Alberto Blecua y Trevor Dadson: despedida retórica | Letras Libres
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Alberto Blecua y Trevor Dadson: despedida retórica

El azar quiso que Alberto Blecua y Trevor Dadson, dos hispanistas e investigadores fundamentales, fallecieran el mismo día, el pasado 28 de enero.

El martes 28 de enero fallecían Alberto Blecua y Trevor Dadson, dos de los más prolíficos estudiosos de las letras áureas. Mucho les debe el hispanismo mundial a estos investigadores señeros, cuyo ingenio, humor e ironía no les abandonaron a lo largo de su vida ni de las páginas que escribieron para deleite de los amantes de la literatura medieval, renacentista y barroca.

El primero, zaragozano de nacimiento, aunque barcelonés de adopción, residió en la ciudad condal y dio clases en su Universidad Autónoma durante más de cuatro décadas. Profesor generoso e intelectual excelso, quienes trataron a Luis Alberto Blecua (1941-2020) concuerdan en su amable entrega en cada una de las asignaturas que impartió como docente de instituto en su juventud, y después desde las aulas universitarias. Junto con su hermano José Manuel, se convirtió con humildad en uno de los mejores discípulos de su propio padre, José Manuel Blecua, cuyo vibrante legado sigue vivo en profesionales de la talla de Aurora Egido, Rosa Navarro o Carme Riera.

El reconocimiento de su labor investigadora lo convirtió en miembro correspondiente de la Real Academia Española y de número de la de Buenas Letras de Barcelona. Sin duda, entre los mayores proyectos que ha dejado en herencia se cuenta el flamante PROLOPE, uno de los más vibrantes grupos de investigación del panorama universitario actual en Humanidades, que fundó en 1989 con el objeto de culminar la publicación crítica de la obra dramática conservada de Lope de Vega. Casi nada: más de trescientas comedias de autoría segura, más las de atribución dudosa, cuya edición supo repartir entre un nutrido grupo de filólogos que, junto con el profesor Alberto Blecua, pusieron en marcha foros internacionales de debate y publicaciones como el Anuario de Lope de Vega. Un equipo al que, sobre todo, es fácil augurarle continuidad, probablemente uno de los mayores triunfos para un maestro de su calado.

Aparte de sesudos ensayos sobre El conde Lucanor, el Lazarillo o Garcilaso, estudió y prologó la Retórica y la Poética de Aristóteles, que se sabía al dedillo, según demostró en incontables ocasiones. Sus conocimientos de ecdótica lo convirtieron en un referente ineludible, y su Manual de crítica textual ha servido desde los años ochenta a estudiantes y profesores de todo el mundo para acometer con un método riguroso, a la par que versátil, aproximaciones a la transmisión de la literatura. En la historia de la filología española fue determinante tal esfuerzo por condensar sin pretensiones semejante amalgama de conocimientos, desde la sencillez de un título que define a la perfección su pasión inextinguible por la enseñanza y su escepticismo ante el juicio inamovible.

Alberto Blecua nos obsequió con instrumentos de análisis y síntesis histórico-literarias, algunos de cuyos mejores frutos vieron la luz en el volumen Signos viejos y nuevos. Estudios de historia literaria. Tras jubilarse, lo nombraron profesor emérito, y en humilde pago a sus finezas, le fue brindada la colección de estudios La escondida senda, cuyo título recuerda a su admirado Fray Luis, aunque su pluma se atreviera también con escritores como Alberti o Pere Gimferrer. Aún pude trabajar codo con codo junto a don Alberto en alguno de sus penúltimos trabajos, donde siguió demostrando que su amor por Cervantes y la intertextualidad no tenía fin. Sus discípulos coinciden en la generosidad con la que dirigió más de una veintena de tesis y un sinfín de tribunales doctorales. Tuve la dicha de que presidiera el mío e iluminó el procedimiento de defensa acostumbrado con su inteligente lectura y su tono afable.

Aquel día memorable de 2014, coincidieron estos dos portentos de la disciplina en el tribunal que juzgó mi tesis, y ofrecieron una clase magistral de agudas sugerencias antes de brindar por un futuro incierto que parecía escribirse en inglés. Aunque esa era su lengua nativa, y fue miembro de la British Academy, Trevor Dadson (1947-2020) hizo del castellano su segunda piel. Así se granjeó un lugar indiscutible en la estela de hispanistas británicos como John Elliott, y llegó a ser nombrado académico correspondiente de la RAE, una de las instituciones a las que supo servir con dedicación y constancia. Falleció de manera inesperada en Virginia (EEUU), donde se encontraba trabajando como profesor visitante, después de haber ejercido su magisterio en las universidades de Belfast, Birmingham y Queen Mary de Londres, de la que era emérito.

Su pasión por la historia del libro y la biografía, así como por la crítica textual, lo llevaron a editar la obra de escritores tan destacados como Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, o Gabriel Bocángel, pero también a estudiar personajes claves como la princesa de Éboli o George Eliot. Condujo durante años el Hispanic Research Journal, referente del campo. El año pasado, Javier Letrán e Isabel Torres editaron en su honor un volumen de estudios sobre poesía española, especialidad que lo convirtió en el mejor conocedor de Diego de Silva y Mendoza, conde de Salinas, además de la historia política y socioeconómica de nuestro país. Fue capaz de imprimir su sello personal en innumerables proyectos en inglés, como Tolerance and coexistence in early modern Spain. Precisamente con motivo de su dedicación al tratamiento de los moriscos tras la orden de su expulsión, hay una calle con el nombre de Trevor Dadson en Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real.

Letreros, libros, palabras que alimentarán el recuerdo perenne de estos dos hispanistas en el espacio y en el tiempo.