“El escritor que no cuente la lucha entre ricos y pobres es un reaccionario” | Letras Libres
artículo no publicado

“El escritor que no cuente la lucha entre ricos y pobres es un reaccionario”

El novelista y poeta Manuel Vilas acaba de publicar América (Círculo de Tiza), un libro de viajes por el Midwest estadounidense.

Estados Unidos no se puede entender como un país monocromático. Dentro de él, convergen diferentes tonos que rematan la diversidad que encarna un enorme país forjado a golpe de inmigrantes. La imagen que proviene del mundo audiovisual americano y que se difunde del país no es suficiente para comprenderlo; además de los prototipos urbanos de Los Ángeles, Nueva York o Chicago, se desarrollan otros modelos sociales completamente opuestos. Estas zonas, alejadas de las grandes urbes, han sido las que han cobrado últimamente (im)popularidad tras mostrar su sólido apoyo a Donald Trump. Zonas donde todavía queda un fuerte legado natural, donde no hay superpoblación, donde las ciudades todavía crecen a lo ancho; allí donde se desenvuelve la clase media estadounidense. Zonas como el Midwest.

Manuel Vilas recorrió durante meses el Midwest y lo ha transcrito en América (Círculo de Tiza), que comprende viajes, memorias, observaciones; un ensayo de cotejo entre España y EEUU, calculado a través de lo político y lo social, que se reserva un poemario para el epílogo. Una novela frankesteiniana que ayuda al autor a comprender mejor el país que eligió a Trump como presidente, pero que también le ayuda a entender mejor a su propio país. Quizá, como dijo Antonio Muñoz Molina, no hay mejor corresponsal que un poeta con talento.

Estados Unidos es un país del que mamamos hábitos de consumo, noticias, cultura, política… ¿Pero realmente lo conocemos tan bien?

 Yo pienso que no. La imagen típica que llega es la del mundo audiovisual americano, basada en las grandes ciudades como Nueva York o Los Ángeles. La América de la que yo hablo en el libro, la del Midwest, es la desconocida. Es la que ahora nos ha sorprendido a todos porque se ha manifestado políticamente al salir elegido Trump; allí es donde más votos ha obtenido. Nos hemos llevado la sorpresa de que la América profunda existe, aunque no tenga una representación audiovisual tan potente como Nueva York.

Te alejas de esas ciudades grandes que son perfectamente conocidas en Europa, en España, para adentrarte en el Midwest. ¿Cómo lo describirías?

Es un territorio donde la naturaleza todavía existe. Quizá esa sea una de las claves para entender la América profunda. La naturaleza allí es contundente. Intento explicarlo con un ejemplo: los miles de kilómetros cuadrados y la poca densidad de población que hay. EEUU tiene casi 10 millones de kilómetros cuadrados de extensión, y tiene 320 millones de habitantes. Eso hace que en el medio oeste la naturaleza sea un lugar donde puede haber todavía especies sin reconocer. Esto explica un poco el imaginario americano. La naturaleza también funciona como lo atávico, como la noche del terror.

Además de la importancia de la naturaleza, resaltas en el libro una serie de premisas en estas ciudades que para un europeo son desconcertantes: unas calles vacías, donde los protagonistas son los coches, sin centros de ciudad…

Al ojo europeo, el Midwest es una idea completamente diferente de ciudad. Esta idea europea se construye a través de la convivencia, de la plaza del pueblo, de la calle mayor… Todas esas ideas urbanísticas están al servicio de la convivencia. En EEUU eso no ocurre; no hay casco antiguo, ni plaza, ni nada. Yo ironizo a este respecto diciendo que no existe la plaza de Abraham Lincon. Esa distorsión urbanística la interpreto como una causa de distorsión social, que lleva aparejada la soledad. La vida vecinal no existe; es sustituida por la vida en la casa, eje fundamental de la sociedad. Es el principio de vida: estar en tu casa, con la bandera plantada en la puerta, en una especie de recinto donde uno es el emperador de su morada. Esto sucede en detrimento de la vida vecinal.

Esto que describes se puede ver perfectamente en Los Simpson. Una mofa sosegada del American way of life.

Para mí Los Simpson funciona como una forma de blindaje de la clase media americana contra la parodia y el humor: nosotros mismos nos vamos a reír de nosotros mismos, y así nos blindamos antes de que lo hagan otros. En otras palabras; nosotros mismos nos damos cuenta de que estamos chiflados.

En este sentido de parodia, de ironía, en el libro comentas que en EEUU triunfó el comunismo más que en la propia URSS.

