Los artistas invisibles y los melones que se acomodan solos | Letras Libres
artículo no publicado

Los artistas invisibles y los melones que se acomodan solos

La historia, más tarde o más temprano, rescata a los Walsh, a los Prowse y a todos los artistas que hacen bien su trabajo, aunque en un principio queden invisibilizados por una o varias máscaras.

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Hace algunas semanas, en la feria de Tristán Narvaja, en Montevideo, encontré un ejemplar de Leoplán, una histórica revista literaria argentina que se publicó durante más de tres décadas, en el segundo tercio del siglo pasado. El ejemplar con el que di es del número 426, correspondiente al 19 de marzo de 1952. Incluye, completos, relatos de dos importantes autores. El primero, al que dedica la ilustración de la portada, es “La partida de ajedrez”, de Stefan Zweig. Poco antes se habían cumplido diez años de la muerte de Zweig; esta semana se cumplen 75. El otro texto destacado es “Un silbido en la noche”, de William Irish.

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Cuando les hablé de mi hallazgo a algunos amigos, su primera reacción fue: “Seguro tiene algo de Walsh”. Es sabido que Rodolfo Walsh trabajaba en esos años en esa revista. Sin embargo, su nombre no aparece por ninguna parte. Me lancé a una pequeña indagación en internet y descubrí que, en ese mismo 1952, la sucursal argentina de la editorial Hachette publicaría un libro de cuentos de William Irish titulado Alguien al teléfono y traducido por Rodolfo Walsh. Si bien ese libro no incluye “Un silbido en la noche”, el hecho de que Walsh trabajara como traductor para Leoplán y que al mismo tiempo tradujera a Irish (seudónimo de Cornell Woolrich, el autor de novelas policiales más adaptado al cine y la televisión) parecen demostrar que es suya la traducción publicada en la revista.

Hoy nos resulta difícil de creer, pero en aquella época —como me explicó Mariángeles Fernández, estudiosa de la vida y obra de Julio Cortázar, un autor que también trabajó para Leoplán— los traductores eran invisibles.

En 2015, los cineastas mallorquines Toni Bestard y Marcos Cabotá estrenaron un documental interesantísimo. Se titula I Am Your Father y cuenta la curiosa historia del británico David Prowse, el actor que le puso el cuerpo a uno de los villanos más famosos de la historia del cine: Darth Vader. Sin embargo, su voz en la película no se oye nunca, ya que la doblaron y la hizo otro actor, y tampoco se ve su cara, pues cuando en el final de El retorno del Jedi, justo antes de morir, el personaje se quita su célebre casco, el actor que interpreta a Vader es otro.

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A Prowse no solo le negaron la posibilidad de ser la cara de Darth Vader, sino que además lo acusaron de ser el culpable de la filtración —durante el rodaje de la tercera película— que permitió al periódico británico Daily Mail anticipar en sus páginas que el malo de la película muere al final de la primera trilogía. Desde ese momento, se convirtió en una especie de paria al que no invitan a las convenciones oficiales y demás actividades que organizan los responsables de la saga. Sin embargo, Prowse explica que él no pudo haber sido el responsable de la filtración, dado que recibían los guiones la noche anterior al día del rodaje, y el propio periodista que publicó la primicia ratifica que no fue Prowse el informante.

Bestard y Cabotá se proponen hacer justicia con Prowse y filmar, treinta y tantos años después, la escena del final de Darth Vader, pero esta vez con el actor original. El problema es que no saben si obtendrán el permiso necesario por parte de Lucasfilm. Si lo consiguen o no, no lo diré: vean la película. El documental está dedicado, por cierto, a “todos los actores detrás de una máscara”. Actores invisibles.

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El citado número de Leoplán (otro de cuyos ejemplares fue hallado por el escritor Marcelo Birmajer el año pasado en una librería de viejo de Mar del Plata, lo que me lleva a preguntarme si la tirada de aquella semana habrá sido especialmente grande o si, en cambio, esta coincidencia es fruto del puro azar) incluye, justo antes de “La partida de ajedrez”, un artículo titulado “Stefan Zweig en mi recuerdo”, firmado por Alfredo Cahn.

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Alfredo Cahn era un periodista suizo radicado en Buenos Aires. Amigo de Zweig, se convirtió en su traductor al castellano —idioma en el que se publicaron por primera vez varias de sus obras— y su agente literario en Argentina. En ese texto recuerda la primera visita de Zweig, en 1936, de las dos que realizaría a este país sudamericano. Zweig llegó a Buenos Aires para participar en un congreso pero, según su biógrafo brasileño Alberto Dines, con la idea de radicarse en esta ciudad. Sin embargo, la recién comenzada Guerra Civil Española generaba allí tanta agitación que el escritor austríaco, quien escapaba del clima bélico europeo, decidió instalarse en Río de Janeiro.

Cuenta Cahn que el gobierno argentino le había encomendado una misión: invitar a Zweig a que escribiera una biografía del máximo héroe de la patria, el libertador José de San Martín. Zweig, que era un tipo cultísimo, respondió:

“¡San Martín! Alguna vez he pensado en esa figura de la historia. Pero, usted ya sabe, no es el tipo de hombre a que dedico mis afanes. Mis personajes son generalmente unos vencidos. Hubo un momento en que pensé que el expatriado que murió en el Gran Bourg fuese un vencido también. Y estudié su trayectoria. Pero me encontré con un caso paralelo al de Napoleón […] Su muerte en el destierro no quita grandeza a su vida, no ensombrece sus glorias, no anula sus triunfos”.

Por eso, el escritor se excusó. “No conjuga con mi temperamento literario”, dijo, y agregó que si aceptara la propuesta “no demostraría más que una huera vanidad”. La misión de Cahn implicaba que, si Zweig no aceptaba, le trasladara la invitación a Emil Ludwig, escritor germano-suizo que también había llegado a Buenos Aires en esos días para participar en el mismo congreso. La respuesta de Ludwig fue:

“Dígale al señor presidente que escribiré con mucho gusto la historia de Sanmartino. Y dígale también que, a través de mi biografía, se le conocerá en el mundo entero”.

El destacado es de Cahn, quien cierra su artículo explicando que, “por supuesto, el gobierno argentino desistió de su propósito al conocer esas dos contestaciones, la de Zweig y la de Ludwig”.

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“Pongan el carro en movimiento, que los melones se acomodan solos”, afirma un dicho popular argentino. Como todos los dichos populares, es sabio. Llama a confiar en que el propio devenir de los hechos pondrá cada cosa en su lugar. Un poco como confiaba Fidel Castro en la historia, según su famoso discurso de 1953.

La historia, más tarde o más temprano, rescata a los Walsh, a los Prowse y a todos los artistas que hacen bien su trabajo, aunque en un principio queden invisibilizados por una o varias máscaras. Y a muchos de los que van por la vida, en cambio, creyendo que de ellos y de sus obras hablará el mundo entero, la historia les tiene reservado un cuartito al fondo del olvido.