¿Cómo hablar de cultura a los estudiantes? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Cómo hablar de cultura a los estudiantes?

Nadie lee a los clásicos y todos se pasan el día ante las pantallas, dicen los apocalípticos de la cultura.

Una de mis metáforas preferidas sobre la actividad cultural es el chiste de dos amigos que salen de un bar totalmente borrachos a altas horas de la madrugada.

-Se me acaba de ocurrir una idea genial -dice uno-. ¿Por qué no nos abrimos un bar?

-Qué bueno -responde el otro-. Pero ¿y si nos va mal?

-Si nos va mal lo abrimos al público.

El chiste dice algo sobre el componente lúdico o de puro placer que hay en muchas aventuras culturales. Por supuesto, es exagerado y reduccionista. Pero pienso a menudo en él cuando hablo ante grupos de alumnos.

En algunos lugares esto se hace en los institutos: por ejemplo, en el programa de invitación a la lectura que duró un par de décadas en Aragón, hasta que fue eliminado por el gobierno de Luisa Fernanda Rudi. Yo he sido alumno en algunos de estos programas y ahora hablo de vez en cuando, en solitario o en mesas redondas. Me gusta hacerlo porque es una buena oportunidad para contar cómo es tu oficio. Siempre resulta sorprendente ver cómo a primera vista los grupos humanos tienden a parecerse, y encontrarse con la particularidad irrepetible de cada uno. Siempre hay gente talentosa y diferente: algunos tienen aficiones cercanas (recuerdo a una chica de Zamora que había escrito una saga de novelas), pero también es estimulante conocer a gente inteligente que tiene gustos y referencias totalmente distintos.

Ante ese público creo que lo que dices a veces puede ser útil. Tengo amigos que no habían conocido a un escritor hasta que invitaron a uno a su instituto para que hablara de sus libros. Cuando he hablado ante estudiantes de instituto o de la universidad he intentado ser realista y relativamente optimista.

A la cultura se le reprochan las quejas con mayor intensidad que a otros sectores, y probablemente de manera injusta. Muchas reivindicaciones no se diferencian a las de otros grupos, y no veo por qué los trabajadores de ese sector tengan menos derecho a defender sus intereses que los de otros.

Pero en algunas charlas ante los estudiantes predomina una especie de queja narcisista. No es raro encontrarse a personas perfectamente integradas que muestran visiones apocalípticas. Hablan de asuntos arcanos, de rencillas difícilmente comprensibles para el público, y a menudo describen más percepciones motivadas por el resentimiento que las realidades del mercado o las particularidades del oficio. No es raro que se denuncie la corrupción de los demás actores del sector, siguiendo la vieja definición de que ética es lo que les falta a los otros.

A veces este lamento viene acompañado de una crítica al calamitoso estado de la cultura en nuestro país. Siempre se lee demasiado poco, y lo que se lee es una basura: ¿qué hacen todas esas presentadoras de televisión publicando novelas? Pero qué se puede esperar: a fin de cuentas, estamos en una tierra inculta, con una ignorancia promovida por los políticos. “¿Qué puede esperarse de un país cuyo presidente de gobierno solo lee el Marca?”, es un corolario frecuente entre personas que defienden que la cultura nos aleja de los tópicos y los clichés.

Naturalmente, los jóvenes de ahora son más incultos que antes. Nadie lee a los clásicos y todos se pasan el día ante las pantallas, se dice. Esto -que me recuerda a la idea de Billy Wilder: Antes los del cine éramos lo peor, menos mal que se inventó la televisión para que hubiera alguien que estuviera por debajo- produce una sensación desconcertante: lo que parecía que iba a ser un encuentro para describir tu oficio se acaba convirtiendo en una especie de bronca a unos alumnos. (Probablemente no es casual que muchos de los que quejan con más vehemencia no pregunten después a los estudiantes.)

A veces puedo compartir algunos de estos diagnósticos, y respeto la visión de gente que conoce el sector mejor que yo, pero no termino de ver en qué pueden ayudar a los estudiantes algunos de esos discursos, a no ser que el objetivo sea crear un efecto disuasorio. Muchos de los clásicos son divertidos, y leerlos es una buena inversión de tiempo, pero se presentan como una especie de barrera: unos deberes que el oyente tenía que haber hecho antes, en vez de una oportunidad por descubrir. Al escuchar algunas de esas voces, no siempre me quedan claros los beneficios de la cultura. Y no siempre se transmite algo esencial: el gusto por actividades que, por otra parte, nadie nos ha obligado a elegir.

Aunque he estado en mesas redondas donde los jóvenes tenían esa visión pesimista, y donde los mayores veían el futuro con más optimismo, en estos debates me ha tocado más de una vez por edad el papel de integrado frente a los apocalípticos. No es raro que el intelectual mayor te diga: “Yo también pensaba así a tu edad”. Entonces, con una mezcla de inquietud y melancolía, te preguntas en qué momento empezarás a pensar como él.