A veces suelto afirmaciones de ese calibre, llenas de ironía, que en realidad más que afirmaciones son dudas. Lo que quería decir es que es un país con gran éxito económico. Esto es algo innegable. El país al que quiere ir a vivir todo el mundo. Ese éxito económico ha supuesto que la clase media americana haya sido redimida, y que toda Europa quiera alcanzar esos niveles. No ha habido ninguna alternativa capaz de rebatirlo. La última utopía cayó con el Muro de Berlín.

Alternativas anticapitalistas hay.

Con lo que se refiere a España, es muy elogiable que la insatisfacción que ha nacido de la crisis, se haya canalizado a través de la izquierda, no como en Francia con Le Pen o en EEUU con Trump. Eso hace de España un país elogiable, que está muy sano políticamente en la respuesta ante la crisis. La creación de Podemos ha supuesto una respuesta de imaginación sorprendente. En este sentido me parece que España tiene mucho que decir internacionalmente.

A mí lo que me incomoda son los análisis políticos sencillos. El capitalismo es de una enorme complejidad; los anticapitalistas deberían leer más libros. Ser anticapitalista es ser nihilista. El capitalismo lo ha cubierto todo, respiramos capitalismo; incluso nuestro anticapitalismo es capitalista. Está en todo: en la relaciones sociales, amorosas, en la literatura… En la naturaleza humana.

Todo esto que has ido desgranando sobre el Midwest lo haces en contraposición a lo que conoces de España, de Europa.

¿Quién está mirando a EEUU? Yo. Yo soy unas coordenadas histórico-políticas, morales y culturales. ¿Cómo llamarlas con un solo nombre? España. La mirada que lanzo es la de un español de clase media-baja, que ve, que compara precios, formas de vida… Uso la mirada española para analizar lo que veo. Es como si estuviera presente toda la sociología española al comparar. También es un libro muy poético; muy poético en el sentido de que hay un enamoramiento del país.

Esa mirada que haces, ese viaje que creas, también te supone un destierro de tu lado español, del nacionalismo.

Durante la escritura del libro encontré una palabra que me sedujo mucho: desistimiento. Desistir. Una especie de renuncia amable, sin ningún tipo de estridencia, sin tragedias ni dramas.

¿Por qué ese desistimiento?

Ese desistimiento no implica que me haga americano; es un desistimiento de todas las nacionalidades, de la construcción del mundo desde las naciones. Eso es una idea del XIX. Incluso la Unión Europea no ha sido capaz de derribarlo; sigue siendo un compendio de países como Francia, Alemania, Italia… todos bien diferenciados. El mundo sigue construido en naciones. Es una reivindicación de lo individual respecto a lo nacional.

Por otro lado, también me he sentido un poco fracasado en cuanto a escritor en España, ya que es un país donde es muy difícil vivir de la cultura. Aquí la cultura no le importa a nadie. Esto no invita a estar muy contento aquí. ¿Por qué no puede vivir un escritor de su trabajo de la cultura?¿Por qué la cultura no da trabajo?¿Por qué pagan tan mal a los escritores? Es una especie de cansancio.

Esa segunda oportunidad la encuentras en EEUU.

Sí, esa oportunidad de cambiar de vida la encuentro allí. Pero no para construirme otra nacionalidad, sino para renunciar a todas.

Elevas la voz contra los nacionalismos en un momento en que están en alza. ¿Volvemos al cierre de filas?

Alzo la voz contra los nacionalismos porque envilecen la vida de la gente. Ahora parece que están en su mejor momento; hay un rebrote nacionalista tremendo. El problema del nacionalismo es que no acepta críticas; no hay racionamiento al respecto, no hay argumentaciones posibles, no hay debate. El nacionalismo por antonomasia es la verdad, y como tal, es un dogma. Tiene que ver mucho con la religión, es un problema de fe. No hay sitio para alguien que no quiera ser de ninguna patria. Si en el siglo XIX la idea de patria tuvo sentido porque la dinamizaba, a día de hoy la paraliza.

El libro se articula bajo la colisión de contrastes entre ricos y pobres.

Ese es el tema fundamental de toda mi literatura. En todos mis libros, si hay una temática transversal, es esa. Es el único tema universal: la fricción entre ricos y pobres. Esto es el mundo. El momento de la historia es la lucha entre ricos y pobres. Lo demás no existe. Ahí sí que me puedo poner un poco estupendo desde el punto de vista ideológico: el escritor que no esté dando cuenta de esto es un escritor absolutamente reaccionario. Porque es lo que hay en el mundo.

¿Por qué me interesa la literatura? Porque es una representación inteligente de lo que nos ocurre como sociedad y como seres vivos. Y lo que está ocurriendo en el mundo es eso.

