Conocerlo es quererlo. Antología de Phil Spector | Letras Libres
artículo no publicado

Conocerlo es quererlo. Antología de Phil Spector

Muerto el monstruo, quedan su innegable legado, su fortuna, su invento –el famoso muro de sonido– y su dedicación hacia un negocio (el pop) que Spector entendió (y dignificó) como pocos.

Con un final a la altura de su siniestra mítica (fallecido a causa del coronavirus en la prisión donde cumplía condena por asesinato), Phil Spector siempre tuvo algo entre lo caricaturesco y lo ominoso: basta con revisar su breve aparición como camello en el asiento trasero de un Rolls en Easy Rider. Su aspecto como de teleñeco, oculto bajo unas gafas de sol en su juventud y bajo kilos de pelo –pelucas– en su vejez, han sido su afición a las armas de fuego y su poco –ningún– respeto por la vida humana los que han alimentado los titulares y sus necrológicas.

Llegó a decir de sus discos que “tienen comienzos simples pero terminan con mucha fuerza”. Como su vida.

Muerto el monstruo, queda su innegable legado, su fortuna (“el primer magnate de la era juvenil” lo llamo Tom Wolfe), su invento –el famoso muro de sonido– y su dedicación hacia un negocio (el pop) que Spector entendió (y dignificó) como pocos.

Su idea, por sencilla, no puede ser más brillante: usar músicos y recursos de la música negra, arroparlos con ambiciosos arreglos basados en capas y capas de instrumentos –sobre todo cuerdas y metales– en glorioso sonido mono (lo que le daba un aspecto compacto, apretado) para crear pequeños melodramas románticos operetas de menos de tres minutos para entretenimiento y disfrute de las clases medias blancas.

Nunca fue más fácil enamorarse, romper y volver a enamorarse con las canciones de Phil Spector. He aquí un intento de hacer una antología de sus muchos hallazgos.

“To know him is to love him” –dedicada a su padre suicida– serviría de perfecta música para los títulos de crédito de la vida de Spector: dos minutos de pop edulcorado que editó bajo el nombre de su primera banda (The Teddy Bears) y en el que ya se encuentran las claves de su sonido.

De esa primera época (cuyas claves se encuentran en el completísimo recopilatorio Back to Mono) es complicado seleccionar solo unas pocas canciones. Estamos hablando de una etapa en la que Spector creó una especie de laboratorio para músicos (tuvo y formó a los mejores instrumentistas de la época: Glenn Campbell, Sonny Bono, Hal Blaine, Leon Russell o Barney Kessel) escritores (nada menos que la flor y nata del Brill Building) y arreglistas, y en la que surgieron tantas obras maestras e ideas que es complicado destacar solo algunas. Podríamos hablar del juguetón aire casi calypso de “Spanish Harlem” de Ben E. King, el tintineo y el ritmo de “He hit me (and I feel like a kiss)” de The Crystals, donde ya apuntaba su afición a soltar golpes y bofetadas, el contagioso juego de los metales de “Da doo ron ron” también de las Crystals, la mezcla genial de campanillas, cabalgamiento, guitarra surf, metales y vientos de “Then he kiss me”; el juego de voces angelicales y coros espectrales que transitan a lo largo de la extrañísima “Hung on you” de The Righteous Brothers, la épica celestial de “Just once in my life” de The Righteous Brothers (con uno de los puentes más inesperados y hermosos del cancionero spectoriano) o, de nuevo de ellos, la famosísima “You lost that loving feeling”, algo así como el sentimiento trágico del romanticismo en versión Norman Rockwell.

Spector, aficionado a las campanillas y los villancicos, tuvo tiempo de concebir el que probablemente sea el mejor, el más espectacular y sentido villancico de la historia, el célebre “Christmas baby please come home”, escrito por la pareja formada Ellie Greenwich y Jeff Barry e interpretado por Darlene Love.

