El mito generacional de Mayo del 68 | Letras Libres
artículo no publicado

El mito generacional de Mayo del 68

El 68 es un poderoso imaginario que construyó a toda una generación, que le proporcionó su identidad ilusoria y le sirvió de coartada perfecta para vivir de las rentas

Si los Juegos Panhelénicos tuvieron su Píndaro y la batalla de Maratón su Herodoto, el Mayo del 68 parisino ha tenido su poeta-historiador más significativo, tan persistente como desencantado, en el escritor y filósofo Gabriel Albiac, que le ha dedicado numerosos artículos y pasajes dispersos en su obra a lo largo del tiempo, así como una trilogía narrativa con tintes de novela negra (“novela negra de ideas”, podríamos arriesgar). Y sobre todo a él ha consagrado un libro preciso y precioso, entre la crónica periodística y el ensayo filosófico, entre el relato generacional y el telegrama lírico, que acaba de reeditarse con textos añadidos: Mayo del 68. Fin de fiesta.

En este libro asistimos al relato pormenorizado de aquellos días de primavera, con nombres y apellidos, con fechas y horas (y hasta casi minutero y segundero), con emociones y consignas y sueños y conversaciones y todo tipo de personajes y detalles concretos, vivísimos. La sensación al leerlo es como si un reportero –filosófico y poético al tiempo– nos estuviese enviando cables informativos en directo desde la trinchera. Emulando las evocaciones histórico-periodístico-literarias de Azorín respecto de los clásicos de nuestras letras, Albiac ha sabido conjugar con maestría descripción, acción, diálogos, citas, documentos, hechos e ideas en una trama fragmentada que es como la propia vida: una historia shakespeariana llena de ruido y furia, contada por un narrador omnisciente que no cree en la redención del sentido, las finalidades o el progreso. Porque para Albiac el 68 significa sobre todo eso: la quiebra del sentido, de un deseo acumulado durante más de un siglo –desde las revoluciones de 1848– que se transmutó en realidad escénica en las calles parisinas, destilando “un placer que solo vive de la ausencia y de la profecía falsa de futuro”, y que moriría definitivamente con la caída del Muro en 1989.

El 68 es un poderoso imaginario que construyó a toda una generación, que le proporcionó su identidad ilusoria y le sirvió de coartada perfecta para vivir de las rentas (al menos a aquellos supervivientes que no sucumbieron a los sucesivos paraísos artificiales de la heroína, las comunas hippies o las sectas New Age). Una generación que quiso convertir su derrota sin paliativos en un monumento gigantesco, un mausoleo de nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue, híbrido de proyecciones lacanianas y leninistas, delirio colectivo teñido de psicodelia libertaria, ingenuos ideales y cándidas consignas, el último asalto a los cielos de una religiosidad política condenada al descalabro definitivo, a la extinción absoluta, a la melancolía perpetua. Y todo, tal vez, por darse un poco de importancia.

 

Desentrañando el mito: una Nouvelle Vague del pensamiento

 

Para alguien como yo, nacido en 1977, que nunca ha puesto sus esperanzas en la política (y mucho menos en la Revolución, esa cara oculta del Terror), que cree aburridamente en las libertades individuales frente a las prácticas totalitarias y que más bien considera que el denostado moderantismo debería ser tenido por un valor político –frente a los celebrados extremismos y radicalismos activistas, tan fotogénicos ellos–, tratar de analizar con mirada aséptica en este cincuenta aniversario los tan traídos y llevados eventos parisinos de Mayo del 68 resulta una tarea complicada.

Ante tanta parafernalia y mitificación celebratoria –películas, artículos, reportajes, documentales, memorias–, lo primero que le pide el cuerpo a uno, por reacción, es protestar diciendo: “Pero, hombre, basta ya de tanta hinchazón y tanta tontería, si en realidad eran cuatro pijos inofensivos, unos niños de papá –el elitismo intelectual de la École Normale– con estudiadas poses existencialistas de tedio, jerséis de cuello vuelto y gafas de pasta negra, que querían entretenerse jugando a cambiar el mundo y a inmortalizarse frente las cámaras ‘haciendo Historia’ y que lo único que consiguieron hacer con éxito es, a lo sumo, un selfie colectivo para alimentar su posterior bulimia nostálgica”. Pero ese desahogo sería injusto, seguramente, además de jugar con la ventaja de la perspectiva del tiempo pasado, de saber lo que ocurrió después. Por muy distantes que nos sintamos de aquellas ilusiones y desilusiones, de aquellos sueños y sus consiguientes batacazos, deberíamos saber acercarnos con ecuanimidad y respeto a sus protagonistas, intentar ponernos en su piel, contextualizar los hechos y tratar de entenderlos con la humildad del observador imparcial. Desmitificar conlleva analizar con rigor y de manera desapasionada, no ceder a la tentación de dar la vuelta a la tortilla en el balancín de los afectos. Intentémoslo.

