que merece la pena es apropiación cultural. Las tradiciones artísticas y filosóficas son impensables sin el robo, y ningún plato típico está hecho solo de ingredientes autóctonos.

Nunca hay escasez de tendencias censoras, y la denuncia de esta versión extrema y ñoña de la corrección política no debería ocultar los esfuerzos represores, más antiguos pero siempre activos, de otros árbitros de la moral. Por razones históricas, es difícil compartir el punto de vista que se opone a que los escritores escriban de gente en peores condiciones (y que muestren los defectos), que nos dejaría sin El Lazarillo de Tormes, dos tercios de La Celestina, buena parte de Mark Twain, Los olvidados de Buñuel, casi todo Dickens y tres cuartas partes de la historia de la literatura. No sé ni siquiera si un periodista debería informar de un grupo de gente que no sea el suyo. Parece tan obvio que da un poco de vergüenza tener que señalarlo. Pero estos días han salido artículos que se preguntan si Elena Ferrante tiene derecho a escribir sobre napolitanas de clase baja, puesto que al parecer no es napolitana ni de clase baja.

Es un fallo de comprensión: interpretar la creación artística, que tiene algo de experimento mental y se basa en una combinación de experiencia y libertad, no siempre es fácil, aunque vivamos rodeados de relatos. No todos los personajes son una representación de toda su raza, sexo o grupo en una ficción realista, en una obra que aspire a cierta verosimilitud y no a ser una alegoría: un personaje es un caso particular.

Y ese caso particular tiene que ver con otra convicción: aunque tengamos unos orígenes y unas experiencias comunes con algunas personas, eso no es una explicación completa. El hombre que te trata mal (o bien) no son todos los hombres: no somos nuestra tribu en todo lo que hacemos.

La condena a la apropiación cultural encierra a las personas en una sola identidad, en un solo plano. Si fuera una postura coherente, uno no podría alejarse de su ambiente inicial. Vislumbrar esa escapatoria es, precisamente, una de las mayores virtudes de la cultura.

Iguala las agresiones simbólicas con las agresiones reales. Existen en el mundo racistas de verdad. Colocarlo todo al mismo nivel es injusto y, lo que es peor, ineficaz. La tendencia a igualar la microagresión o códigos culturales ajenos, y probablemente reprobables, con las agresiones y las exclusiones reales acaba siendo contraproducente para la defensa de las causas más nobles y ofrece un camuflaje a las peores actitudes.

El mundo que se acaba postulando es mucho más pobre. Es un mundo encerrado en culturas que no se comunican entre sí, donde se cree que la experiencia es intransferible. La conciencia de la desigualdad y la explotación, y el deseo de acabar con ellas, pueden desembocar en un racismo de las buenas intenciones, que paradójicamente acaba reforzando a los racistas de toda la vida: no hay una comunidad, solo grupos aislados y obsesionados por que no se hiera su identidad colectiva.

Muchas veces lo más admirable de los libros o las películas –pero también lo más útil de los reportajes, los testimonios y los ensayos que leemos– es precisamente lo contrario: una experiencia diferente a la nuestra, pero con la que nos podemos relacionar; una visión discordante, que hace que nos cuestionemos nuestras convicciones más firmes. La cultura es una conversación. Se basa en la idea de que la experiencia es particular, única, siempre distinta, y al mismo tiempo comunicable, comprensible, universal. Esa idea tiene que ver con algo más importante que el arte: con la convicción de una humanidad común. La condena a la apropiación cultural es una pérdida cultural, pero también una pérdida moral.