La escritora y deportista a la que olvidó la Transición | Letras Libres
artículo no publicado

La escritora y deportista a la que olvidó la Transición

Ana María Martínez Sagi (Barcelona 1907-2000) fue campeona de lanzamiento de jabalina, poeta, corresponsal durante la Guerra Civil, activista, feminista, fundadora de un club de deportes para mujeres, profesora de español en la Universidad de Illinois y hasta directiva del F.C. Barcelona.

Una vida te puede dar para muchas vidas. Y eso es lo que le sucedió a Ana María Martínez Sagi (Barcelona 1907-2000), que fue campeona de lanzamiento de jabalina, poeta con obra publicada, corresponsal durante la Guerra Civil, activista, feminista, fundadora de un club de deportes para mujeres, dibujante callejera, profesora de español en la Universidad de Illinois y hasta directiva del F.C. Barcelona en los años treinta. Casi un siglo de existencia que, sin embargo, en su recta final, quedó anclado en una residencia de ancianos de Santpedor, olvidada por los ambientes políticos, culturales y hasta por su familia.

Martínez Sagi fue una de esas mujeres que formó parte de los círculos intelectuales y reivindicativos de la II República, que se exilió tras la guerra para marcharse a Francia y luchar contra los nazis –y más tarde se fue a EEUU–, pero que su vuelta a España, en 1977, no recibió galones y aplausos, al contrario que otros exiliados. Su figura la ha recuperado ahora, casi veinte años después de su muerte, el escritor Juan Manuel de Prada en el volumen La voz sola, publicado por la Fundación Santander, y en el que se compilan poemas inéditos –muchos de tono amoroso, que reflejan también una vida un tanto sufrida en este aspecto– y sus entrevistas, crónicas y reportajes periodísticos. Su obra es la voz de una época del reporterismo español que dialoga con los trabajos de otros periodistas ya reconocidos como Manuel Chaves Nogales o Gaziel.

“En aquel momento de los años setenta lo que interesaban eran los grandes personajones del 27, los escritores muy renombrados que se habían marchado. Si hubiera ocurrido hoy con el feminismo, Ana María habría encontrado el aplauso y halago”, sostiene De Prada sobre el olvido de Sagi. Y abunda con su particular flema: “No creo en el interés genuino de las generaciones de la democracia en la recuperación de la memoria. Lo que creo es que las élites se apuntan a modas que en cada momento convienen”.

A Sagi le dolió este abandono. Recluida en el municipio barcelonés de Moiá desde su regreso, allí fue donde se la encontró De Prada a finales de los noventa. Había dado con ella después de leer la entrevista que César González Ruano le hizo con la aparición de su primer poemario, Caminos, en 1929. Y le había fascinado la personalidad de esta mujer. “Era una joven poeta catalana que acaba de llegar a Madrid para presentar un libro de versos. Y, además era deportista, una republicana convencida y una sindicalista. El personaje me cautivó por completo”, rememora el escritor. Pero la anciana que se encontró ya no era aquella joven. “Estaba muy dolida y tenía una amargura fuerte. Se había tirado 40 años en el exilio y cuando vuelve piensa que la iban a recibir con alharacas, pero la realidad es que se tropieza con la indiferencia, el desprecio y el rechazo familiar y el de los ambientes literarios. Se la ve con desconfianza, con miedo, como una intrusa”, comenta De Prada.

En esos encuentros que tuvo con ella, de los que se nutrió para escribir Las esquinas del aire: en busca de Ana María Martínez Sagi, publicado en el año 2000 –y que tampoco contó con excesiva relevancia, quizá porque tampoco era el momento-, la escritora le prestó varios poemas inéditos, que son los que se pueden leer ahora bajo el título La voz sola. Había una razón poderosa para no publicarlos en vida. Una razón sentimental, ya que Sagi era lesbiana y muchos de ellos estaban dedicados a la también escritora Elisabeth Mulder, la mujer que a comienzos de los años treinta le abrió una zanja en el corazón que no se llegaría a cerrar nunca.

