La sororidad de “la otra” | Letras Libres
artículo no publicado
Amantes, de Vicente Aranda

La sororidad de “la otra”

Hay un mal poco diagnosticado que sin embargo es universal: el mal del discurso. El que sufre, por ejemplo, la amante feminista.

El otro día, en el metro, escuché cómo un niño de ocho años le decía a su madre que creía tener un problema renal. Acto seguido sentí el aleteo de un pájaro a mis espaldas, colándose en el vagón, aturdido, buscando la salida nada más entrar. No era un pájaro, joder, era yo misma, flipando con la escena, con la autoconsciencia y el autodiagnóstico de aquel niño con mascarilla de dinosaurios en vez de rasgos faciales. “Pero ¿te duelen los riñones?”, me habría gustado preguntarle “¿sientes pinchacitos en la espalda?”. Aquel niño hipocondríaco sufría de un mal poco diagnosticado a pesar de su universalidad: el mal del discurso. Su discurso sobrepasaba su circunstancia.

Mi amiga –a la que llamaremos Covi, de Covadonga– también sufre del mal del discurso, de uno un poco más complejo: del mal del discurso de género: “Ser feminista me está jodiendo”, me dijo hace poco. Y es que Covi alberga en sus entrañas a “la otra”. A la no conviviente, a la que no forma parte de la unidad familiar ni entra en la excepcionalidad de “terceras personas que necesiten cuidados”. Covi es feminista y se está follando a un casado. Peor, está enamorada de un casado. Ella es la tercera persona que, gubernamental y socialmente, no se merece los cuidados aunque muchas veces los necesite. La palabra “sororidad” le acecha de manera diaria: a veces se siente mal por la mujer, pero a veces no... pero a veces sí (aunque solo un poco). Covi vive en el instante antes de estornudar. Covi está mal. Muy mal.

A ella, que hasta ahora creía en el poliamor, en el poder de la luna y de la copa menstrual, en que “si nadie te quiere, nadie podrá dejar de quererte” y en la sororidad por encima de cualquier ligue de Tinder, le toca ahora sujetarse las ideologías y las pasiones sin que se le caiga su responsabilidad emocional: la del tipo del que está enamorada y la de la mujer del tipo del que está enamorada. Las teorías y las palabras no son tan poderosas como parecen y solo buscan agarrarse a algún resquicio de sentido común en nuestros fallos. De ahí que Covi me diera la turra en ediciones pasadas de nuestra amistad hablándome de teoría poliamorosa y feminista con la intención de intelectualizar su chocho palpitante. La verdad raspa y resulta muy complicado vivir cuando nuestros principios nacen en una asamblea a cinco barrios de nuestras entrañas.

Karl Popper habla de esto, de los pálpitos de mi amiga, o más concretamente de “la incapacidad de las grandes y universales teorías para lograr cubrir una representación completa de la realidad”. Esa gran red con la que explicamos el mundo, y que cada vez tratamos de hacer cada vez más fina y con menos agujeros, siempre tendrá huecos por donde algún pez se escape.

Mi amiga, que lleva desde los cinco años guiándose por las baldosas del deber y evitando las juntas negras, camina ahora por los senderos del deseo dando pequeños saltitos para no embarrarse demasiado. Covi se siente como cuando compra ropa en la sección "Conscious" de H&M y no se acuerda del desastre de Rana Plaza, pero se mira en el espejo y qué bien le queda ese jersey de algodón ecológico. No acepta estar llena de contradicciones, poder ser feminista y ser fiel a sus pulsiones, sus pilares se tambalean y se derrumba como el propio Rana Plaza, lleno de trabajadoras. Se derrumba comiendo, se derrumba durmiendo, se derrumba follando.

No entenderé nunca cómo funcionan las ideologías, los desodorantes o las relaciones. Siempre he pensado que la mayoría de la gente, en los tres casos, se queda con “la mejor opción” o la que “teóricamente funciona mejor”. Por eso, cuando Covi me grita:

–¡No puedo ser sorora y estar enamorada de un casado!

–Covi, tía, no me escupas a la cara ni te inventes palabras como sorora, porque no existe. Pero qué bien que estés enamorada porque ya casi nadie lo está.

Covi está enamorada y ya casi nadie lo está. Covi siente pinchacitos, quiere cogerle la cara al tipo del que está enamorada, quitarle la mascarilla FP2 y soplarle los ojos y la boca y despertarle los órganos y decirle que aprecie su jersey de algodón ecológico del H&M Conscious. No puede porque sabe que está casado, porque ella es una persona buena y racional y la razón es lo que único que nos diferencia de los animales. Lo que no pueden explicar las teorías nos parece vulgar, porque no pensamos y no pensar es una absoluta vulgaridad. De ahí que nuestra cara se transforme en la de un animal cuando hacemos cosas tan salvajes como cagar, follar o parir. Vulgar, todo vulgar. Así, Covi no sabe qué cara poner cuando, después de hacer el amor, piensa en aquella esposa y en que no debería joderle la vida a nadie. Y menos a otra mujer. Por eso, para Covi, su amor es absolutamente vulgar. Y su feminismo, también.

El otro día, en el metro, me llamó por teléfono para contarme y no supe qué responder. Miré aquel pájaro que entró en el vagón, que a la vez era yo, y fantaseé con arrancarle el riñón doliente al niño hipocondríaco y el corazón feminista a mi amiga, para que así, sin órganos, puedan dejar de sufrir. Reconozco que, en estos días en los que andamos prácticamente sedados, envidio sus pinchacitos porque son lo más parecido que tenemos a la vida. Y cómo extraño la vida.