Albert Camus y el malentendido | Letras Libres
artículo no publicado

Albert Camus y el malentendido

En El vacío elocuente (Galaxia Gutenberg, 2017) José María Ridao cuestiona la imagen de santo laico de Camus y reivindica su talento tanto literario como filosófico.

La literatura y la personalidad de Albert Camus siguen inspirando estudios y ficciones. Hace unos años Berta Vias Mahou publicó Venían a buscarlo a él, una novela inspirada en su vida. Kamel Daoud obtuvo el premio Goncourt de primera novela por Meursault, caso revisado y Alice Kaplan ha escrito una investigación en torno a El extranjero, Looking for the Stranger.

En El vacío elocuente (Galaxia Gutenberg, 2017) José María Ridao se propone analizar un par de malentendidos sobre el autor de La peste. El primero sería el que lo presenta como un escritor de talento pero superficial, un filósofo amateur envuelto “en una bruma de sospecha e incluso de desprecio”. El segundo -y ahora imperante- sería el que lo ha convertido en una especie de santo laico y fotogénico. El primer malentendido se debía en parte a la polémica con Les Temps modernes en torno a El hombre rebelde. El segundo malentendido es opuesto: tiene que ver entre otras cosas con el periodismo, para quien Camus “no es un ejemplo sino una coartada”. Aunque Camus escribió bastante en prensa, Ridao prefiere no hablar mucho de su labor periodística, “por una mezcla de repugnancia y hastío hacia una de las actividades más impúdicas y pagadas de sí mismas”.

El elemento que habría cambiado la percepción de Camus, explica Ridao, fue la publicación póstuma de El primer hombre en 1994. Allí “aparecía al desnudo por primera vez, sin las máscaras narrativas a las que había recurrido en obras anteriores, un mundo de fascinante belleza, y, a la vez, de aterradora miseria, que no era otro que el mundo argelino en el que transcurrió su infancia y primera juventud”.

Uno de los objetivos de Ridao es crear un contexto para la filosofía de Camus y mostrar que “la dimensión del Camus filósofo no desmerece de la del Camus literato”. En esa dimensión fue muy importante su maestro Jean Grenier, a quien Camus dedicó El derecho y el revés y El hombre rebelde. La influencia, el énfasis en lo concreto, los consejos a veces inesperados -como que le recomendara entrar en el Partido Comunista-, la manera de mirar Argelia o el resquemor de Grenier por el éxito de El extranjero -que incluyó un reproche de obsesión freudiana porque se mencionaran cuatro veces los pechos de la amante de Meursault en la novela- inspiran páginas brillantes.

Camus se propuso prolongar esa otra tradición que tomó de Grenier, una tradición para la que rechazar los sistemas filosóficos no equivale a rechazar la razón en la que declaran fundarse, sino tomar conciencia tanto de la fuerza de la razón como de sus limitaciones.

Ese impulso, argumenta Ridao, está presente en Ensayo sobre el espíritu de ortodoxia de Grenier y en El hombre rebelde. Tiene que ver con el debate con Sartre y Les Temps Modernes a propósito del último libro: el autor de La náusea defendería una racionalidad histórica a la que se oponía Camus: “para Sartre, el concepto de historia exige rechazar cualquier otro orden que no sea el que deriva, precisamente, de la historia, de la historia como máscara del absoluto”. Frente a eso, “La legitimidad para juzgar las acciones no puede fundamentarse según Sartre en ningún reconocimiento de la condición metafísica del hombre, sino en las inexorables leyes de la historia, que son las que Camus nunca habría querido o podido comprender”.

Si Sartre situaba a Camus en la tradición de los moralistas y aunque Berlin no incluía a Camus en esta corriente y sus herederos, Ridao lo compara con autores románticos o prerrománticos como Hamann, que Berlin consideraba el “embrión del existencialismo”. “La transformación de la tradición antirracionalista en una tradición de signo contrario, una tradición que, en palabras de Berlin, proporciona ‘un cierto grado de autocomprensión racional consolidado, vendría a poner de manifiesto que no todo rechazo de la filosofía de sistema conduce al rechazo de la razón, o dicho en otros términos, que los usos posibles de la razón no se agotan en la construcción de los sistemas filosóficos”.