Una producción extensa, compleja y llena de matices que llega a su cima con la batería que abre “Be my baby” de las Ronettes: la sonrisa de la Mona Lisa del rock and roll, una canción modélica, pluscuamperfecta, con un estribillo como no hay muchos y escrita a pachas por Spector y, de nuevo, Barry y Greenwich, y a la que contribuyó el compinche de Spector, el igualmente genial e igualmente complicado Jack Nietzche, fallecido hace unos años.

Si la primera época de Phil Spector, la de los singles, es la del amor, su segunda época, de álbumes, es la de la muerte. Pocos nombres podían presumir de haber estado detrás de discos tan polémicos, complicados y malditos.

Y el primero, el disco maldito por antonomasia: el controvertido Let it be de los Beatles; a pesar del propio Paul McCartney, que odió los arreglos de Spector y se cobró su venganza editando las canciones tal y cual se grabaron –desnudas, sin arreglos– años después.

Imposible olvidar los coros extraterrestres, las cuerdas y ese extraño mejunje espacial, casi ruido, que envuelve “Across the universe”, el aire cabaretero medieval de “I me mine”, la épica y el órgano y la guitarra de la parte final con la que eleva la melodía escrita por McCartney en “Let it be” y sobre todo su lectura –la más odiada por McCartney– de “The long and winding road” –otro estribillo genial–, a la que convertía en un himno póstumo con esa capa melosa de vientos y cuerdas.

La relación de Spector con los Beatles no acabó ahí. Aunque McCartney no quiso volver a verlo en su vida, el bueno de Phil acabó haciéndose compinche de John Lennon, con quien creó su característico e imitado sonido en los discos en solitario del ex beatle: esa voz doblada una y otra vez –en una especie de juego de espejos con las voces de las Ronettes–, la omnipresencia del piano, una base rítmica pulida, limpísima y concentrada, esa especie de rock and roll oscuro, con un aire profundo de fatalismo y melancolía.

Ahí están la fragilidad del famosísimo “Imagine”, el sobrecogedor final de “Mother”, la muy spectoriana “God”, la inesperada sobriedad de “Working class hero” o el misterio en la evocadora “Jealous guy” o todos los hallazgos –infinitos– que se esconden en Rock and roll, el disco homenaje de Lennon –y Spector– al rock and roll clásico que el propio Spector contribuyó a inventar.

Tras la muerte de Lenon, Spector dejó huella en otro disco maldito. Su contribución es la clave del que puede ser mejor trabajo de Yoko Ono (al margen de su aportación en Double fantasy): Season of glass –famoso por su controvertida portada con las gafas ensangrentadas de Lennon– publicado poco tiempo después del asesinato y con joyas como la escalofriante “Mindweaver”, con una guitarra española, percusiones latinas y un colchón de sintetizadores acompañando la tristísima melodía con la que Yoko recuerda a Lennon.

Además de Lennon, Spector también dio un empujón (definitivo) a la carrera de George Harrison (ambos hermanados por la espiritualidad y cierto esoterismo) produciendo su mejor disco en solitario, el excesivo All things must pass. Compuesto por canciones despreciadas por los Beatles que Harrison acumuló año tras año y grabado casi en directo, con millones de aportaciones de músicos y más músicos y pistas y más pistas, Spector puso el foco en la voz de Harrison, su obsesión durante la larga, compleja y tensa grabación. El resultado es una obra maestra ya desde el arranque –casi pastoral, algo inédito en Spector– con “I’d you have anytime” y con pequeñas joyas como el “What is life” –el tema más Spector del lote, casi una canción de su primera época, con ese fuzz y ese sonido de rock casi negro–, la luminosidad gospel de “Awaiting on you all” o la furia de las guitarras psicodélicas de “Wah wah”.

Pero su aura de leyenda viva del rock atrajo a otros artistas (queda su frustración de no haber producido a Dylan –“ese chico me necesita” dijo en 1969–) de los cuales destacan dos nombres y dos grabaciones, a cuál más violenta y atribulada.

