De Corrientes a Manhattan: adiós a Lía Schwartz (1941-2020) | Letras Libres
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De Corrientes a Manhattan: adiós a Lía Schwartz (1941-2020)

La filóloga fue una agitadora cultural incansable, colaboradora de instituciones ineludibles para la difusión de las artes, las lenguas y las ciencias españolas e hispanoamericanas.

Tendríamos una idea muy diferente sobre Francisco de Quevedo de no haber sido por Lía Schwartz. El ímprobo trabajo de la filóloga argentina sobre uno de los autores más conocidos de la literatura española ha configurado buena parte de su imaginario y se ha erigido en la base de posteriores interpretaciones. Así lo prueban sus libros Metáfora y sátira en la obra de Quevedo (1984) y Quevedo: discurso y representación (1986), además de sus ediciones de La Fortuna con seso y la Hora de todos (2003 y 2009), sus coediciones de la Poesía selecta (1989) y Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas (1998), o su compilación de ensayos Quevedo a nueva luz: escritura y política con Antonio Carreira (1997). Con eso bastaría para conceder a la profesora Schwartz un lugar destacado en el plantel de la Filología Española. Sin embargo, la profusión de sus méritos fue mucho más allá.

La formación de Lía Schwartz en Lenguas y Literaturas Clásicas y en Filología Española tuvo lugar en diferentes puntos de la geografía mundial: desde la Universidad de Buenos Aires, en su país natal (Corrientes, 1941), que abandonó con una beca para estudiar un posgrado en la Johannes Gutenberg Universität de Mainz, Alemania, hasta la University of Illinois, en Estados Unidos, donde se doctoró en 1971 con una tesis dirigida por James O. Crosby. Desde entonces no paró de estudiar textos y proponer fuentes, de idear proyectos a los que el destino puso fin el pasado 31 de mayo en Nueva York, en cuya universidad pública desempeñó su actividad académica durante los últimos veinte años. Lía Schwartz fue directora del programa Literaturas y Lenguas Hispánicas y Luso-brasileñas, además de catedrática de Literatura Española y Literatura Comparada en el Centro de estudios graduados de la City University of New York. Allí impartió lecciones magistrales en inglés y castellano sobre La invención del amor en la literatura española, con Herrera, Garcilaso o Góngora; Cervantes y la crisis de la novela europea, sobre el Persiles y las Novelas ejemplares; pero también monográficos sobre el Quijote; e, incluso, con calas en Coleridge o Kafka, instruyó sobre los precursores de Borges, que fue maestro suyo.

Previamente, Lía Schwartz trabajó como docente en Fordham University, New York University, Princeton University, University of Pennsylvania y Darmouth College. Al mismo tiempo, su experiencia profesional la llevó como invitada a innumerables universidades de todo el mundo: en Estados Unidos (Harvard, Yale, Brown, Duke, Smith College, Maryland, Ohio State, Chicago); Latinoamérica (Buenos Aires, La Plata); Europa (Sorbonne, Toulouse, Munster, Amberes, Birmingham, Parma, Venezia, Napoli); y, sobre todo, en su adorada España, con cuyos colegas mantuvo un estrecho vínculo a lo largo de su vida (A Coruña, Santiago de Compostela, Salamanca, Barcelona, ​​Córdoba, Sevilla, Alcalá de Henares, Murcia, Madrid, La Laguna, Vigo, Zaragoza).

Fue una agitadora cultural incansable, colaboradora de instituciones ineludibles para la difusión de las artes, las lenguas y las ciencias españolas e hispanoamericanas en los Estados Unidos como la Hispanic Society of America, el Queen Sofía Institute o el Instituto Cervantes de Nueva York. Precisamente en su sede, bajo el auspicio de las dos entidades anteriores, se presentaba el año pasado un volumen conmemorativo de su excelsa carrera, Docta y sabia Atenea. Studia in honorem Lía Schwartz (2019), editado por Sagrario López Poza, Nieves Pena, Mariano de la Campa, Isabel Pérez Cuenca, Susan Byrne y quien firma estas líneas. El evento puso en evidencia el afecto y respeto que sus discípulos, compañeros y amigos le profesaban, y sirvió de homenaje para una investigadora cuyos logros fueron todo un ejemplo para otras mujeres que no lo tuvieron sencillo en una época de cambios. Una admiración que se ganó a pulso hasta sus últimos días: solo Lía montaría en un avión convaleciente para la defensa de una tesis en Oslo o escribiría una carta de recomendación para una estudiante a los pocos días del fallecimiento de su esposo, Isaías Lerner, otro sabio erudito. Su entrega a la profesión se convirtió asimismo en aliento de muchos para cruzar fronteras y libar, como abeja diligente, flores y códigos de uno y otro mundo. Convertida en la mayor defensora de la filología en Estados Unidos, supo navegar con pericia las modas críticas y adiestró con soltura en teorías pasajeras.

Los mejores frutos de su tenaz pesquisa vieron la luz en lo más granado de las revistas científicas. Y, ahora que está tan de moda el asociacionismo, la implicación de Lía Schwartz en comités y juntas directivas de las más destacadas sociedades mundiales en su disciplina causaría sonrojo a más de uno. Con ello sirvió de puente entre las dos orillas del Atlántico y fortaleció los lazos entre especialistas de todos los rincones; valga como ejemplo su participación activa en la Renaissance Society of America, la Modern Language Association, la Asociación Internacional Siglo de Oro o la Asociación Internacional de Hispanistas, de la que fue presidenta de honor. Esa deslumbrante trayectoria le valió reconocimientos como la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (1999), la Orden del Mérito Civil (2013) o su nombramiento, en 2016, como Académica correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española.

Quienes la tuvieron cerca podrán corroborar su trato cercano, su generosidad y su deslumbrante tino a la hora de recitar poemas, como aquel que versaba: “Corrientes, a cuya vera el Paraná es una espada / gallardamente colgada del flanco de su ladera”. Con aquellos versos me deleitó en varias veladas en su casa de Chelsea, insuflando la nostalgia del origen en su memoria perenne y mi embeleso, al recordar las raíces del fundador de su tierra: Juan Torres de Vera y Aragón (1527-1613). Decía que, en el fondo, ella era también un poco aragonesa, siquiera por afición. No en vano fue la mejor conocedora de la obra de los Argensola, abanderada de Baltasar Gracián en territorio norteamericano y una enamorada de los epigramas de Marcial, que con Lipsio, Propercio o Estacio, rastreó incansable en la poesía española. Así llevó hasta las últimas consecuencias la máxima quevediana de que “no es sabio el que sabe dónde está el tesoro, / sino el que trabaja y lo saca”. Gracias por tanta riqueza.