María Moliner, la chica del jersey verde | Letras Libres
artículo no publicado

María Moliner, la chica del jersey verde

Además de autora del diccionario de uso, Moliner participó en las Misiones Pedagógicas a través de las bibliotecas rurales: creía que la lectura nos hacía mejores.

El 8 de marzo se celebra el día internacional de la mujer trabajadora. Una fecha pensada para reivindicar la igualdad real en la sociedad. Por esta razón, he decidido dedicar mi columna de este mes a María Moliner, una mujer que, bien conocida, puede servir como referente para nuestras jóvenes. Muchos la identificamos con la señora de mediana edad que, sentada a la mesa de la cocina, con los hijos ya mayores, se dedicó a escribir uno de los diccionarios más increíbles (por lo útil) de la lengua española. No obstante, yo hoy quiero que hablemos de la joven María de los años treinta, la época más feliz de su vida, según Martín Zorraquino (“Vitalidad de María Moliner y vigencia de su obra en el siglo XXI”, Turia, 2011), que ha estudiado en profundidad a la lexicógrafa aragonesa.

María o la chica del jersey verde, como la conocían algunos de sus vecinos, era una mujer sencilla, sin pretensiones, pero de gran iniciativa y con un entusiasmo tal que no se dejaba vencer por el desaliento ni en las situaciones más comprometidas. Formada en el seno de la Institución Libre de Enseñanza, si algo la caracteriza es su confianza plena en la lectura pública como instrumento para mejorar la vida de la gente. De entre los muchos proyectos que creó, dirigió o apoyó, destaco aquí su participación en las Misiones Pedagógicas y su red de bibliotecas rurales. Ella misma supervisaba, pueblo a pueblo, el uso real que se hacía de los lotes de libros, emitía informes muy precisos y aconsejaba en cada caso cómo se podían superar los problemas que iban apareciendo. Su incansable optimismo, su perseverancia y su idealismo son dignos de elogio pero ¿tenía razón en su empeño? ¿Hasta qué punto la lectura puede, verdaderamente, mejorar la vida de la gente?

Más de ochenta años después de esas misiones, la moderna neurociencia cognitiva tiene algunas respuestas para estas preguntas. Maryanne Wolf, en su libro Lector, vuelve a casa (Deusto, 2020), recuerda que nuestro cerebro no tiene redes neuronales específicas para la lectura, por lo que esta actividad implica un cambio en la estructura misma de las conexiones neuronales que se desarrollan en toda la extensión de nuestro cerebro plástico. Esta modificación tendrá consecuencias importantes para el pensamiento y esto, por supuesto, repercute en la vida del individuo y de la sociedad.

En primer lugar, la lectura profunda de un texto permite ponerse en el lugar del otro, vivir su vida, entender profundamente su conducta. La neuronas espejo reaccionan a las vivencias compartidas con los personajes y esto fomenta la empatía. En segundo lugar, es evidente que no todo lo que comunican los libros está expreso. Leer profundamente supone, por tanto, aprender a “rellenar los huecos” mediante el desarrollo de procesos de analogía e inferencia (pensamiento racional y abstracto). Esto fomenta el pensamiento original y el sentido crítico. Por último, la lectura nos proporciona un conjunto de conocimientos en nuestra memoria a largo plazo, que nos permitirá entender mejor el mundo en el que vivimos. En definitiva, la lectura reposada de un texto nos hace más sensibles al otro, más reflexivos y mejor preparados para entender y reaccionar a la realidad.

Las consecuencias de un cerebro lector quedan bien reflejadas en una anécdota recogida en el libro de De la Fuente sobre María Moliner (El exilio interior, Turner, 2018). Corría el año1937 y la población civil tenía restringido el acceso a los víveres. María, como la mayor parte de las madres de familia, se acercó a la cola que se había formado para conseguir alimentos. No obstante, inmediatamente comprendió que esa forma de organizarse no era eficiente. Mandó a sus hijos a que prepararan números y ella misma se dedicó a entregárselos a la gente para que pudieran guardar turno sin necesidad de pasar horas esperando en la calle. Más allá de la eficacia de su medida, era sobre todo un modo de devolver a sus conciudadanos la dignidad de ser dueños de su tiempo. Ni la guerra ni la miseria deberían arrebatarnos eso. Esta es María Moliner, una mujer crítica con la realidad, capaz de soñar con un mundo distinto y de crear e implementar proyectos para conseguirlo.

El sueño de Moliner era ver una España culta, reflexiva, comprometida. Ojalá seamos capaces nosotros, un siglo después, de luchar como ella por lo mismo. Queridos lectores, leamos más y regalemos más libros.