En primer lugar, para no añadir más leña al confusionismo reinante, conviene no mezclar escenarios: poco tiene que ver el 68 de París con el de Praga, o este con el de Frankfurt, o este con el de San Francisco, o este con el de Madrid (si lo hubiere, que sería más bien un 69). Cada uno tenía su idiosincrasia y sus motivaciones políticas, en ocasiones antagónicas. Aquí estamos hablando de París, únicamente. Ni el asesinato de Martin Luther King o las protestas contra la guerra de Vietnam, ni el arte pop o los Rolling Stones, ni los Beatles o Andy Warhol, ni Allen Ginsberg o las minifaldas o el antiimperialismo tienen incidencia directa aquí. Sí se han analizado, en cambio, algunos aspectos sociales o de costumbres que se mostraban comunes a los distintos países, al menos en el sector occidental: la ruptura generacional, la liberación sexual de la mujer, la contracultura, el amor libre, la crítica foucaultiana a las instituciones, la impugnación del trabajo como esclavitud sin sentido, la dinamitación del concepto de familia o el uso generalizado de la píldora (unos años más tarde llegaría la legalización del divorcio y del aborto). Según los intereses y gustos de quien esté tratando de inflar la burbuja hermenéutica parisina, se subrayará la importancia del ataque a las convenciones burguesas, la eliminación de las jerarquías, el descubrimiento de la discusión pública en el ámbito asambleario, el traspaso de la violencia al dominio de lo simbólico o la democratización de la sociedad postindustrial de masas. Sirve para casi todo.

Por tanto, nos encontramos ante un batiburrillo de ideas difícilmente practicable, que es lo que ocurre cuando un sintagma, signo o imagen se recubre de tantos significados superpuestos. Las numerosas pintadas anónimas que aparecieron aquellos días en las calles parisinas, unas más lúcidas que otras, son un buen síntoma de esta sobreproducción anárquica de mensajes: “la imaginación al poder”, “la barricada cierra la calle pero abre el camino”, “decreto el estado de felicidad permanente”, “vivir contra sobrevivir”, “la Revolución debe hacerse en los hombres antes de realizarse en las cosas”, “la emancipación del hombre será total o no será”, “olvídense de todo lo que han aprendido, comiencen a soñar”, “abramos las puertas de los manicomios, de las prisiones y de las Facultades”, “nuestra esperanza solo puede venir de los sin esperanza”, “el derecho de vivir no se mendiga, se toma”, “civismo rima con Fascismo”, “contempla tu trabajo: la nada y la tortura forman parte de él”, “no me liberen, yo me encargo de eso”, “abajo el realismo socialista, viva el surrealismo”, “van a terminar todos reventando de confort”, “las armas de la crítica pasan por la crítica de las armas”, etc.

A nivel estético y social, conviene no olvidar la relevancia del movimiento situacionista en esta cruzada contra los corsés de la educación recibida, la represión sexual, el horario de trabajo y la lógica tediosa de la sociedad capitalista, y en favor de un cambio profundo de las condiciones de la vida cotidiana: una exaltación vanguardista del juego, la libertad, la diversión y la imaginación. Si el objetivo de Guy Debord y compañía consistía en la construcción de situaciones “para la organización colectiva de un ambiente unitario y de un juego de acontecimientos”, el Mayo del 68 puede ser interpretado como un gran happening o instalación conceptual en que la masa de estudiantes representa una obra artística de tres días para poder escribir y reescribir en años posteriores los volúmenes explicativos. Muy a tono con los usos y tendencias del arte contemporáneo.

A nivel político, en cambio, la confusión era manifiesta: estudiantes y obreros podían compartir pancartas y consignas pero diferían profundamente en los fines y hasta en los medios. Por eso todo acabó en unos pocos días sin pena ni gloria, pese a la aureola sostenida. El cineasta checo Milos Forman, que andaba aquellos días por París, no salía de su perplejidad al ver cómo los manifestantes agitaban la misma bandera roja que para él simbolizaba el infierno dictatorial contra el que se habían levantado los estudiantes de Praga. En el teatro del Odeón se cantaban las bondades del maoísmo libertario, lo que era literalmente un cuento chino. La “gran revolución cultural proletaria” sería el siguiente espejismo delirante en la agenda de la rebelión permanente.

