Entrevista a Carlos García Gual: "Pararse a pensar se ha convertido en un deporte raro" | Letras Libres
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Entrevista a Carlos García Gual: "Pararse a pensar se ha convertido en un deporte raro"

La editorial Turner ha reeditado 'Audacias femeninas', donde el experto en la Antigüedad clásica narra la historia de mujeres rebeldes de hace veinte siglos.

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) es uno de los grandes conocedores del mundo helénico. Catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense y especialista en el mundo antiguo, es desde el pasado mes de febrero miembro de la Real Academia Española (RAE). Ahora se acaba de reeditar su libro Audacias femeninas (Turner), publicado originalmente en 1991 y al que le ha añadido tres nuevas historias de mujeres que manifestaron su rebeldía hace más de veinte siglos.

Publicó este libro en 1991, pero ahora lo ha actualizado con tres nuevas historias. Son dos tiempos muy diferentes.

Sí, en aquel momento fue un libro novedoso. Tuvo varias ediciones. Es un libro que me gustó escribir y tiene una fórmula que he aplicado en otros libros: pequeñas historias con personajes sueltos. Aquí las cinco figuras femeninas no son grandes personajes conocidos sino que están sacados de pequeñas historias, y ahora he añadido tres más.

Es un libro que me habían pedido que reeditara, pero no quise hacerlo hasta tener ya una parte nueva. El libro presenta a unas figuras que no son revolucionarias pero sí rebeldes y quería subrayar cómo en la situación tradicional de la mujer, sometida al silencio y servicio doméstico, los griegos protestaron contra eso. Y las mujeres, aunque fuera en plan de farsa, en algunas obras de Aristófanes, alcanzan el poder. Eso demuestra que sí había una cierta inquietud. Y los griegos siempre creyeron que las mujeres tenían la misma inteligencia que los hombres.

¿En eso son distintos griegos y romanos?

Desde la época helenística, las mujeres van cobrando cada vez más importancia. Muchas aprenden a leer y escribir, lo que antiguamente era un privilegio masculino. También hay diferencias entre las clases sociales. Las mujeres ricas que heredaban tenían a veces un gran poder en la sociedad, y eso pasa en Roma. Las que tenían más poder eran las viudas ricas… Y por ejemplo en Roma aparecen poetas como Ovidio, que ya escribe pensando en un público femenino. Y hay un género nuevo, como es la novela, en la que las heroínas tienen tanta importancia como el héroe.

De hecho, las mujeres que usted retrata no son las míticas Lisístrata, Medea o Clitemnestra, sino mujeres mucho más “normales”, que sí pudieron existir en aquellos años.

Son mujeres apresadas dentro de esa red social que las tiene sometidas, pero hacen agujeros. No eran revolucionarias como Lisístrata, pero buscan caminos de libertad. Y con una inteligencia y sensibilidad especial. Es muy interesante cómo alguna como Calírroe, que es raptada, vendida como esclava y va a parar a manos de un rico de Mileto, y después de la corte persa, se defiende continuamente de los ataques masculinos. Aunque hay que decir que los ataques masculinos de la época son muy cuidadosos. Es decir, el señor que la compra podría violarla, pero no lo hace, sino que se enamora de ella y está dispuesto a morir de amor si ella no le concede la mano. Y después el rey persa también se enamora de ella… Es curiosa esta sensibilidad porque estamos acostumbrados a un mundo más brutal.

Antes comentaba que en 1991 era un libro novedoso, pero ahora hay numerosos libros que hablan sobre las mujeres en la época romana o griega.

Es debido al espíritu de la época de sacar a las mujeres de las sombras y ponerlas en primer plano. Yo lo que hago es sacar a estas mujeres de unos textos antiguos como El libro de Apolonio, que es uno de los grandes libros del Medievo, aunque hoy ya nadie lo lee. Sin embargo, en la Edad Media fue muy leído. Lo curioso es que en los estudios que se han hecho posteriormente casi nunca se nombra a las dos mujeres importantes que salen en él y yo precisamente destaco esas dos figuras femeninas.

En la primera historia habla de una relación heterosexual en la que una mujer rapta a un hombre más joven que ella y esto es criticado por el círculo de hombres homosexuales.

