Entrevista a William Powers: “Hacen falta humanistas en el mundo tecnológico” | Letras Libres
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Entrevista a William Powers: “Hacen falta humanistas en el mundo tecnológico”

El periodista y tecnólogo, que trabajó en The Washington Post y The New Republic antes de incorporarse como analista en el MIT Media Lab, reflexiona sobre Inteligencia Artificial, monopolios digitales y el futuro de los medios de comunicación.

William Powers es periodista y autor de Hamlet's Blackberry. Desde 2014 trabaja en el laboratorio de medios del MIT y estudia las relaciones entre la Inteligencia Artificial y las humanidades y las ciencias sociales. 

Da la sensación de que, en unos años, hemos pasado del determinismo tecnológico y el tecnooptimismo a una visión muy oscura de la tecnología.

Creo que hay varios factores que han motivado el cambio en la actitud, y creo que no todos son exógenos. Algunos provienen del interior del mundo tecnológico. Gente como Elon Musk y Bill Gates han estado durante años alertando de los peligros de la Inteligencia Artificial (IA), la idea de que la IA va conquistar el mundo y acabar con la humanidad si no tenemos cuidado. Y luego están las alertas desde fuera, la conversación más amplia. Estamos en un momento de concienciamiento, como consecuencia de las preocupaciones por la privacidad, la protección de los niños, pero también de catástrofes donde han tenido un papel las redes sociales, como la masacre de Christchurch en Nueva Zelanda, que fue emitida en directo en Facebook.

En un sentido general, la gente está dándose cuenta realmente de que la tecnología domina una buena parte de sus vidas. Y no están muy seguros si ha merecido la pena o lo que obtienen de todo eso. Ven un déficit en sus vidas. En mi libro Hamlet’s Blackberry (2010) yo era un poco el canario en la mina. Hablaba de cómo en mi familia algunos dispositivos sustraían mucho más de lo que nosotros obteníamos de ellos. En esos años, me sentía un poco friki, porque casi nadie decía esto.

Siempre he sido un entusiasta de la tecnología. En la universidad, en los ochenta, era de los pocos que usaba un ordenador. Siempre he sido ese tipo de persona. Pero, al mismo tiempo, me he criado en una familia espiritual y siempre me he sentido atraído por el lado espiritual de la vida. Y ese es un factor que influyó en que me convirtiera en el canario en la mina, porque quería alertar de cuestiones que afectaban a la vida espiritual negativamente. Mi libro no era sobre cómo la tecnología estaba dominando nuestras vidas sino sobre la tecnología desde un punto de vista filosófico.

¿Cree que los líderes de las grandes plataformas digitales también se han adaptado a esto? ¿O siguen siendo los idealistas libertarios del principio?

Si ves por ejemplo la película La red social, descubres que ahí ya se percibe un cambio. Cuenta una historia que parece un éxito pero al mismo tiempo es una película muy oscura. Muestra lo horrible que es el lado empresarial de algunas startups. Incluso estéticamente toda la película es oscura. Creo que inició una época con productos culturales muy interesantes que se preguntan por cuestiones tecnológicas nuevas. Hollywood más o menos ha liderado eso. Películas como Her, Ex Machina, series como Black Mirror.

Trabajo en Cambridge, Massachusetts, que es un centro de start ups importante, al otro lado del río en Boston. Y permanece la creencia de que comenzar un negocio es algo prometedor. No estamos descartando completamente el capitalismo tecnológico. Pero está la idea de que no lo hemos hecho bien en los últimos treinta años, y que tiene que haber una forma de solucionar esto. Quizá estoy sesgado porque llevo trabajando en el MIT cinco años, y estoy rodeado de gente muy “creyente”. Pero tengo una formación humanística, y si miras el arco de la historia, esto ha pasado antes. La imprenta fue condenada en sus inicios: es peligrosa, extiende mentiras, hay que cerrarla. Se decía que Gutenberg había fracasado porque no hizo dinero. Y mira lo que pasó luego. Cambió el mundo de manera positiva. Creo que estamos en un periodo de transición.