Cuando en 2007 Sarkozy proclamó en un mitin la necesidad de enterrar de una vez por todas la mentalidad de Mayo del 68 (“denigran la identidad nacional y atizan el odio a la familia, a la sociedad, a la nación, a la República”), el filósofo André Glucksmann –que estaba allí pidiendo precisamente el voto para Sarkozy– decidió escribir un libro con su hijo Raphaël para tratar de explicar las claves del evento parisino. El título original, Mayo del 68 explicado a Nicolas Sarkozy, expresa mucho mejor las intenciones y el contexto del libro que su versión española. En él Glucksmann reivindica el 68 como un grito insurreccional frente a la tiranía del poder y la maquinaria burocrática del Partido Comunista. Curiosamente, su defensa del 68 desemboca en la exaltación de las ideas liberales, lo que resultaría escandaloso a ojos de muchos sesentaiochistas.

Desde una perspectiva spinoziana, sub specie aeternitatis, Albiac entiende el 68 como el cierre de una época, el momento del naufragio irrevocable, un punto sin retorno: la desacralización del Partido Comunista, anticipo de la caída del Muro de Berlín y clausura definitiva del sueño revolucionario de las masas proletarias, que escondía una prolongada pesadilla planetaria de purgas, gulags, exterminios… “Del comunismo, que fuera fe estrictamente religiosa en los años de entreguerras, no quedaba ya, a final de los sesenta, más que un despotismo vacío y al borde mismo de la ruina: la URSS y su andrajoso imperio de países con las armas en la nuca. Más la pléyade parasitaria de los tan confortables y tan cómplices partidos comunistas europeos”. El paisaje nocturno de las barricadas se entrega a cuerpo entero al simbolismo: “El adoquín es el presente de una felicidad que nada planifica: el absoluto. Religioso. Sagrado, si se prefiere. No hay nada que esperar: no socialismo, sobre todo. No hay nada que temer: no este aburrido pudrirse en la sensata repetición –pero hay cosas peores– al cual llamamos sociedad burguesa. Solo hay la noche alzada en armas”.

Aún en los años ochenta el 68 representaba para nuestro autor, entre otras cosas, “el amor insobornable por las causas perdidas, la consciencia lúcida de la superioridad estética de la derrota, la fidelidad salvaje a esa estética como única ética revolucionaria” de aquellos que saben que no han vivido ni podrán vivir el tiempo de la revolución pero sí experimentaron, al menos, “la pasión febril de sus vísperas” (Todos los héroes han muerto, 1986). El 68 –arguye entonces Albiac– le sirvió para borrar definitivamente de su cabeza todo residuo de la visión religiosa y finalística de la historia y de la política: “La gran teleología prometeica cedía su lugar a la paciente e infinita práctica cotidiana de la insumisión, a la ruptura misma de las identidades subjetivas en que el poder nos configura”. Desde este punto de vista, rebelarse consistía en instalarse en las fronteras mismas del sinsentido, del delirio, de lo lúdico.

En Diccionario de adioses (2005), uno de los títulos más espléndidos y depurados de la literatura española reciente, Albiac explicó todo el proceso histórico de esa disolución, pasando revista a sus antecedentes y levantando acta de defunción de sus milicias: “Es tiempo de sabernos naturalezas muertas. Cayó el Muro y nos quedamos sin palabras. Dos siglos se cerraban: la era de la revolución. Lo que nuestra voz decía no significa nada ya. Llega el tiempo de decir adiós a lo que uno ha sido, sin ceder la última palabra a la muerte”. En el 68 la idea de la política como salvación se derrumba definitivamente. Fueron las vísperas de una revolución que nunca ocurrió, la experiencia de una decepción política e intelectual, una especie de muerte de lo político. Después, solo la ruina.

