Leonard Cohen: nuestro hombre | Letras Libres
artículo no publicado

Leonard Cohen: nuestro hombre

 La anécdota es evocada con mucha gracia por el joven cantautor Rufus Wainwright en uno de los tantos documentales dedicados al genio y figura del recién estrenado Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Allí, Wainwright cuenta que se hace amigo de Lorca, la hija de Leonard Cohen; que es invitado a desayunar a la casa del poeta; y que, de pronto, ahí está el mismísimo autor de “Bird on the wire” y de “Tower of song” y “Sisters of mercy” y de... Es temprano por la mañana, Cohen está sin afeitar, en bata y calzoncillos, con su “voz dorada” de barítono sombrío, dándole de comer a una mascota o algo así. Y que es un gran tipo, explica Wainwright.
 
Tranquilo, sonriente, además hace buenas tortillas para todos. Y Cohen se interesa por el entonces aún desconocido Wainwright. Conversan un rato sobre tantas cosas y, en un momento, Cohen se excusa: “Tengo que salir. Subo a vestirme”, explica. Wainwright permanece en los bajos de la casa conversando con Lorca y, a la media hora, contempla al borde del colapso y del éxtasis como Leonard Cohen baja por las escaleras, enfundado en un impecable traje Armani, gafas de sol, sonrisa de lobo. Y, entonces, Wainwright recuerda que no pudo evitar lanzar chillidos histéricos. “¡Es Leonard Cohen! ¡Es Leonard Cohen!”, gritaba grititos Wainwright ante un Cohen pasmado por el exabrupto de Wainwright y, ahora, de pronto, definitivamente leonardcohenizado: ese Leonard Cohen –con look de gángster judío o de playboy internacional o de personaje rapaz de Philip Roth o de Leonard Michaels, un velocirráptor sexual en cámara lenta, un muy macho feminista, el hombre que siempre amará a las mujeres– que aparece en la ya icónica portada de I’m your man, ese disco de 1988 que volvió tan cool a alguien que ya era todo un clásico sin fecha de vencimiento.

Es Leonard Cohen, sí. Y es nuestro hombre. Pero ya lo era mucho antes de este 2011 o de aquel 1988. Lo era, incluso, en tiempos previos a la edición de su debut discográfico, The songs of Leonard Cohen (1967), donde aparece con su propia voz la “Suzanne” del té y las naranjas de la China ya popularizada por Judy Collins. Disco en cuyos surcos se inaugura lo que podría definirse como folk noir, o música para suicidarse, o erotismo unplugged, o expansivo minimalismo zen, o existencialismo de alcoba, o constructiva sátira urbana para demoler ciudades, o íntimos himnos guerrilleros, o vertical armonización bíblica para el horizontal conocimiento bíblico, o eufórica mística para depresivos agnósticos, o líneas rectas y perfectas para decir adiós, o lo que más les guste. Antes de todo eso –antes de juguetear con la idea de irse a Nashville para convertirse en cantante country pero, por el camino, ser “secuestrado” por la Nueva York de los songwriters autobiográficos de Bleecker Street y las superstars de The Factory de Andy Warhol –Cohen ya había sido bohemio en Grecia y era en su patria poeta reconocido (ya édito en 1956, con La caja de especias de la tierra, de 1961, convirtiéndolo en el paradigma del rimador seducido y seductor) y novelista celebrado (con el salingerismo dark de El juego favorito, de 1963, y la alucinación poshenrymilleriana y mega-maudit de Hermosos perdedores, de 1966). Verlo en acción, joven y tímido y audaz en el documental Ladies and gentlemen... Mr. Leonard Cohen (1965). Pero –tanto en perspectiva como en contexto– Cohen era y sigue siendo un animal extraño, una rara avis parada sobre el alambre de su obra, una especie de un solo espécimen cuyo aliento puede perfumar las bandas de sonido de McCabe & Mrs. Miller, de Robert Altman, Natural born killers, de Oliver Stone, y Wonder boys, de Curtis Hanson, pero, también, artefactos pop generacionales como Pump up the volume, Shrek y Watchmen.

En su momento (nacido en Montreal, 1934), Cohen fue demasiado joven para salir a jugar al beatnik pero, también, demasiado viejo (calcular que le lleva siete años al ahora septuagenario Bob Dylan) para entrar a jugar al rocker. Ahora – sumado a las huestes eléctricas de The Rock and Roll Hall of Fame en 2008– su perfil es igual y admirablemente difuso y complejo de dibujar. Aquí viene el muy bien añejado escritor de renombre (invocado con veneración en libros de Julio Cortázar y Miguel Delibes, lo que no le impidió disfrutar ser el agente de CIA/Interpol Francois Zolan, en un episodio de la serie de TV Miami Vice).

