Cómo las películas de terror y la cultura rave me convirtieron en el cineasta que ahora soy | Letras Libres
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Cómo las películas de terror y la cultura rave me convirtieron en el cineasta que ahora soy

El director de ‘Undergods’ escribe sobre una infancia y adolescencia inusuales, y sobre la influencia que tienen en su trabajo.

Tenía seis años cuando mi madre trajo a casa nuestro primer vídeo: un regalo de su futuro marido, que imagino que quería caerme bien. No puedo expresar el nivel de excitación que sentí cuando sacamos del envoltorio ese tosco y plateado trozo de tecnología alemana en mi salón. Ese aparato abrió el portal de una nueva dimensión de mundos de fantasía, monstruos y gore en el paisaje grisáceo y monótono de bloques de pisos de mi infancia en Madrid. A principios de los años ochenta, se consideraba que la sección de terror en los videoclubs era para niños. Los padres no parecían dar demasiada importancia a la idea de que sus hijos estuvieran expuestos a ese contenido extremo, y por supuesto nosotros como niños nunca contemplamos que hubiera nada insólito en ello. Quedarte a dormir en casa de un amigo a los 7 años podía incluir fácilmente El resplandor, El exorcista o Zombi 2 de Lucio Fulci.

Después de que los españoles hubieran vivido 40 años de autoritarismo bajo la tutela del dictador Franco, que murió en 1975, la libertad era lo que más apreciaban. Para niños como yo, eso no solo incluía la libertad de moverse solos por las calles de un Madrid asolado por el crimen, en medio de una epidemia de heroína, sino también la libertad de observar y leer casi cualquier cosa que quisiera. Después de que el PSOE ganara las elecciones en 1982, España puso fin a cuatro décadas de estricta censura católica, y de la noche a la mañana pasó de ser uno de los países más conservadores de Europa a ser uno de los más progresistas y liberales.

Esto ocurrió en una época en la que la presentadora del programa infantil más popular en televisión (nuestras opciones estaban limitadas a dos canales) era Alaska, líder de una banda gótica post-punk que tenía las uñas más largas que he visto en mi vida y actriz que participaba en una célebre lluvia dorada en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, una de las primeras películas de Pedro Almodóvar.

A medida que España se volvía más civilizada y el país hacía una transición hacia una democracia neoliberal de libre mercado a finales de los ochenta, algunos de esos programas eran revisados y La bola de cristal, el programa televisivo infantil donde la encantadora Alaska lanzaba eslóganes anticapitalistas, fue cancelada. Pero esa sensación de acceso sin restricciones a VHS para adultos duró unos años más. Puedo incluso recordar la época en que mi profesor de ética nos puso La naranja mecánica como tarea de clase, cuando tenía trece años.

A medida que llegábamos al final de los años ochenta, el género del terror fue dominado por franquicias infinitas o películas hechas directamente para el mercado de vídeo que eran menos atractivos que sus predecesores vídeo-nasty. Seguí alquilando cintas de vídeo, pero parte de la excitación que generaba ver las películas en mi infancia había desaparecido.

A comienzos de los noventa, percibía una sensación de tedio en el aire: todo lo nuevo parecía insulso en comparación con las películas, los discos y los cómics de las décadas anteriores. De adolescentes, mis amigos y yo escuchábamos rock de los 60, punk de los 70, heavy metal de los 80 y prácticamente cualquier cosa que estuviera unida a la etiqueta de la contracultura. Seguíamos atrapados en los hábitos rebeldes de la generación de nuestros padres, e intentábamos replicar, más de 20 años después, lo que gente como mi padre hacía en los 60. Pero no había nada de la excitación, la sensación de comunicación o los sueños utópicos de esa época. Para empeorar las cosas, el VIH copaba las noticias y la posibilidad del amor libre había desaparecido por completo.

Pero entonces llegó la escena rave. Wow. Tenía quince años cuando fui a mi primer club techno. Fue como una experiencia extracorpórea. Que les den a los 70. Que le den al rock. Que le den a la contracultura. Descubrir esos clubes donde juerguistas vestidos de cuero y con gafas de sol bailaban robóticamente al son de música hecha por ordenador durante 48 horas parecía formar parte de un culto futurista.

La escena rave de Madrid, a diferencia de las de ciudades como Manchester o Berlín, no estaba vinculada a ninguna escena cultural. Era una mezcla de chicos de clase trabajadora y clase media unidos por su amor compartido por la música electrónica y productos químicos que alteraban la mente. Pero eso era todo. Ninguno de mis amigos de la época sentía el menor interés por las películas, los libros o los cómics, así que yo también perdí el interés por esas cosas.