“Es un poemario de amor contrariado porque tiene su motivo en la relación con Elisabeth Mulder, y concretamente tras unas vacaciones en Mallorca en 1932, que se van a convertir en el epicentro obsesivo de su creación durante todo el exilio. Tuvieron una relación y luego se acabó, pero para Sagi, quizá por ser más joven e inexperta, se convirtió en el motor de su obra y en una causa perenne de dolor. Vivió enamorada de ella aunque ambas tuvieran después otras relaciones. Fue una llaga abierta”, concreta De Prada. Mulder se casó con un hombre y Sagi decidió mantener su pesar oculto.

Además de la poesía amorosa, el autor de Las máscaras del héroe ha recopilado también otros poemas inéditos que reflejan la nostalgia que Sagi tenía de la España republicana. “Tienen un entronque con el 98 con una mirada personal y femenina. Esto del dolor de España parece más asociado a machos, parece un dolor de testículos, pero no es así”, apostilla De Prada, que tampoco deja de dar puntada sin hilo en esta cuestión: “El error de la izquierda española es haber entregado la reflexión sobre España a la derecha y al folclore patriotero. Pero si hay un tema medular del exilio es la ausencia de la patria. Sagi fue una mujer catalanista, de Esquerra Republicana de Catalunya, que en el exilio se reencuentra con su identidad española”.

La última parte del volumen incluye su trabajo periodístico, que De Prada considera “extraordinario”, y con “un sabor de la época, vigencia y frescura”. Son muchas las entrevistas que hizo a mujeres –casi solo las entrevistó a ellas– que destacaban en sus ámbitos, como la abogada feminista de los años veinte Leonor Serrano o la rapsoda argentina y judía Berta Singer, “que le encantaba”, apostilla el escritor. Escribió también mucho sobre feminismo y retrató las luchas intestinas del movimiento en ese momento –no nos hemos inventado la rueda– y la lucha frente a la hostilidad exterior –que tampoco es de ahora–. “Ella era una gran defensora del sufragio femenino”, apunta De Prada. Otra parte de su trabajo como periodista social son los reportajes que hizo sobre casas de acogida y orfanatos de Barcelona y sobre la situación laboral de las empleadas de la industria textil, peluqueras, dependientas, mujeres que antes de la guerra sí estaban incorporadas al mundo del trabajo.

Con el conflicto armado, Sagi no se lo pensó y se marchó al frente de Aragón. Abandonó sus posiciones más cercanas a ERC y se pasó al anarquismo seducida por Buenaventura Durruti. Desde el frente firmó sus crónicas para periódicos como La noche, que aunque había sido lerrouxista, fue incautado por los anarquistas. “Ella fue la corresponsal estelar”, afirma De Prada. Estas crónicas también se pueden leer en esta compilación. Algunas tienen un tono más ideológico, pero prima el cariz humano.

En definitiva, La voz sola es un recopilatorio poético, periodístico, y también personal, puesto que De Prada incluye documentos como su expediente laboral y el expediente de depuración al acabar la guerra y cuando ella ya estaba en el exilio. Y no deja de lado otras cuestiones como su paso por la directiva del Barça –la primera mujer en formar parte de un club de fútbol en España– un club con el que su familia, perteneciente a la burguesía catalana, tenía estrechas relaciones.

“Fue un personaje insólito, pero era una mujer de su tiempo. Cuando hay una mujer que destaca siempre se dice que era avanzada a su tiempo, pero eso es un tópico. En los años 30 hubo una gran efervescencia cultural en España y un despertar de la conciencia femenina, y mujeres de todas las tendencias políticas pusieron en solfa el papel que se les había asignado hasta entonces”, sostiene De Prada. Ahí estuvieron políticas como Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken, artistas como Maruja Mallo, escritoras como Luisa Carnés y María Teresa León, periodistas como Magda Donato y Josefina Carabias. Y entre ellas, Ana María Martínez Sagi, “una poeta notable, una excelente periodista que te hacía entrevistas, reportajes de guerra y sociales con un dinamismo extraordinario. Y además, fue una gran divulgadora, conferenciante y deportista”, califica De Prada, que pretende seguir recuperando la obra –“aunque para ello necesito un mecenas”– de esta escritora que tuvo múltiples vidas: todas las que dio de sí el convulso siglo XX.