Por el derecho a ofender: Lenny Bruce | Letras Libres
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Por el derecho a ofender: Lenny Bruce

A Lenny Bruce, el "cómico enfermo" cuya vida retrató Bob Fosse en su tercer largometraje, de 1974, no le faltarían enemigos en nuestros días.

Ceremonia de apertura en Cannes 2016. La cinta inaugural, fuera de concurso, es Café Society (2016), la entrega anual de Woody Allen, y el maestro de ceremonias Laurent Laffite recibe al octogenario cineasta neoyorkino con un chiste: “Has estado filmando muchas de tus películas en Europa, y eso que en Estados Unidos no te han condenado por violación”.

El chiste fue lanzado, en doble banda, hacia Roman Polanski –culpable de violación de una adolescente de 13 años y prófugo de la justicia estadounidense desde 1978, quien siguió su exitosa carrera fílmica en Europa– y, por supuesto, hacia el propio Allen que, aunque nunca ha sido acusado formalmente de ningún delito sexual, es considerado culpable de haber abusado de su propia hija por una parte de la opinión pública.

Según todas las crónicas, el chiste dejó helado al público presente esa noche en Cannes, a tal grado que al día siguiente el propio Laffite se disculpó, afirmando que no había querido importunar a nadie. Por su parte, Blake Lively, una de las actrices de Café Society, se declaró horrorizada, pues “ningún chiste sobre violaciones, homofobia o Hitler puede ser un buen chiste”.

Curiosamente, el que entró en defensa de Laffite fue el propio Allen, quien en la conferencia de prensa posterior afirmó el derecho de todo comediante de hacer los chistes que desee. Por supuesto, para un cineasta que alguna vez escribió y dirigió el más hilarante episodio fílmico que se haya hecho sobre zoofilia –en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo… pero temía preguntar (1972)–, no había otra respuesta posible. ¿El humor ofende? Es problema del ofendido. “Y yo no me ofendo fácilmente”, dijo Allen.

Pero, ¿sigue siendo válida esta libertad para ofender en estos tiempos en los que se exige, desde algunas posturas pretendidamente progresistas, una posición moral ante los artistas y el arte mismo? Ya Fernanda Solórzano escribió lúcidamente en estas mismas páginas acerca del crítico británico Mark Cousins, quien no solo manifestó su rechazo al cine de Allen o Polanski por provenir de individuos perversos, sino que, además, juzgó la obra mayor El hilo fantasma (Anderson, 2017) desde una estrecha perspectiva puritana, lo que lo hizo afirmar que el protagonista del filme, interpretado por Daniel Day-Lewis, es un bully que atormenta al personaje de Lesley Manville.

El virus del puritanismo adquirido, en palabras de Solórzano, se ha ido diseminando de manera consistente: April Wolfe, en The Village Voice, reprocha que en el sólido neo-noir Small Town Crime (Hermanos Nelms, 2017) las víctimas sean mujeres jóvenes, repitiendo el “mismo problema” del género criminal, que victimiza a la mujer; Nicholas Barber, en The Economist, se lamenta que la familia sobreviviente del espléndido filme de horror Un lugar en silencio (Krasinski, 2018) tenga que usar sus armas para defenderse de unos insectos alienígenas ciegos, lo que convierte a esta cinta, aparentemente, en propaganda de la Asociación Nacional del Rifle. Y a esto habría que agregar las peticiones de organizaciones civiles, gubernamentales o hasta internacionales que han solicitado, en varios países, clasificar para adultos las cintas en donde los personajes fumen o, de plano, prohibir en las películas que los actores consuman tabaco.

Todo esto me vino a la cabeza después de una reciente revisión de Lenny (EU, 1974), el más pertinente que nunca tercer largometraje de Bob Fosse, una vibrante y a la vez oscura biopic del cómico judío-neoyorkino Lenny Bruce (1925-1966), protagonizada por Dustin Hoffman.

Bruce inició su carrera como stand-up comedian a fines de los años 40, aunque no de la manera más propicia. Condenado a fungir de presentador en espectáculos de burlesque en los que lo mismo hacía imitaciones de Jimmy Durante que contaba añejos chistes de suegras, Bruce desarrolló su propio estilo de comedia –improvisada, ofensiva, provocadora– a lo largo de la década de los 50, primero al lado de su esposa, la vedette Honey Harlowe (interpretada en la cinta por Valerie Perrine) y luego en solitario, hasta que empezó a grabar sus propios discos, que consolidaron su fama en la naciente contracultura americana de los años 60.

