José Jiménez Lozano: Un hombre libre | Letras Libres
artículo no publicado

José Jiménez Lozano: Un hombre libre

El escritor, fallecido el pasado 9 de marzo, fue autor de libros fascinantes, extraños y cultos.

“Un escritor es una persona que es convertida en tal por lo que le sucede, por lo que se le regala. Porque todo se le regala y se le da.” Estas palabras, pronunciadas por José Jiménez Lozano en una serie de conferencias que dictó el año 2002 en la madrileña Residencia de Estudiantes, resumen el sentido y el aliento característico de su obra. “Todo se le regala y se le da”, es decir, nada es suyo plenamente, aunque cada voz refleje un mundo personal y único.

“El escritor es, pues, alguien que no tiene apenas nada propio”, proseguía, insistiendo en una verdad paulina que muy poco tiene que ver con el lenguaje de nuestra época, sino que más bien nos retrotrae a una tradición muy distinta, agustiniana y pascaliana también, según la cual ningún hombre –al igual que ninguna cultura– es fuente de su propia luz, sino que, solo sometiéndose a la prueba continua que los demás imponen, llegan a descubrir su rostro más verdadero.

A Jiménez Lozano –Premio Cervantes 2002– le gustaba recordar la anécdota del perrito Bobby que, en un campo de exterminio, se acercaba a los prisioneros y, con su mirada alegre y sus ladridos cariñosos, hacía que aquellos hombres recobrasen por un momento su humanidad. Solía narrar esta historia, protagonizada por el filósofo Emmanuel Lévinas, porque ponía un límite al imperio del nihilismo, a esa rueda ciega que gira incesantemente negándole a la verdad su razón de ser. Por supuesto, a José Jiménez Lozano no le interesaban las verdades fuertes y arrogantes, sino aquellas otras débiles y lacerantes –a menudo casi inaudibles– que, como el silencio de las tumbas, marcan el territorio de la piedad clásica: el de la dicha de vivir y el del dolor, el de la alegría y el del sufrimiento.

Jiménez Lozano fue, en este sentido, un autor plenamente contemporáneo. El primero, por ejemplo, que en España estuvo atento a lo que suponía la crítica a la Modernidad de los grandes pensadores judíos del XX: de Franz Rosenzweig a Walter Benjamin, de la teología política de Johann Baptist Metz al fulgor intelectual de Simone Weil. Como también fue el primero en recuperar la filiación plenamente ilustrada del jansenismo (y de Pascal) para una obra, la suya, que miraba con un atrevimiento y una libertad únicos –sin corsés ideológicos, quiero decir– tanto la realidad más inmediata como la espesura del pasado y sus lecciones para hoy.

Su mundo era el de las religiosas de Port-Royal y el de fray Luis de León, el de Santa Teresa y el del Mudejarillo, el de los judíos sefardíes y el de los cementerios civiles donde reposan los huesos de los mejores españoles. Acerca de todo ello, escribió libros de una percepción singular –algunos ensayísticos, otros de ficción–, llamados a perdurar entre lo mejor y lo más profundo que se haya publicado en nuestro país en los últimos cincuenta años.

Pienso en los primeros tomos de sus dietarios –sobre todo Los tres cuadernos rojos, obra fundacional que dio inicio al revival del género en los primeros ochenta– y en ensayos como Los cementerios civiles y la heterodoxia española, Los ojos del icono, Retratos y naturalezas muertas; pienso en su fundamental Guía espiritual de Castilla –seguramente su mejor libro–, en la profundidad de El narrador y sus historias, así en como la novela Historia de un otoño. Libros fascinantes, extraños y cultos, que apelan continuamente a la conciencia del lector.

“Solo he tratado y trato de ser libre”, afirmó en el pequeño esbozo autobiográfico titulado “Cuentas con uno mismo”, que puede leerse en El narrador y sus historias. Una libertad antigua y ejemplar que constituye quizás su mayor legado: el de una obra gozosa que se sabe ajena a la tradición literaria, intelectual y estética españolas, sin dejar de ser a la vez absoluta y radicalmente española y europea.