Y aquí llega quien no ha dejado de seducir a jóvenes de varias generaciones e inspirar (abundan los álbumes tributo de variable calidad) a varias camadas de cantautores e intérpretes entre los que se cuentan Nick Cave, Lou Reed, Kiko Veneno, Suzanne Vega, Joaquín Sabina, Lloyd Cole, Nacho Vegas, Kurt Cobain, Jorge Drexler, Elliott Smith, Christina Rosenvinge, Jeff Buckley, Enrique Morente, Madeleine Peyroux, Luca Prodan, Jarvis Cocker, Enrique Bunbury, Ron Sexsmith, Andrés Calamaro, Michael Bublé, Luis Eduardo Aute, Aimee Mann, Philip Glass, John Cale y siguen las firmas, incluyendo a ese adolescente desconocido que acaba de abrazar una guitarra para así proteger los débiles latidos de su corazón destrozado o ponerle letra y música a las musculosas ondas de su cerebro destructor.

Y –acústico y desnudo, acompañado de voces femeninas para calmar su insaciable adicción a chorus girls y hermanas de la misericordia, turbulento e insomne, finamente arreglado en mis favoritos New skin for the old ceremony (1974) y Recent songs (1979), arropado por casio-sintetizadores de casi juguete, o arrastrándose como una lagartija crooner de gélido pero ardiente crucero por los mares del Norte– el sonido Cohen que se apoya sobre las palabras, sobre las palabras justas y exactas. Y, desde ahí, la autopsia de los sentimientos, la poética valseada del amor para el que no hay cura (y donde puedes pisar a tu compañera o ser pisoteado por ella, despidiéndose o siendo despedido en “Hey, that’s no way to say goodbye”, “So long, Marianne” o “Famous blue raincoat”), los malos buenos hábitos del consumado y consumido party animal (“Don’t go home with your hard-on” o “Closing time”), la tronante inminencia del Apocalipsis pero todavía no en canciones como “First we take Manhattan” y “The future”), o el éxtasis carnal-religioso (la tantas veces versionada “Hallelujah” o la plegaria “If it be your will”) del “pequeño judío que escribió la Biblia”. Amparándose, siempre, en un mandamiento que Cohen jamás ha desobedecido: “Cuando una canción es verdaderamente personal, no hay nadie que no la comprenda, y se vuelve universal y más allá del espacio y del tiempo.”

Lo que nos trae al más o menos aquí y al casi ahora. A sus dos últimos álbumes: el acaso involuntariamente autoparódico con, a mi juicio, demasiados clichés de galán crepuscular Ten new songs (2001) y el freak pero muy interesante Dear Heather (de 2004 y en el que, en el track que da título al asunto, Leonard Cohen suena muy parecido al computador hal 9000 mientras va vaciándose de memoria en 2001: A space odyssey). Dicen que para finales de 2011 habrá nuevo disco. Mientras tanto, continúa esa gira –y la edición de sus souvenirs en cd o dvd– diseñada para rellenar las arcas luego de haber sido estafado por su representante mientras meditaba en un monasterio budista, y donde desde la primera palabra hasta el último gesto entre canción y canción se repite noche a noche como parte de una muy estudiada rutina con guiños para fans y adoradores. Está bien, no importa. Cohen siempre será bienvenido y que nadie ose reprocharle, recogiendo galardón, otoñal y traviesa reverencia frente a príncipe o protocolar flirteo con princesa. Se lo ha ganado. Ha trabajado mucho. Demoró varios años en parir “Hallelujah” (versionada live por Bob Dylan, quien definió las canciones del canadiense como “plegarias” y alguna vez dijo que de no ser quien es le gustaría ser Leonard Cohen), pero sin dejar de “escribir todo el tiempo” y, así, componer sesenta estrofas (todas excelentes, varias fueron recitadas de memoria en diversas entrevistas) para destilar las seis (magistrales) que podemos oír una y otra vez en “Democracy”.

Aquí vuelve quien nunca se fue.
Bajando desde los pisos más altos de esa Torre de la Canción donde conversa con el fantasma de Hank Williams, espiando a través de las grietas que hay en todo y por las que entra la luz.

Y, sí, siempre impecablemente trajeado.

Es nuestro hombre.

Es Leonard Cohen. ~