Ahora, pasados cincuenta años del evento, Albiac recuerda el 68 como un tiempo gozoso porque tuvieron la inmensa suerte de no triunfar, de no hacer la revolución: de este modo barrieron la antigua mugre pero no trajeron nueva inmundicia, como la sordidez absoluta del Este. Los jóvenes españoles de entonces, transeúntes en la clandestinidad, no querían ni un segundo más de vida como aquella: tan gris, tan lúgubre, tan pacata. Desde Madrid pudieron seguir hora a hora todo lo que ocurría en París y sentían que aquella era su gente. ¿Y qué quedó al final de todo aquello? “El tiempo de la revolución imaginaria dejó tan solo las cenizas dispersas de una generación que se soñó brillante. Que tal vez lo era. O hubiera podido, tal vez, llegar a serlo. El 68 fue un sueño europeo de dos décadas. Al despertar, el mundo apareció, como siempre, irreparable. Y la conciencia humana algo más turbia. Pero, al menos, en la desilusión hay un fondo primordial de sabiduría”.

Por mi parte, no puedo dejar de leer Mayo el 68. Fin de fiesta en términos cinematográficos, con imágenes en blanco y negro rondando constantemente en mi cabeza, del estilo de Truffaut y Godard. Se mezclan en mi mente, mientras leo sus páginas, los fotogramas de Jules et Jim, Al final de la escapada, París nos pertenece o Cleo de 5 a 7, así como los documentales de Chris Marker y las soporíferas historias de Duras y Resnais. Y tampoco puedo dejar de interpretarlo, en clave hispánica, como la cara B de El desencanto de la familia Panero. Ese mismo tono de melancolía generacional, de ruptura derrotada, de final marchito de una época.

En cierto modo, es la crónica desencantada y nihilista que Beckett o Cioran, vecinos de las manifestaciones, podrían haber escrito en riguroso directo.

 

La crónica generacional de un radical libre

 

Nadie en su sano juicio pensaría que fuera posible la existencia de un híbrido entre Azorín y Spinoza, pero si a algo ha venido Albiac es a destruir todos los tópicos. Además de ser uno de los mejores escritores que tenemos en España –con un estilo inconfundible, esmerado, minucioso, con una prosa conceptista, envuelta en música, densa en ideas y de frases cortas, con especial querencia por el hipérbaton y la elipsis–, Gabriel Albiac encarna para nosotros la figura del pensador radical y libre, que va a la raíz de las cosas y que no tiene miedo de pensarlas hasta el fin, al margen de las modas efímeras, lo políticamente correcto y las sensibilidades del respetable lanar (esas mismas masas “democráticas” que empapelaban la puerta de su despacho o le impedían dar clase en la Complutense por criticar a Hugo Chávez o defender el Estado de Israel).

De cara a la opinión pública, Albiac parece representar precisamente todo lo contrario de ese moderantismo que yo elogiaba antes. Sin embargo, lo cierto es que combina sus ideas radicales –con mutaciones extremas a lo largo del tiempo, aunque no por ello menos coherentes– con unas maneras de perfecto caballero que hacen de él un ciudadano singular: amable, culto, educado, respetuoso, cívico. Nada que ver con el histrionismo de los anarquistas de salón (o de plató televisivo) o la mezquindad de los comisarios políticos que cuchichean o merodean por las espaldas, desde las sombras, con un puñal en la mano. Solo nos parece, tal vez, demasiado afrancesado (nadie es perfecto).

Como reflejaba el subtítulo de la primera edición de 1998, Mayo del 68 fue una “educación sentimental” para toda una generación de jóvenes españoles que asistía con impaciencia a la agonía final del franquismo. Igual que hubo unos años en que ser comunista en España significaba básicamente ser antifranquista, también hubo un tiempo en que haberse paseado por los adoquines del Mayo parisino dotaba a su flanêur de un halo mágico, intachable. Lo peor son todos aquellos que quisieron lavar sus biografías de la noche a la mañana y dieron carta de naturaleza a la mentira, a la ficción histórica, para poder posar sonrientes en el fotomatón democrático.

En último término para Albiac el 68 desembocaba en un placer sin futuro, sin sentido, sin sujeto. Por eso considera que no se puede hablar del 68 en primera persona, en “yo”, y se ha visto obligado a dejarse escribir por estas páginas corales, fruto de un autor colectivo que se subordina a los textos y contextos. Se compone así un collage de fragmentos polifónicos, como explica el autor en el prólogo: “No gestiona este texto un yo narrador. Narran otros. Voces ilustres o anónimas. Sartre o Geismar, Malraux o Cohn-Bendit, De Gaulle, los Doors, Althusser, Goldman, Jefferson Airplane, Virgilio, Krivine o vaya usted a saber qué ignoto garabateador –plagiario sin el menor inconveniente, las más de las veces– de consignas y aforismos en paredes y pizarras. Ni unos ni otros tienen ya entidad individuable. Son textos. Sobre papel o muro. Como tales nos conciernen. En esa medida solo los llamamos nuestros. A la manera de un collage”.

