"Los lectores de cuentos son gente de literatura" | Letras Libres
artículo no publicado

"Los lectores de cuentos son gente de literatura"

Hipólito G. Navarro reivindica el cuento como género y artefacto para la experimentación en La vuelta al día (Páginas de espuma), su nuevo libro de relatos.

Tras doce años sin publicar, Hipolito G. Navarro recoge en La vuelta al día (Páginas de espuma) una serie de relatos escritos a lo largo de distintos años. Los relatos, que él define como “inconscientemente autobiográficos”, son un largo recorrido en torno a la vida del autor y de la persona de Hipólito G. Navarro metamorfoseado a través del humor en protagonista. El humor, la parodia, los juegos referenciales entre textos, la hiperrealidad y, a la vez, irrealidad del escenario y del contexto, definen los relatos de Navarro, que no titubea al definirse como un escritor que busca hablar de la felicidad, que disfruta con hacer de la literatura un juego y que reivindica el cuento, como género y como artefacto para la experimentación.

¿La vuelta al día es, por el carácter biográfico de los relatos, la vuelta a una vida, a tu vida como escritor?

Sí, es así, porque con La vuelta al día he vuelto a relatos, sobre todo aquellos de la sección En el fondo de la memoria, escritos en los años ochenta, pero como son cuentos que hablan de la felicidad y yo era consciente, por lo que habían dicho, de que no se podía escribir de la felicidad y de la alegría, decidí guardarlos en un cajón durante treinta años.

¿Por qué no se podría o no se puede hablar de la felicidad?

Por lo visto, un tipo con barba blanca y muy grandote, de nombre Tolstói, escribió una novela, Anna Karenina, en la que empezaba diciendo “todas las familias felices se parecen” y, a partir de aquí, parece que de estas familias no se puede hablar, sino que hay que hablar de las familias infelices. Cuando publiqué mi primer libro se lo envié a un amigo y me contestó con una postal, en la que se decía: “lo que vende es la catástrofe y lo suyo no se le acerca”. Ya en el 90 mi amigo preludiaba que lo que hacía falta eran varios Breaking Bad, gente mala, gente mala…

 ¿También se exige mucha solemnidad, como tú, en más de una ocasión, has lamentado?

En este país somos muy solemnes. Yo he peleado contra la solemnidad cuanto he podido desde el principio y en todos mis textos; si en alguno de mis relatos, uno de los personajes se pone un poco solemne, le hago eructar o hacer cualquier disparate para romper el tono. No me gusta la solemnidad en absoluto, de ahí las constantes bromas en todos mis textos o los disparates formales.

Lo solemne o lo triste, ¿se ha asociado con la mejor literatura?

Si no se asocia, los términos sí se parecen, y es erróneo. Sin embargo, no son pocos los que están convencidos de que si un texto es duro o muy solemne, entonces será más interesante o, incluso, mejor que un cuento alegre. Este prejuicio te lleva a ti, escritor, a guardar todos los textos que hayas escrito y que estén impregnados de emoción y de felicidad; yo, de hecho, he guardado los relatos de la sección En el fondo de la memoria, porque me daban vergüenza y me daban vergüenza porque se trata de relatos que narran enamoramientos, momentos felices…. Hay una tendencia a lo duro, a la tragedia, y esto a mí siempre me ha espantado; me gusta la alegría y el humor, aunque más de una vez el humor me ha servido para esconder alguna tragedia, algún pasaje delicado de mi vida.

De hecho, el humor y, en concreto, la ironía han sido y son modos de vehicular una crítica o, incluso, un drama.

Sin duda. En mi caso, el humor más que funcionar como crítica, me ha servido para salvarme. Yo he contado ciertas tragedias personales con mucho humor sin darme cuenta de ello. A lo largo de estos años, he escrito relatos en los que, inconscientemente, estaba narrando pasajes de mi adolescencia, que fue un periodo muy duro, puesto que tenía un padre alcohólico que murió cuando yo era muy joven. Yo contaba todo esto a través de mis personajes y a través del humor, que se convertía en una especie de coraza.