¿Cuánto de culpa tuvo el movimiento pop en el alejamiento de la crítica del arte, de la música, de la literatura?

Los grandes del pop son grandes millonarios. Yo ironizo mucho en el libro sobre en qué se van a gastar la fortuna los grandes del pop. Se la gastan en geriatría avanzada, en la prolongación de la vida. Eso va a diferenciar la vida entre ricos y pobres en las generaciones venideras. Evidentemente eso ya ocurre.

La socialdemocracia creó una idea buenísima: la sanidad pública. En ella, los pobres también tenían derecho a alargar su vida, como lo estaban haciendo los ricos. Trump y todos los que tienen sanidad privada no quieren que los pobres vivan tantos años. La lucha contra la sanidad pública es básicamente esto.

¿Cómo es posible entonces que tanta gente pobre haya votado a Trump?

Es una paradoja histórica que intento resolver desde la literatura. La sociología política habla del populismo. Las fórmulas del populismo son exitosas en cuanto a que encierran una fórmula demagógica: hacer creer al votante que hasta ahora ha estado en manos de unas élites políticas.

En el caso español, la socialdemocracia española se enriqueció. Todos los distintos gobiernos se enriquecían y la clase media no. Llegó la crisis y los políticos seguían enriquecidos mientras que la clase media empobreció. Ese fue el éxito de Podemos: señalar a los políticos ricos, mientras que la gente que les vota es pobre. En EEUU pasa igual, pero en vez de ir el voto a la izquierda, ha ido a un voto de derechas.

Esto mismo sucede con la idea de la inmigración. En el libro cuentas una historia de un vagabundo que dice que te confunde con un chino y que dice que va a votar a Trump porque los chinos son los culpables de la crisis. ¿El miedo nos está matando a todos?

Yo ahí me di cuenta del alcance de la fórmula populista. El miedo es una de las fórmulas más exitosas del capitalismo. El miedo a la miseria funciona bien. Cuando se habla del poder, no se tiene conciencia de que el poder somos todos. Cuando se critica al capitalismo, hay que ser consciente de que todos estamos en el ajo: tú también quieres prosperar en el trabajo, comprarte un móvil mejor, tener unos zapatos mejores… La codicia está en el corazón del capitalismo. Me gusta explorar al capitalismo desde la literatura ya que se deja explorar bien.

Es curiosa esta xenofobia, cuando EEUU fue un país forjado por inmigrantes.

Esta es una paradoja enorme. Ahí es donde Trump va a tener un problema enorme. La grandeza de ese país se fundamenta en la variedad y capacidad de integración de la inmigración. Negar eso, es negar el fundamento de EEUU. También tiene a su favor el terrorismo yihadista. En este momento, estas ideas pueden tener adeptos, pero va contra el ADN de Estados Unidos. Tarde o temprano ese discurso acabará tocado.

También habla del desprestigio que tiene el español.

Yo ahí me siento como observador. El español que hablan los latinos, yo lo llamo una lengua susurrada; no se habla en voz alta o normal. Es la lengua de los pobres, que te delata como pobre. Me hace mucha gracia todas estas alabanzas que se montan en España, pero no se dice la verdad: que de 500 millones de hispanohablantes, 450 viven en países pobres. A mí eso me molesta porque es profundamente reaccionario. Esa política triunfalista me molesta porque es una fuerza demográfica, pero no cultural. A ver si el ministro de educación lo dice. Hasta que esa potencia demográfica no se transforme en 500 millones de gente que vive en sociedades viables, no tiene sentido. Esta verdad es incómoda. Que la lengua del rey Felipe VI en EEUU suponga la lengua de los miserables nadie lo dice. Nadie dice la verdad.

Si hubiera políticos de Estado inteligentes que supieran sacar al español de la situación en la que está, probablemente EEUU sería bilingüe. Ahora bien, dudo mucho que el gobierno de Rajoy tenga a alguien en su equipo capaz de hacerlo. Empezando por él, que carece de relevancia internacional. Es al último al que llamó Trump. Casi llama antes a Puigdemont.

Solo nos queda rezar un ‘Take a walk on the wild side’.

No quiero trasladar una idea de pesimismo. Me molesta que no se parta de la realidad, el ocultamiento de la verdad. Yo sí creo que el español tiene un futuro vertiginoso. La única solución es que a mí me nombraran ministro de cultura, pero como no lo van a hacer… Los de mi generación deberíamos haber participado más en política, pero creíamos que nos íbamos a ensuciar las manos. Realmente es la única forma de cambiar las cosas.