Podría señalarse, en cualquier caso, cierta vanidad o presunción inscrita en el concepto de generación, cuando el “nosotros” resulta aún más egocéntrico que el “yo”. Algunas consideraciones en este sentido producen estupor: “Éramos bibliotecas andantes. Los del 68. Nunca, en el siglo XX, hubo generación que devorase así los libros. Con el ansia fundamental de una misión sagrada: en los libros estaba la clave del inminente trastueque del mundo. […] Había que saberlo todo. Para poder, al fin, hacerlo todo. Todo. No ha habido generación más hambrienta de sabiduría que aquella de los que, con menos de veinte años entonces, nos sabíamos destinados a resolver el majestuoso teorema de un mundo liberado, al fin, de estupideces y opresiones”. ¿De verdad se lo creían?

Al igual que el concepto de “distopía” refiere, según la definición del DRAE, a “una representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, quizá deberíamos acuñar un neologismo para designar esta especie de mito regresivo negativo (“retrodismito” o “antimitorretro” podrían ser dos candidatos) que es el mito del fracaso glorificado. El mito de lo que pudo haber sido y no fue.

Ciertamente, convendría hablar del 68 no en términos de “yo” ni de “nosotros” sino, más freudianamente, en términos de “ello” y “superyó”, entre la expresión de las pulsiones y deseos que laten al nivel del inconsciente y la asunción interna de las normas morales como proyección de ideales establecidos en una determinada sociedad o cultura. En este caso, la idolatría de la juventud y el egocentrismo generacional fabrican su fantasía sublimada en el altar del fracaso: el héroe subversivo que en su insignificante derrota erige un panteón monumental; el revolucionario frustrado como nuevo mesías regresivo, sin redención posible. Ni falta que hace.

 

Fin de fiesta: la lección de Epicuro

 

Entre la novela negra de ideas, el reportaje distópico-nostálgico y el telegrama poético, Mayo del 68. Fin de fiesta es, probablemente, lo mejor que se ha escrito y se escribirá sobre el famoso acontecimiento parisino. Algún crítico escéptico añadiría con malevolencia: nunca evento tan nimio tuvo tan esmerado cronista.

Para Albiac hacer saltar lo establecido sin imponer un nuevo orden, como ocurrió en el 68, permitió abrir una grieta de libertad a la que aquella generación se lanzó de cabeza: una vida sin creencias, iglesias ni partidos, sin futuro ni finalidades. El puro lujo: la instalación en el ahora, en el “es”, en el presente continuo. Por eso considera que los sesentaiochistas han llevado una vida festiva, apoteósica: han podido entregarse al placer sin sentimiento de culpa y hacer en todo momento lo que les viniera en gana.

En conclusión, quizá Mayo del 68 no sea sino un producto de diseño más de París, la ciudad del diseño por antonomasia, la ciudad siempre de los que quisieron ser (la Belle Époque, los maravillosos años 20, el cine de autor), nunca la ciudad de los que son; como todo lo parisino, y por extensión lo francés, es corolario de esa necesidad imperiosa de dramatizar o amplificar sus gestos hasta el paroxismo. Tal vez el 68 no sea sino un gigantesco happening o instalación conceptual de las masas estudiantiles, ociosas y enrabietadas, transformado en selfie colectivo para saboreo posterior de las mieles de la nostalgia, como hemos apuntado antes. Acaso el 68 no sea sino un subgénero más de la maldita manía revolucionaria –léase totalitaria– de “hacer Historia” (o de creer hacer historia, o de decir haber creído haber hecho historia, etc.), de parar los relojes a pedradas e inaugurar un nuevo calendario al gusto de los jóvenes.

Lejos del cinismo o del ajuste de cuentas, la crónica de Albiac se sitúa en un tono de añoranza por el pasado. Una añoranza que no trasluce apego hacia la política –esa factoría de servidumbres voluntarias, esa maquinaria de subjetividades ficticias– sino entusiasmo por la vida, por la amistad, por la juventud. Al fin y al cabo, lealtad por lo que uno fue, o mejor, por lo que quiso ser.

La lección de Epicuro, tan magníficamente traducida a hexámetros por Lucrecio, ha sido bien aprendida: la vida como celebración del placer, del instante, del presente. Sin temores ni esperanzas.