¿El humor te ha permitido dejar de lado el Hipólito G. Navarro persona para convertirlo en personaje?

Sí, efectivamente, el humor me permite convertirme en personaje, aunque, algunas veces, ese personaje que creo es radicalmente distinto a lo que yo pudiera ser si no tuviera la armadura del humor. El humor siempre ha servido para tomar distancia en los textos, pero a mí, además, me ha servido para tratar asuntos personales sin darme cuenta.

Nunca has negado que tú y tu biografía son objeto de gran parte de tu literatura

No, nunca lo he negado, al contrario, lo afirmo, pero, como te decía antes, durante mucho tiempo no era consciente de que cuando escribía hablaba de mí. Mis textos son inconscientemente autobiográficos. Mi idea de autobiografía, desde siempre, no se ha limitado a pensar la biografía real, la vida verdaderamente vivida; siempre he creído que lo que compone la biografía de cada uno no es solo lo que uno ha vivido, sino también lo que uno ha deseado vivir; de ahí que mis cuentos se hayan nutrido de una biografía, que ya me hubiera gustado tener. La biografía de una persona es, junto a lo que ha vivido, lo que quiso ser, lo que quiso tener, lo que anheló, sus frustraciones… la biografía de cada uno de nosotros son los caminos que nunca llegamos a tomar.

Más allá del carácter “feliz” de tus relatos, ¿qué es lo que te retenía a publicar?

Efectivamente, el hecho de no publicar no tenía como única razón el haber escritor cuentos felices y pensar que no era posible publicarlos. El problema que me retenía tenía que ver, principalmente, con la idea de cómo conformar un libro de relatos escritos a lo largo de tantos años, si bien los cuentos, uno a uno, casi todos me gustaban y me gustan y, de hecho, casi todos se habían publicado en revistas o en distintos lugares y algunos de ellos habían sido traducidos. Es decir, yo no tenía problemas con los textos, yo tenía problemas con el conjunto, no sabía cómo conformar un conjunto con textos, que me parecían muy distintos. Todo lo contrario de lo que me decía Juan Casamayor, quien veía afinidades en los textos y una unidad.

¿Entiendes, por tanto, el libro de relatos como un conjunto, que debe leerse y entenderse en el orden y la unidad en la que se presenta?

El lector es el ser más libre que existe y, por tanto, en el momento de estructurar el libro no he pensado en cómo debía lee el libro, si bien yo querría que lo leyese en orden, siguiendo la estructura. Sin embargo, una de las primeras lectoras, nada más tener el libro y leerlo, me comentó que había leído antes los cuentos más cortos y, luego, los más largos. “¿Cómo pudiste hacerlo?”, fue lo primero que le dije y es que, aunque el lector sea libre de leer en el orden que quiera, los cuentos están ordenados de una tal manera para crear una estructura determinada y, además, hay cuentos, como "Rifa", que se remiten a otros y, por tanto, si se salta el orden, este diálogo entre relatos se pierde.

El título es un homenaje a Cortázar y, como has dicho varias veces, te formaste leyendo literatura hispanoamericana

Cortázar significa frescura, alegría y juego con el lenguaje, no tenía nada que ver con el realismo social, que era el género que predominaba en la España de los sesenta y principios de los setenta. Además, en la literatura hispanoamericana encontré un artefacto, el cuento, que permitía jugar con el lenguaje y con la estructura. El cuento hispanoamericano tuvo tanta influencia sobre mí que, hoy en día, en algunos cursos de doctorado sobre cuento hispanoamericano, el profesor Javier Becerra me cita como un autor español que, sin embargo, sigue esa tradición, casi a modo de epígono. Yo estoy encantado con esto, porque desmonta la absurda separación entre la literatura hispanoamericana y la española, puesto que nuestro territorio es la lengua y el lenguaje. Estoy absolutamente convencido de que el cuento español hoy no sería lo que es sino fuera por la tradición hispanoamericano

Has hablado, varias veces, del juego en literatura, ¿el juego va asociado a la experimentación?

