Dylan no lo necesita, pero por sus letras se ganó un premio Nobel de Literatura | Letras Libres
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Dylan no lo necesita, pero por sus letras se ganó un premio Nobel de Literatura

Lo literario es de pronto literal, pero también de pronto incomprensible en el Blonde on Blonde, el primer vinilo doble del Rock & Roll, que cerró la trilogía eléctrica, 34 canciones grabadas en 15 meses.

Blonde on Blonde salió a la venta hace 50 años, a una semana de que Bob Dylan cumpliera 25, (el mismo día que salió otro de mis discos favoritos, el Pet Sounds de los Beach Boys).

Cuenta la leyenda, la leyenda Al Kooper, músico y amigo de Bob Dylan, quien toca el órgano en Like a Rolling Stone, que cuando se grabó el Blonde on Blonde, primero en Nueva York y después en Nashville, ambos se encerraban en la habitación del hotel de Dylan; Dylan le enseñaba las melodías a Kooper, Kooper las tocaba en el piano y Dylan, entonces, escribía letras. A Kooper, mientras tanto, se le iban ocurriendo arreglos que más adelante concertaba en el estudio con los músicos, algunos de The Hawks, el grupo gringo-canadiense que se convertiría en The Band y algunos músicos locales, que tal vez ni sabían quién era Bob Dylan, para ensayar y prepararse para que él llegara nomás a grabar.

Dylan llegó con su guitarra, su armónica y su voz nasal a los 19 años de Minnesota a Nueva York; tocaba en bares y cafés del Greenwich Village, dispuesto a convertirse en un cantante a la Woody Guthrie, su primera gran inspiración e influencia, o a la Hank Williams o Robert Johnson. El flacucho que tantas veces se escapó de casa y tantas otras se debatió con qué nombre presentarse, estaba decidido y era ambicioso. A los pocos meses estaba firmando con Columbia Records. Pronto tendría un manager, tocaría con grupos fundamentales del folk como Peter, Paul and Mary o con Joan Baez.

El joven autor de la famosa Blowing in the wind y A Hard Rain’s A-Gonna Fall, empezó a cambiar. Se mostraba más interesado en la experiencia, transitaba de la protesta a una lírica más personal, anecdótica e individualista.

Ese séptimo álbum de estudio, cuyo título es acrónimo de Bob y cuya portada es una fotografía del neoyorquino Jerry Schatzberg en el Meat Market en Manhattan, llegó un año después del mítico concierto en el Newport Folk Festival el 25 de julio, un mes antes de que saliera el Highway 61 Revisited. Era 1965, Dylan fue uno de los headliners y “electrificó” el concierto con la ayuda de Kooper. Fue un set de apenas tres canciones, no habían ensayado más. El público no reaccionó bien de inmediato, al contrario. Bajando del escenario, lo regañaron, alguien le prestó una guitarra acústica, Dylan no traía una, y regresó para tocar Mr. Tambourine Man y It’s All Over Now, Baby Blue. El encore satisfizo, por fin, a la concurrencia. Like a Rolling Stone, sin embargo, fue parte de esas tres canciones que al sonar hicieron historia, junto a Maggie’s Farm, la canción de una mujer fuerte que manda, (The Specials tiene una buena versión), y It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train To Cry.

Blonde on Blonde, el álbum en el que Charlie McCoy tocó con la mano izquierda el bajo y con la derecha la trompeta en Most Likely You Go Your Way and I'll Go Mine; para el que tuvieron que conseguir a alguien que tocara el trombón y enseñarle Rainy Day Women #12 & 35 en la misma sesión; el de Sad-Eyed Lady of the Lowlands sobre Sara Lownds, que es, por cierto, un auténtico poema; el de Just Like a woman, que según Patti Smith trata de Edie Sedgwick; el de Most Likely You Go Your Way (And I’ll Go Mine) que ha musicalizado todas y cada unas de mis separaciones; el de la dolorosa She’s Your Lover Now (“La escena era delirante, ¿no?/Ambos tan contentos/De verme destruir lo mío/El dolor saca lo mejor de la gente, ¿verdad?/¿Por qué no me dejaste si no querías quedarte?”); ese álbum sobre amar y ser miserable, que evoca lo cotidiano, lo que otros han tratado de representar sobre lo que sentimos, pero sin concretarlo en una escena específica, melancólica y decadente, en la calle, al interior de un departamento, en las vías del tren. Lo literario es de pronto literal, pero también de pronto incomprensible en el Blonde on Blonde, el primer vinilo doble del Rock & Roll, que cerró la trilogía eléctrica, 34 canciones grabadas en 15 meses, e inauguró un Dylan, El Dylan. El que no lo necesita, pero por sus letras se gana un premio Nobel de Literatura.

 

 

 


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