Sí, es un caso muy curioso que cuenta Plutarco, que es ya de la época helenística. Plutarco es un poeta que habla muy bien de las mujeres, y ese es un rasgo de la época helenística, porque antes en el mundo clásico ser homosexual –entre hombres– era una cosa refinada y se veía muy bien –no se concebía que las mujeres tuvieran capacidad para tener relaciones amatorias–, pero en la época helenística esto ya no es así. Y en eso coincide con el cristianismo, donde también son muy importantes las mujeres, aunque estuvieran en segunda fila y los que mandaran fueran los hombres, los curas. Pero está ese tipo de mujeres ricas, viudas, que se dan cuenta de que tienen poder, dinero y ya no tienen a nadie que les mande.

En definitiva: lo que convenía era que se muriera el marido para poder hacer lo que a una le diera la gana.

Claro. Y que el marido fuera rico. Porque las que estaban peor de todas eran las viudas pobres y mayores.

En este libro se centra más en el periodo helenístico y en los griegos, pero habitualmente se publican más libros sobre la época romana de la República y el Imperio.

Conocemos más Roma en lo que toca a la vida cotidiana. Sabemos mucho más de los banquetes romanos que de los griegos, pero porque en los banquetes griegos lo único que hay es que hablan mucho, pero no se sabe qué comen. En cambio, un banquete como el que sale en el Satiricón es ya de multimillonarios y gran juerga. Luego también los romanos eran más espectaculares que los griegos. Los griegos tenían el teatro, pero es que los romanos tenían el circo. Ahora bien, los griegos eran más amigos de la discusión, el diálogo, el pensamiento… Los poetas romanos tienen más versos amorosos que los griegos, pero los griegos eran más refinados.

Y nosotros somos más romanos que griegos.

Sí, sí. Estamos mucho más cerca. El primer imperio universal es el romano. Los griegos fueron gente de pequeñas ciudades. Pero nosotros somos un mundo de poderes como los romanos.

Un libro como el suyo nos acerca a aspectos marginales de estas culturas, pero también nos ayuda a conocerlas. Y en una época en la que, como usted ha dicho en ocasiones, las Humanidades no viven su mejor momento.

Este acercamiento a los clásicos lo que trata es de abrir horizontes para que nos demos cuenta de que muchas cosas ya las dijeron ellos. Y que hay muchos aspectos que siguen vivos. Estos personajes tienen algo de original, pero la gente no los conoce porque están en textos secundarios. La gente lee siempre lo mismo, la Odisea, etc., pero al margen de eso están los epicúreos, los cínicos, que son muy interesantes.

¿Qué aprendemos todavía hoy de los griegos?

De los griegos podemos aprender cómo amaban la libertad de pensamiento y de palabra, que eran muy curiosos. Buscaban la causa de las cosas, la raíz de la filosofía. Los egipcios estaban en el Mediterráneo antes que los griegos, pero no se interesaron por nadie. Y los griegos sí. La mayoría de culturas no han salido de su sitio; en cambio los griegos, que eran un pueblo de unas cuantas ciudades, con sus barcos se fueron a investigar el mundo. Los grandes geógrafos del mundo latino son griegos, la gente de ciencias también eran griegos. Esa cosa que hay en el griego que se pregunta, no por el ser que decía Heidegger, pero sí por qué hay detrás de las cosas. Y eso se está perdiendo en el mundo actual. Tenemos avances científicos, la tecnología…, pero la mayoría de la gente no siente esa inquietud de preguntarse uno mismo por las cosas. Y yo creo que esa inquietud es griega y está unida al afán de libertad y de conocer.

¿Cuál es la causa?

En la sociedad de masas la gente anda muy distraída con la cultura audiovisual, con las pantallas. Un chico que dedica seis horas a darle al móvil no tiene mucho tiempo para leer. Que la gente esté cuatro o cinco horas dándole a la maquinita… Intercambiando informaciones triviales…

Esta crítica ya se hizo en su día a la televisión, que era “la caja tonta’”.

Sí, pero la televisión no ocupaba todo el tiempo. Cuando voy en el metro miro a la gente y están todos dándole al móvil. Y no se miran los unos a los otros. La televisión estaba en casa. Tampoco es que sea un gran instrumento de cultura, y además, sí me parece reseñable el bajón cultural de las televisiones. Que el teatro haya sido sustituido por los programas de cocina es asombroso. Los horarios principales de la televisión están dedicados al chismorreo y a concursos de cocina donde salen desde artistas hasta pobres niños pequeños que parece que se tienen que matar por hacer un plato original. Es un mundo absurdo, pero estaba previsto que fuera así. Los pensadores de la Escuela de Fráncfort se dieron cuenta de que el marxismo no triunfaría porque la gente no iba a hacer la revolución si se contentaban con pequeñas cosas.

