Rafael Berrio y el cine de fantasmas | Letras Libres
artículo no publicado

Rafael Berrio y el cine de fantasmas

Berrio es el músico más importante de esa generación perdida del rock en español que abarca desde finales de los ochenta a mediados de los dosmiles. Su película "Escuchando Niño futuro" nos recuerda que, si el cine es el arte de los fantasmas, la música es el de los mortales.

No por manoseada deja de ser una metáfora bonita, apropiada: el cine es el arte de la fantasmagoría porque permite revivir a los muertos. Esto lo supo Hitchcock que con Vértigo filmó la película de fantasmas definitiva; también lo han mostrado, de distintas maneras, Jack Clayton, Lucio Fulci, Bergman, Hong-jin Na, Kubrick, James Wan o hasta Carlos Vermut.

El cine es cine de fantasmas. Y los fantasmas son el cine.

Hace unos pocos días, en una emocionante sesión de apenas cuarenta y cinco minutos, se estrenó en la Cineteca de Matadero una película que aporta una nueva mirada al cine de fantasmas –y al cine de terror en general–. Estoy hablando de Escuchando Niño futuro, una película de Rafael Berrio, dirigida por Andres Daniel Sanz y auspiciada/creada por el propio Berrio.

Berrio, para los que aún no lo conocen, es el músico más importante de esa generación perdida del rock en español que abarca finales de los ochenta y mediados de los dosmiles. Como Fernando Alfaro o Antonio Arias, Berrio estaba demasiado cerca del fin de la movida –quizá la época musical menos estimulante en la historia del rock en español– pero aún muy lejos de la explosión del indie ruidoso noventero –al que no le hace ascos en su devoción confesa por la Velvet y en el que encontró no pocos amigos. Además, cantaba en español en un País Vasco que promovía y apoyaba la música en euskera.

Ya fuera bajo su propio nombre o bajo el de bandas (Deriva) o falsas bandas (Amor a Traición) Berrio escribió, interpretó y grabó discos de rock de autor donde lo más importante era el qué se decía y sobre todo el cómo. Autor de un léxico espectacular (es cierto como dijo Jonás Trueba hablando de él que los músicos ya no nos descubren palabras), una curiosidad infinita, un sentido del humor deslumbrante y una capacidad melódica única (al fin y al cabo también fue autor para otros, y para serlo hay que ser muy bueno), el gran Rafael Berrio falleció, como se sabe, el 31 de marzo de 2020, dejándonos huérfanos de canciones y discos.

Supimos, los que más o menos estábamos cerca de su entorno, que Rafael dejó inédito un libro con sus letras –un libro de poemas por derecho, como dicen los flamencos– y algunas canciones grabadas. Lo que no podíamos imaginar es que, además, dejara la nueva mejor película de fantasmas.

Escuchando Niño futuro es, en apariencia, lo que promete el título: plano fijo, foco inamovible, Berrio se planta (no sin humor, y con unas dotes actorales ya contrastadas en La Reconquista de Jonás Trueba) delante de la mesa de mezclas de un estudio de San Sebastián y escucha del tirón y en orden, tema tras tema, el que fue su último disco de estudio.

No tardamos en descubrir que la apariencia, como cuando se mira debajo de una sábana que flota, engaña. Berrio nos descubre que en el preciso orden secuenciado de las canciones del disco late una historia de recuerdos, apariciones, espectros, apocalipsis y renaceres. Una especie de novela gótica en la que el fantasma nos contempla mientras lo contemplamos, en el que se suceden las evocaciones de una vida pasada ("Dadme la vida que amo", "Mi álbum de nubes del cielo") la sombra de un final al principio lejano ("Sísifo releva a Sísifo") hasta que en el díptico formado por "Abolir el alma" y "El horror" los depravados monstruos lovectraftianos –las criaturas que habitan bajo la mansión– toman el control. A pesar de la falsa ilusión –el único playback a cámara de principio a fin– de "Las tornas cambian" (quizá, puede, un guiño a Henry James) y la exhibición de atrocidades de "Niño futuro", lo mejor está aún por llegar.

En un último truco, inesperado y genial ("El truco era un resorte") Berrio –casi como el Bowie de Blackstar– dota de sentido a todo lo visto (escuchado y vivido) y comprendemos con ese “Y se acabó la magia" final que si el arte de los fantasmas que, si el cine es el arte de los fantasmas, la música es el de los mortales. Que usted lo vea.