Mucho, sobre todo a la experimentación en la arquitectura de las piezas narrativas. A mí me gusta romper la arquitectura clásica, no me gusta la forma de principio-nudo-desenlace. Me interesa mucho el juego y, en concreto, el juego formal, concepto que, en 1977, en el prólogo a Teoría de Lola y otros cuentos, ya mencionaba Francisco Umbral. En ese prólogo, Umbral decía que la novela se nutre de los hallazgos estilísticos-formales-psicológicos que el cuento encuentra, puesto que es el taller de la narrativa. Lo sorprendente es que Umbral, en los relatos que acompañan ese prólogo, no aplica en ningún momento esas claves que parece tener tan claras. ¿Por qué no aplica aquellos principios e ideas que en teoría tenía tan claros? Yo recomiendo mucho Teoría de Lola y otros cuentos, pues es un libro que ocupa poco en cuanto se pueden arrancar los cuentos y quedarse uno solo con el prólogo.

Afirmar que el cuento es el taller de la novela ha servido, también, para firmar que, en cuanto taller, el cuento es el hermano menor de la novela

Esta afirmación es un error que cometen sobre todo los novelistas populares, que tienen siempre una actitud muy despectiva hacia el género y no en pocas ocasiones han dicho que, para descansar entre novela y novela ellos escriben cuentos. Este comentario es absolutamente despectivo y yo siempre le doy la vuelta y digo que yo, para descansar de la tensión de los libros de relatos, escribo novelas, aunque, a diferencia de ellos con sus libros de cuentos, yo no las publico, porque yo a mis lectores no les doy el resultado de mi descanso, yo a los lectores les doy lo mejor de mí. Ningún escritor bueno escribió cuentos para descansar. Sin embargo, los novelistas muy populares, ese trabajo de descanso, lo recopilan y lo publican como libro. Este fenómeno no hace otra cosa que echar tierra sobre un género que, cuando se escribe con plena consciencia, da como resultado textos muy buenos, y provoca que el público de a pie conozca el cuento a través de libros de descanso muy malos.

¿Y cómo ves tú al lector de cuentos?  

Los lectores de relatos son lectores cómplices, lectores que están pendientes del texto que leen. Una persona que está leyendo, en el metro, una novela de ochocientas páginas, se salta diez páginas por error y, si no se da cuenta, no pasa nada, puede seguir leyendo. En un cuento, por el contrario, uno no puede saltarse ninguna página. A pesar de que me aconsejan no decirlo, creo que el lector de cuentos es un lector especialmente inteligente y me da igual perder lectores al decir esto, porque serán menos los lectores, pero serán los mejores.

¿Piensas en el lector en el momento de escribir?

No pienso en el lector cuando escribo, pero si tengo presente que si estoy camuflando algunas claves es porque la gente que va a leer mis cuentos va a estar pendiente de estas claves y de los pasajes donde se esconden. Mi lector tiene que ser cómplice, estar atento al texto; yo cuando escribo estoy atento a cada detalle, a cada palabra, a cada pasaje y, por tanto, me gusta que mis lectores estén atentos a lo escrito.

¿Hay que entenderlo todo para disfrutar de tus cuentos?

En absoluto, no pasa nada si no se entiende todo, porque el cuento siempre tiene siempre varios niveles de lecturas y, precisamente, por esto podemos releer algunos cuentos y encontrar capas que, en una primera lectura, no se habían percibido. El lector del cuento es alguien que lee y relee los relatos; quien llega al cuento, llega a través y por la literatura. Los lectores de cuentos son gente de literatura.