Ridao sabe iluminar de otra manera actitudes de Camus -que “no sé sitúa ni de cerca ni de lejos entre los existencialistas”, aunque construya “una filosofía de la existencia”- ante el suicidio (en El mito de Sísifo) o el asesinato (en El hombre rebelde), y añadir detalles a algunas controversias sobre las que hemos leído otras veces. Así, describe elementos autobiográficos casi obsesivos de su obra, explica la idea del absurdo del escritor, o relaciona las diferencias en torno a la pena de muerte para Brasillach entre Beauvoir y Camus con el existencialismo. Ridao explica los debates pero también analiza cómo se contaron después (naturalmente, cada uno cuenta la versión que más le favorece). Así, Beauvoir intentaba presentar a un Camus que cedía a las presiones de quienes decían clemencia, en vez de alguien que hubiera cambiado de opinión. En la célebre disputa sobre El hombre rebelde, sostiene Ridao, Sartre no siempre se mostraba como un interlocutor: parecía un profesor de filosofía.

A su juicio, en ese texto estaría una de las razones de El primer hombre: Sartre habría sido su impulsor involuntario: “Con el artículo sobre El hombre rebelde, disciplente y descarnado, Sartre acabó desbaratando el ‘pudor instintivo’ a hablar de la miseria que Camus había conocido en su infancia, y le estimuló, por este camino imprevisto, a sobreponerse al perturbador sentimiento que confesó en El primer hombre y que lo mantuvo durante años recluido en una reserva a la vez orgullosa e instintiva: la vergüenza de sus orígenes y la vergüenza de haberla sentido”.

Las discrepancias con Beauvoir y Sartre se repiten en las diferentes posturas sobre Argelia, que es el asunto del que trata el último capítulo. “Puesto que Sartre coloca la legitimidad y la justicia en la balanza del colonizado, no porque sus acciones sean en sí mismas legítimas y justas, sino porque hacen avanzar un proceso establecido por la leyes de la historia, quien no tome un partido expreso e incondicional por el colonizado opta por la ilegitimidad y la injusticia”.

Compara a Camus -enfrentado a una elección desgarradora que lo lleva al silencio- con Germaine Tillion, y con Manuel Azaña. Azaña y Camus “reconocen que, invocadas desde una tribuna, las verdades dejan de ser últimas y se convertien en verdades de parte, en verdades inevitablemente arrojadas al tumulto de la lucha”. Como Tillion (o Azaña, Marek Edelman, Varian Fri, Jan Karski y Albert Hirschman, por mencionar los otros ejemplos que cita Ridao), Camus pertenece a “una estirpe de hombres que aun inspirando sus acciones en un ideal, en una verdad última, ni se la apropian ni aceptan ser sus comediantes”.

Ridao busca las aristas del personaje: critica su capacidad para hacer sufrir a sus seres cercanos y señala sus cambios de opinión, sus errores y vacilaciones. Frente a la imagen que lo presenta como alguien que contempla los acontecimientos “con ojos de buen salvaje” y que por eso -por no haber entendido a Hegel, como escribía Sartre- no habría cometido los errores de gente mejor informada, como si “la ignorancia fuera el verdadero nombre de su lucidez”, muestra que lo interesante de él no son solo sus aciertos, sino cómo llegó hasta ellos. Como en los casos de Koestler, Orwell, Semprún o Ridruejo, “reside en el recorrido sembrado de dudas y no solo en el destino que alcanzaron a través de genuinas contriciones y desgarradores sacrificios”, escribe Ridao, en este libro preciso y apasionado, inteligente y extrañamente íntimo.