Y nos dieron un móvil.

Sí. Y mucha diversión. Vivimos en una sociedad en la que hay mucha diversión, por lo que pararse a pensar se ha convertido en un deporte raro.

A los griegos el ocio también les gustaba…

Sí, pero para discutir y hablar.

Lleva unos meses en la Real Academia Española. ¿Cómo se ha encontrado esta institución? Allí discuten, hablan…

La verdad es que últimamente las sesiones plenarias han estado centradas en fondos de economía y financiación, porque la Academia estaba muy mal. Pero ahora ha habido un cambio y el actual Gobierno se ha portado muy bien con la Academia. Y hay una idea de impulsar culturalmente la Academia, que no sea solo de diccionarios, sino algo más.

Para mucha gente, la Academia está distanciada de la sociedad. Se la ve como algo arcaico.

Bueno, una cosa curiosa es la cantidad de consultas que tiene la Academia. A lo mejor tienen 50.000 consultas cada semana. Creo que en los últimos tiempos, no es que se haya abierto, pero ha conseguido una cierta popularidad y la gente parece tener una cierta inquietud por las palabras.

Y también las redes sociales. Yo, que soy laísta, he preguntado varias veces por alguna duda al respecto. Esta es la parte buena de la cultura audiovisual que hablábamos antes.

Sí, sí. También hay que decir que eso ha hecho que el diccionario en papel haya sido un fracaso económico. Una de las cosas de las que vivía la Academia era el diccionario, pero ahora no se vende, lo cual es normal también. Ahora todas las consultas son por Internet. Este es un sitio en el que los que más pintan son los lingüistas. Yo estoy en un grupo donde hay tres o cuatro que son autores del diccionario… Pero bueno, tiene también sus creadores, novelistas, poetas…

Quería preguntarle por la universidad porque usted es catedrático en la Universidad Complutense de Madrid. Hemos visto ahora la polémica con las universidades catalanas y esta posibilidad de que los centros no apliquen la evaluación continua para que los alumnos que lo deseen puedan manifestarse sin perder exámenes. ¿Cómo le parece que están actuando algunas universidades catalanas?

Es un tema que me apena mucho. Esta situación de las universidades catalanas de unirse a la revuelta y facilitar aprobados o lo que sea a cambio de que los chicos vayan a manifestaciones es una aberración. Las universidades están al servicio de una cultura y de una investigación científica, que debe estar muy al día, y eso no tiene nada que ver con la política. Creo que todas esas relaciones con la política son perversas. Y generalmente las universidades han mantenido esa independencia. La universidad europea, y la norteamericana, ha mantenido una libertad. Y eso ya comenzó con las primeras universidades en la Edad Media cuando entonces lo que había era mucho clérigo, pero había una cierta independencia con respecto al poder político.

Y eso que en aquella época la separación Iglesia-Estado no era tan fácil.

Sí, pero la universidad se fue haciendo crítica en todas partes. Y ahora debería ser crítica en el plano cultural, pero no en el político. A mí no me ha sorprendido ver cómo están las cosas en Cataluña, me parece aberrante porque es una falta de libertad. La universidad se debería caracterizar por la libertad. Ya estuvo muy feo que hace años se impidiera hablar a determinadas personas por sus ideas políticas. La universidad es un sitio en el que debería poder hablar todo el mundo y uno puede ir o no ir si quiere. Pero ahora están jugando a darle un papel que no le corresponde.

La universidad española tiene otros problemas más acuciantes…

El problema de las universidades españolas, que es algo que no se dice, es que hay demasiadas y ahí intervino también la política creando más universidades en vez de favorecer la política de becas que hubiera sido mucho mejor. Así que están resultando bastante caras al Estado y tienen problemas económicos. Hoy en día la investigación científica es cara y es evidente que las universidades españolas no pueden competir con las norteamericanas. ¡Pero si el presupuesto de Harvard es igual que el de todas las universidades españolas!