Uno de los temas donde más ha cambiado la opinión pública, o la opinión de expertos y prensa, es en la privacidad. Ahora se denuncian violaciones de la privacidad que hace unos años nadie mencionaba.

Ha cambiado radicalmente cómo planteamos el debate. En los años noventa, no es que supiéramos que había que ceder algo para tener estos servicios digitales, sino que pensábamos que internet era un espacio público donde interaccionar y ser productivos.

De alguna manera, reinventaba nuestra concepción de la vida privada. Pero todos manteníamos una parte privada de nuestras vidas. Y eso es lo que creo que se ha minimizado. Todo el mundo valora su propia privacidad en determinadas dimensiones de su vida. A medida que la tecnología traspasa más fronteras (nuestro móvil nos tiene localizados todo el rato y vende nuestros datos a anunciantes, por ejemplo), más nos damos cuenta de que hemos perdido eso. Hace veinte años no imaginábamos que algo así pasaría tan rápido, tan emocionados como estábamos por adaptarnos. De pronto hay quienes exigen que todo este proceso debe regularse. Y se está haciendo. Cuando aterricé en Europa y encendí mi móvil vi las opciones de privacidad que me ofrecían. Eso es progreso. En EEUU no tenemos la GDPR, pero creo que los estadounidense seguirán esa tendencia comenzada por la UE.

Las noticias falsas, la privacidad, los monopolios son problemas importantes pero hay otro también que tiene que ver con el modelo de negocio de las empresas tecnológicas, basado en el llamado “capitalismo de vigilancia”.

La creencia en el máximo engagement es esencial en este modelo de negocio. Es lo que ha convertido a Facebook en una de las empresas más ricas en la historia del mundo. Pero es extraño pensar que eso va a continuar tal y como está ahora. Los niveles de beneficio de Facebook y Google tienen precedentes. Creo que si traduces los dólares de hoy a los del siglo XIX John D. Rockefeller era mucho más rico que los ricos de hoy. De todas formas, si es una repetición de esos años, no es algo positivo. Parece que vivimos un momento como el de entonces en EEUU, cuando el presidente Teddy Roosevelt se plantó y dijo: hay mucha gente infeliz con esta revolución. El Facebook desregulado, que sigue el modelo capitalista extremo, probablemente no puede sobrevivir, por el bien de la humanidad.

¿Significa eso que deben desaparecer los “facebooks” del mundo? No. Muchas industrias, no solo de comunicación sino en muchos sectores, pasan momentos de transición donde hay actores que hacen cosas extremas, como explotar zonas enteras en busca de oro, por ejemplo. Hoy siguen existiendo minas, pero su explotación está más regulada. La época de pura disrupción, la idea cowboy de la cultura start up va a cambiar. El tipo de innovación que vimos en los primeros años de Facebook parece anticuada. Ahora creemos que fue un error y que hay que hacerlo mejor.

Ha escrito durante años sobre periodismo. ¿Le preocupa que el modelo de negocio de los medios de comunicación sea tan dependiente de plataformas como Google, Facebook, Twitter…?

Me preocupa siempre y cuando haya solo tres o cuatro grandes empresas dominando todo. Ese tipo de concentración de poder e influencia nunca es buena para la sociedad, especialmente en los medios, porque es donde se produce el discurso democrático.

Los medios, y no solo en EEUU sino en el mundo, eran tan rentables hasta hace poco que ni siquiera pensamos en un modelo de negocio, porque había mucho dinero. Trabajé al principio de mi carrera en el Washington Post y parecía que estaban emitiendo su propio dinero. Y hacían un gran trabajo periodístico, así que pensaban que no tendría que pensar en el modelo de negocio nunca más.

Asumimos durante mucho tiempo que mucha población en EEUU que perdió su periódico local se conformaría con “internet”. Pero “internet” no cubre tu pueblo, a no ser que se produzca un desastre ahí. Hay intentos de start ups que buscan evitar el monopolio existente. Ninguna tiene un modelo de negocio sólido pero surgirá algo.

En su libro habla del concepto “internet sabbat”.