Al igual que mi primer vídeo, la escena rave abrió un portal hacia nuevos mundos, pero esta vez esos mundos eran más tangibles. Bailar durante horas siguiendo rápidos ritmos electrónicos mientras haces de luz de láser atravesaban una sala de baile atestada era lo más cerca que había estado nunca de formar parte de una película de ciencia ficción. Era la escapatoria perfecta de la estupidizante rutina escolar y el aburrimiento general de mi ambiente de clase media, mientras España aceptaba los sueños incumplidos de libertad y prosperidad ilimitadas que nos vendieron en los ochenta.

Pero, de nuevo, las cintas de VHS se abrieron camino en mi vida. Esta vez, aun así, las películas que descubrí eran totalmente distintas a los filmes de terror que había visto en mi infancia. Mi tío era crítico de arte y cinéfilo, y tenía una gran colección de VHS. Un día, tomé prestada Fresas salvajes de Bergman y me voló la cabeza. Desde entonces, y con algo de guía por su parte, pasé rápidamente a Godard, Tarkovsky, Kurosawa, Truffaut, Buñuel, Dreyer. Me convertí en una especie de vampiro: los fines de semana pasaba la noche despierto en raves y entre semana perdía sueño porque me atracaba con la colección de VHS de arte y ensayo de mi tío Paco.

Después de entrar a formar parte de la escena rave, pasé de ser un estudiante excelente a un joven problemático de libro. Me expulsaron de muchas escuelas y todo el mundo asumía –yo incluido– que mis perspectivas vitales eran bastante malas. En uno de esos fines de semana infinitos, me presentaron a alguien a quien también le gustaban las películas. Era un estudiante de cine y le sorprendió conocer a un raver hardcore que hablaba de Fellini y Polanski con tanta pasión en medio de la sala de baile. Nos intercambiamos los números, y después me olvidé por completo del encuentro.

Como parte de nuevo estilo de vida, pasaba largos veranos en Ibiza, una meca rave en los noventa. Si eras español, era fácil ir allí sin mucho dinero, porque podías quedarte en casa de gente y tener acceso a clubes prohibitivamente caros. Un día, a finales de septiembre, cuando la temporada de verano estaba llegando a su fin e iba a volver a Madrid totalmente destruido tras meses de fiestas sin fin, tuve mi primera gran crisis existencial. Había estado demasiado tiempo inmerso en la escena rave y estaba cansado de ella. La sensación de novedad había desaparecido y quería hacer algo distinto con mi vida. Pero ¿qué podía hacer cuando no tenía cualificaciones, ni experiencia laboral y me había pasado los últimos siete años saliendo?

Mientras entraba por la puerta de la casa de mi madre, al volver de Ibiza, sonó el fijo. Lo cogí. El estudiante de cine que había conocido unos meses atrás estaba al otro lado. Apenas recordaba quién era. Dijo: “¿Quieres ayudarme en un corto? ¿Puedes conseguir una furgoneta?” Respondí sí a las dos preguntas. El rodaje era un sábado por la mañana, así que, por supuesto, llegué directamente de una discoteca. Pero en el momento en que puse el pie en el rodaje, me di cuenta de que lo único que quería era hacer películas el resto de mi vida. Fue el final de mis años de rave, y no pasó mucho tiempo antes de que mis viejos amigos y esos fines de semana sin dormir parecieran una cosa del pasado.

Han pasado más de veinte años desde que recibí esa llamada. Mientras escribo este artículo en Londres, donde he vivido los últimos 15 años, mi primera película, Undergods, se proyecta en Estados Unidos y pronto se estrenará en el Reino Unido. La película está llena de referencias a películas de terror y fantasía de finales de los 70 y principios de los 80: desde Creepshow a Twilight Zone, pasando por otras menos conocidas como Xtro, y también a maestros del cine de arte y ensayo como Tarkovsky, Pasolini y Fassbinder. Es una mezcla de las influencias altas y bajas que hicieron de mí el cineasta que ahora soy.

Me he preguntado muchas veces a lo largo de los años qué habría sido de mí si no hubiera recibido esa llamada. Es bastante probable que no estuviera escribiendo este artículo. El camino en el que terminé es bastante distinto al que siguieron mis antiguos amigos de las raves, y me siento muy afortunado por que Alberto Ariza me llamara ese día. Aparece junto a mi tío Paco en lo alto de la sección de agradecimientos de los créditos de Undergods.

Publicado originalmente en Talkhouse.