No se sabe cómo, Spector convenció a alguien tan poco dado a los arreglos y al exceso –sus grabaciones, ya sean con guitarras o con sintetizadores siempre son espartanas– como Leonard Cohen, con el que grabó su disco más crooner y a la vez menos Cohen, Death of ladies man. Un disco decadente y paródico que arranca con las maracas y bongos cachondones de “True love leaves no trace” y donde las locuras de Spector no terminan: desde la batería y la voz doblada a lo Lennon de “Iodine” a los coros –Dylan, Allen Ginsberg– de “Don’t go home with your hard-on” o la ambiciosa suntuosidad –campanas y todo– de los casi diez minutos de la titular “Death of a ladies man”.

Cohen odió el resultado, claro. Un disco, grabado entre botellas de tequila y, ¿adivináis?, armas de fuego, que retrata a dos conquistadores venidos a menos. Dos mujeriegos compartiendo miserias (ese “Memories” con el que Cohen recuerda a la amante, Nico, que no pudo ser) y en el que podemos encontrar un rasgo –apoyarse en una voz femenina– del que Cohen se apropió y que no abandonó en sus siguientes discos.

Para los Ramones, Spector produjo el polémico End of the century, su intento de reinar en el territorio pop, con instrumentaciones más complejas –alejadas a veces del formato guitarras, bajo, batería– y del que hay cien mil leyendas: desde aquellas sesiones infinitas de grabaciones de guitarras a las peleas entre los Ramones y el abuelo Munster –el actor Al Lewis, amigo de Spector– el uso y abuso de todas sustancias, la presencia eterna de las armas de fuego o las películas de terror (malas) que, al parecer, veían hasta la madrugada.

Al margen de su leyenda, puede que estemos ante el mejor disco de los Ramones –por su mezcla de simplicidad y arreglos más retorcidos– y también el que los mató, frustrados por no ser ni un superventas pop ni un grupo maldito underground. Con todo, la cara A de End of the century es modélica: el arranque de “Do you remember rock and roll radio” es toda una declaración de intenciones, esa mezcla perfecta entre el punk anfetamínico y los arreglos de metal igual de acelerados, los aplausos que hacen de ritmo en “The return of Jackie and Judy”, los violines de “Baby I love you”, el sonido casi radiofórmula de “I’m affected” (con esas afiladas guitarras surferas finales) o la limpieza inesperada de “Danny Says” –ese arranque acústico– para entrar con una maraña de guitarras que se adelanta muchos años a producciones del estilo Ric Ocasek que proliferaron décadas después.

Para terminar dos joyas ocultas.

Por un lado el que puede ser mejor disco, concebido como álbum, grabado nunca por Spector: Born to be with you, de Dion. Cantante de la era dorada del doo-woop con sus Belmonts, Dion estaba ya casi olvidado como artista cuando Spector se empeñó en grabarle un disco que aprovechara su voz madurada por el tiempo. El resultado es un disco sobre la decadencia del amante, algo así como la versión grabada del Casanova de Fellini: espectral, mortuorio, siniestro y tristísimo, que asombró a gente como Bruce Springsteen y a Bobby Gillespie y que espantó, otro clásico, al propio Dion cuando lo escuchó.

Por otro lado, hay que reivindicar la desconocida colaboración con uno de los más auténticos trovadores country, John Prine. Junto a él escribió y produjo Spector “If you don’t want my love”, escondida en el disco del 78 de Prine, Bruised orange. Una sutil y hermosa canción que muestra un Spector desconocido –el más cercano a la música de raíz– en la que los coros y el pedal steel mecen una estrofa/estribillo repetitivo y mágico.

Hace unos meses Prine murió de coronavirus. Hace unos pocos días Spector. Se van cerrando poco a poco los ojos de la gran historia de la música americana.

Aquí la playlist