La tensión de los contrarios | Letras Libres
artículo no publicado
Carl Svantje Hallbeck

La tensión de los contrarios

El hilo que une a Benjamin Franklin y la declaración de independencia de los Estados Unidos con la muerte de Juliette Gréco es fino, pasa por Verdi y acaba con la caída de las hojas muertas.

Se declara la independencia de los Estados Unidos de América del Reino de Gran Bretaña en 1776. Uno de los firmantes o Padres Fundadores fue Benjamin Franklin, inventor del pararrayos y de la armónica de cristal. Se le atribuye la frase de que quien sacrifica la libertad por la seguridad no merece ni la una ni la otra y además perderá las dos, que como estructura recuerda la pronunciada por el más tarde primer ministro del Reino Unido y más tarde aún premio Nobel de literatura Winston Churchill: entre la ignominia y la guerra eligieron la ignominia y tendrán la guerra. William Faulkner, Nobel de literatura e inventor a su vez de otros Estados Unidos de la mente, escribió que entre la pena y la nada elegía la pena. Benjamin Franklin fue el primer embajador de los Estados Unidos en Suecia y en Francia.

En 1788 nace Arthur Schopenhauer, introductor en la filosofía de occidente de las filosofías orientales, representadas de costumbre por el yin y el yang. Entre el yin y el yang no hay una relación de oposición sino de polaridad. Según Schopenhauer, en la vida solo existen la desesperación y el aburrimiento. Al año siguiente se desata la Revolución francesa, al grito de una tríada: libertad, igualdad, fraternidad. En 1792 el rey Gustavo III de Suecia, empeñado en atajar los ímpetus revolucionarios que recorren Europa, es asesinado durante un baile de máscaras.

Sobre la muerte del rey sueco el músico italiano Giuseppe Verdi, adalid risorgentista, compone una ópera llamada Un ballo in maschera, que se estrena en 1859. El francés Boris Vian muere en 1959 durante la proyección de una adaptación al cine de su novela Escupiré sobre vuestra tumba. En su novela más celebrada, La espuma de los días, publicada en 1947, dice Vian que “en la vida solo hay dos cosas: el amor, en todas sus formas, con hermosas muchachas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. El resto debería desaparecer, porque el resto es feo”. “Et tout le reste est littérature” (Paul Verlaine). “The rest is silence”: también Hamlet, príncipe del existencialismo, ve que solamente hay dos cosas en la vida, y que ahí reside el quid. Ese mismo año de 1947 Vian comienza a actuar como trompetista de jazz en el Tabou, por donde se dejaba ver, siempre vestida de negro y entre sus amigos existencialistas, Juliette Gréco. Entre otros, cantó a Prévert (Ah, me gustaría que te acordases de los tiempos felices en que éramos amigos…), a Queneau (Los días hermosos se van, los bellos días de fiesta, los soles y los planetas giran…) y a Brel (No olvidamos nada de nada, nos acostumbramos: eso es todo). Amó a Miles Davis.

Gréco y Brel dan algunos de sus recitales más famosos en el teatro Olympia de París, donde en diciembre de 1969 el cantante español Paco Ibáñez interpreta poemas musicados. El concierto se graba y el disco es un éxito. El público a veces lo jalea al grito de “libertad”: hay que poner el corte del poema de León Felipe (Como tú, piedra pequeña, como tú…). En noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín y se dice que se ha acabado el siglo XX. Se abren algunas fronteras. En septiembre de 2001 dos aviones tiran las Torres Gemelas de Nueva York y se dice que se ha acabado el siglo XX. Los aeropuertos se llenan de normas de seguridad. En 2020 el virus vacía los aeropuertos de todo el mundo. En septiembre de 2020 se paraliza la función de Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi, en el Teatro Real de Madrid, al grito de “seguridad”. Se muere Juliette Gréco. Empieza el otoño y caen las hojas muertas. En aquel tiempo la vida era tan bella.