El modelo de negocio de la “economía de la atención”, que se convierte en un modelo social, donde todo está alrededor de internet, no parece el tipo de vida al que uno aspira. Así que mi mujer y yo nos inventamos esta idea de “internet sabbat” en casa. Era algo bastante instintivo, no es que nos pusiéramos a teorizar sobre ello. Simplemente un fin de semana nos hartamos y dijimos: vamos a desconectar el módem a ver qué pasa. Al principio era muy duro pero tras varias semanas se convirtió en un hábito, y cuando ocurre eso es más fácil que permanezca. Al final se convirtió en algo placentero.

Es un ejemplo de humanos intentando ser un poco ingenuos sobre un problema: venga, voy a resolver esto. Unos años después de la publicación de Hamlet’s Blackberry, me pareció fascinante ver que había gente joven que adoptaba estas costumbres. Mis amigos baby boomers me decían: a la gente le va a gustar tu libro pero no a los jóvenes, que simplemente quieren vivir en internet. Pero resultó que ocurrió lo contrario.

La gente que creó internet, los baby boomers, tienen una idea diferente. Los millennials y la Generación Z, en cambio, parecen bastante acostumbrados a dar un paso atrás y plantarse. Por ejemplo, en no tener coche. Para alguien como yo, de generaciones anteriores, eso es como decir que no quiero tener internet.

Estamos en una época en la que puede surgir una vanguardia de gente que dice: no quiero ir por ahí, no quiero vivir así. A veces es una revolución política, en otras es un cambio económico. Creo que ahora se da un cambio cultural, porque el internet es muy acaparador.

A menudo afirma que en el mundo tecnológico falta formación humanística. Recuerda a la idea de que la economía no debería ser un asunto exclusivamente de los economistas.

De eso trata Lo pequeño es hermoso de E.F. Schumacher, publicado en los setenta. Conocí el libro en el Media Lab del MIT donde trabajo. Schumacher habla de la idea de que los economistas no deberían definir lo que es la economía, porque para ellos todo es “escala”, y que tampoco los tecnólogos deberían ser los únicos que definen lo que es tecnología. Piensan en la búsqueda de mayor eficiencia, pero para las máquinas y no para los humanos.

Hay que incluir a gente con formación humanística y de ciencias sociales, que no saben programar o elaborar algoritmos, pero pueden decirte si algo funciona para los humanos. Cargamos con nosotros todo el día dispositivos diseñados para crear adicción. Es algo que funcionaba para pequeñas start ups, y tenía sentido económico para ellos, pero en un plano más amplio, como dice Schumacher en el libro (aunque hable de otra época y otro sector), esa manera de gestionar una economía capitalista nos va a arruinar.

El mensaje “lo pequeño es hermoso” quizá no se pueda aplicar a internet, porque no es un lugar pequeño, geográficamente. Pero la filosofía de que hay que construir cosas para la gente que funcionan sobre el terreno, en la vida de la gente, es aplicable. Creo que se está produciendo el cambio.

Hay decisiones humanas que se delegan en algoritmos. Es lo que se ha denominado math-washing o machine-washing. Es la excusa de “no lo he decidido yo, lo ha decidido el algoritmo”. Es una manera de escurrir el bulto.

Es también una estrategia de relaciones públicas. Las empresas intentan demostrar que sus investigaciones de Inteligencia Artificial tienen un objetivo loable para la sociedad, cuando no es así. Necesitamos alinear los avances en IA con el interés humano. Por eso hacen falta expertos en otras áreas humanísticas, como hemos hablado antes. Unos compañeros del MIT escribieron un artículo académico en la revista Nature sobre el machine behavior, comportamiento de las máquinas. La idea es que deberíamos estudiar a las máquinas igual que estudiamos a los animales: no miramos cómo es el cuerpo del animal y cómo está estructurado sino que observamos cómo se comporta el animal en el mundo. Ahora que los algoritmos evolucionan y aprenden por sí mismos es especialmente crucial. Un algoritmo puede revelarse contra sus creadores, puede hacer cosas que no están previstas. Necesitamos “expertos en humanos” para saber si los algoritmos están sirviendo a las necesidades humanas. Estamos dependiendo de máquinas para cosas que requieren una comprensión de los seres humanos muy sofisticada.