Miguel Artola, el historiador que trazó el perfil del liberalismo español | Letras Libres
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Miguel Artola, el historiador que trazó el perfil del liberalismo español

La clave de su trabajo está en su voluntad de construir modelos que explicaran el cambio histórico y que todavía siguen siendo de utilidad para entender nuestra historia contemporánea.

Tal vez Miguel Artola sea el más completo de los historiadores contemporaneístas españoles del siglo XX, centuria en la que desarrolló la parte fundamental de su carrera. Su extensa obra combina en amplias dosis erudición y ambición teórica, prestigio académico y reconocimiento editorial, coherencia historiográfica y evolución en sus planteamientos. Una mezcla explosiva que le ha convertido en un autor indispensable para comprender la renovación que experimentó la historia española entre los años finales del franquismo y los primeros de la Transición. Y todo ello sin que generacionalmente estuviera obligado a hacerlo, porque a la muerte del dictador, Artola, ya se había ganado por méritos propios un espacio destacado en el panorama historiográfico español.

Había nacido en San Sebastián en 1923 un par de meses antes del golpe militar de Primo de Rivera y se formó en la oscura universidad franquista de posguerra, aquella de la que otro historiador de los grandes, coetáneo suyo, Alberto Gil Novales, decía que la mitad de los catedráticos “estaban en la emigración y la otra mitad eran gobernadores civiles”. Por eso no es extraño que encontrara su desarrollo intelectual en un campo ajeno a los intereses de la academia: los afrancesados. No era el primero que trataba directamente el tema, pero si el primero que se atrevía a hacerlo durante la dictadura, a pesar de que aquellos desgraciados josefinos formaban parte de los heterodoxos satanizados por el régimen. Contaba con apoyos importantes en el entorno del falangismo que le permitían hacerlo, desde Jesús Pabón hasta Ciriaco Pérez Bustamante, que dirigió su tesis. Las gestiones para publicarla las realizó ante el Banco Urquijo José María de Areilza y la obra, titulada Los afrancesados (1953), apareció con un prólogo de Gregorio Marañón que, en palabas del propio Artola, era el único que “podía en aquel tiempo declararse políticamente liberal”. El prologuista, sin embargo, se mostró incómodo ante aquella reivindicación de los afrancesados como artífices del liberalismo español, lo que le llevó a escribir un texto a la contra del libro, que en lugar de predisponer favorablemente al lector lo prevenía.

Desde entonces Miguel Artola estuvo siempre en el centro del quehacer historiográfico español. Durante décadas asumirá desafíos nuevos, arriesgándose en campos muy distintos de los que inicialmente había labrado su prestigio. Participó en la edición de algunos volúmenes de la obras de Jovellanos en la Biblioteca de Autores Españoles editada por Atlas, y reunió para la misma unas interesantísimas Memorias de Tiempos de Fernando VII (1957), en dos volúmenes. Son materiales que le servirán para elaborar Los orígenes de la España contemporánea (1959), donde formula su interpretación sobre el proceso revolucionario que llevó desde el levantamiento de 1808 hasta las Cortes de Cádiz provocando el hundimiento del Antiguo Régimen y la reacción absolutista que se impuso con el regreso de Fernando VII.

Sistemáticamente, con una capacidad de erudición y de organización nítida y convincente de la documentación y de los argumentos, Artola, en esta etapa caracterizada por su interés en el estudio de la política, continuó su proyecto ampliado a todo el reinado fernandino. El resultado es otra obra monumental, todavía de referencia, La España de Fernando VII (1968), volumen 32 de la Historia de España de Menéndez Pidal, que le puso en el camino de dirigir él mismo un nuevo proyecto de Historia de España, editado por Alianza/Alfaguara, y que aparecerá entre 1973 y 1977. Esta es la primera Historia de España que registra la renovación historiográfica que estaba viviendo el país en los años finales del franquismo, con volúmenes redactados, entre otras, por firmas tan relevantes como Antonio Domínguez Ortíz, Gonzalo Anes, Miguel Martínez Cuadrado o Ramón Tamames. Él se reservó el período 1808-1874, cuyo título era muy significativo: La burguesía revolucionaria (1973). Y es que en aquel tiempo su intento por integrar las aportaciones de la historiografía marxista, cada vez más presente en el medio universitario español, se dejan notar en su obra, sobre todo en dos aspectos: la incorporación de nueva terminología y un creciente interés por lo económico.

Los resultados no tardaron en salir a la luz. Primero en una obra de gran ambición teórica como Antiguo Régimen y revolución liberal (1978), casi al mismo tiempo en proyectos bajo su coordinación como Los ferrocarriles en España, 1844-1943 (1978) y más tarde en trabajos empíricos de enorme dimensión sobre la Hacienda española que culminan en 1986 con La Hacienda del siglo XIX. Progresistas y moderados. Todo ello sin abandonar nunca su interés por lo político, como ponen de manifiesto trabajos tan desbordantes de información como útiles para los historiadores como Partidos y programas políticos, 1808-1836 (1977 y 1991), ni su preocupación por las obras de referencia al servicio del historiador, como refleja la Enciclopedia de Historia de España que dirigió entre 1988 y 1991.

El que fuera desde 1960 catedrático de Historia General de España de Salamanca y, desde 1969, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid alcanzó todo tipo de reconocimientos y honores ligados a la profesión. Fue numerario de la Real Academia de la Historia (1982), doctor honoris causa por las universidades del País Vasco (1989) y Salamanca (1992), Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias sociales (1991) y Premio Nacional de Historia (1992) por su Enciclopedia de Historia de España. Pero, posiblemente, el más significativo de los reconocimientos alcanzados en clave profesional fue su condición de primer presidente de la Asociación de Historia Contemporánea española, con el que, en 1990, una nueva generación de brillantes historiadores, que representaban la renovación historiográfica experimentada por la profesión, le identificaba como una pieza clave en la filiación del grupo. Y no solo ellos, sino varias generaciones de historiadores se reconocen discípulos suyos, desde Manuel Pérez Ledesma, con el que redactó un manual de historia contemporánea de título Contemporánea: la historia desde 1776 (2005), hasta Juan Pro, en cuyo reciente La construcción del Estado en España (2019) hay mucho de la voluntad totalizadora del maestro, pasando por Pablo Fernández Albaladejo, Fernando García de Cortázar o Emiliano Fernández de Pinedo. Lo cierto es que, a pesar del tiempo transcurrido, los hitos de su obra siguen siendo de consulta habitual de los historiadores. “El análisis histórico –había escrito–, si ha de superar el nivel de la descripción de las situaciones y los acontecimientos, exige la construcción de modelos historiográficos”. Tal vez aquí se encuentre la clave, en su voluntad de construir modelos que explicaran el cambio histórico que todavía siguen siendo de utilidad para entender nuestra historia contemporánea.