Fosse –contemporáneo casi exacto de Bruce y que había iniciado su carrera como bailarín en clubes muy similares a los que trabajó el comediante– dirige Lenny con la segura mano del inventivo coreógrafo que siempre fue. Ya como cineasta, en Dulce caridad (1969) y, especialmente, en Cabaret (1972), Fosse montó algunos de sus mejores números musicales (“Hey, Big Spender”, “Mein Herr”, “Money”) privilegiando los encuadres cercanos al cuerpo y colocando la cámara en múltiples posiciones que luego alternaba a través de un rápido montaje analítico, dominado por cortes bruscos, casi violentos. A falta de Fred Astaire, Gene Kelly o Cyd Charisse –que demandaban encuadres abiertos para admirar los perfectos cuerpos danzando en el piso, en el aire–, Fosse hacía bailar la cámara y, con ella, a sus personajes. Esta es la puesta en imágenes que domina en Lenny. 

En su entrada biográfica dedicada a Fosse en The New Biographical Dictionary of Film (2009), David Thomson apunta con razón que en Lenny nadie baila ni canta, pero Bruce, “el poeta americano del humor desesperado”, es visto por Fosse como si se tratara de alguien que “canta” sus rutinas ante un público que también merece la atención de la cámara manejada por el gran Bruce Surtees, trabajando aquí en tonalidades oscuras y en escenarios cerrados y asfixiantes, muy distintos a lo que acostumbraba hacer con su cineasta de cabecera, Clint Eastwood.

La edición de Alan Heim –quien ganaría su Oscar con la siguiente película de Fosse, El show debe seguir (1979)– permite contrastar las rutinas cómicas del Lenny Bruce de Hoffman con la reacción del público que se encuentra en la oscuridad, abajo del escenario. Hay risas y aplausos, sin duda, pero también incredulidad, azoro, hasta rechazo. Bruce empieza a hacerse notar cuando decide empujar los límites de lo permitido social y legalmente hablando, primero de forma paulatina, luego de manera violenta, buscando la reflexión a través de la provocación más abierta y escandalosa.

No había palabras ni temas prohibidos para este “cómico enfermo”, mote con el que se autodenominaba, por lo que las autoridades lo detuvieron en una decena de ocasiones, acusado la mayoría de las veces por usar palabras obscenas y en otras por posesión de drogas. En su último juicio por obscenidad a fines de 1964 –en el que declararon a su favor intelectuales y artistas de la talla de Bob Dylan, Allen Ginsberg, Norman Mailer, James Baldwin y, sí, Woody Allen–, Bruce fue declarado culpable, condenado a pasar varios meses en prisión, pena que no alcanzó a cumplir por su muerte debida a una sobredosis. 

Hacia el final del filme, el representante de Lenny Bruce, Artie Silver (Stanley Beck), le dice al entrevistador anónimo (el propio Fosse siempre fuera de cuadro), quien ha sido nuestro guía para conocer la vida de este Citizen Bruce que, aunque Lenny ofendió a mucha gente años atrás, sus rutinas ahora son “realmente inofensivas”. 

¿Sí? No estoy tan seguro. Puede que hayan sido inofensivas en 1974, cuando se estrenó Lenny, pero no creo que lo sean el día de hoy, por lo menos para algunos, en este clima puritano. ¿La reflexión de Bruce sobre el comportamiento de Jackie Kennedy cuando su marido era asesinado a balazos en su propio regazo? ¡Crueldad y mal gusto! ¿Su preferencia a ver cine pornográfico en lugar de la épica cristiana Rey de reyes (Ray, 1961)? ¡Ofensiva y blasfema! ¿Su monólogo sobre la necesidad de los hombres de coger cualquier cosa que se mueva, incluyendo una gallina? ¡Perversión! ¡Zoofilia! ¿El uso de epítetos raciales en contra de su propio público (“niggers”, “spics”, “kikes”) para evidenciar el poder de las palabras? ¡Racismo puro!

Por supuesto, a la estirpe provocadora de Lenny Bruce no le ha faltado descendencia en nuestros días: algunas de las rutinas del ahora defenestrado Louis C. K (el monólogo sobre pedofilia en Saturday Night Live), el especial Thoughts and Prayers (2015) de Anthony Jeselnik o la teleserie británica Fleabag (2016), de Phoebe Waller-Bridge.

Lo nuevo es que mientras Lenny Bruce desafiaba los límites de la libertad de expresión, provocando la ofensiva legal de las autoridades y los ataques de grupos ultraconservadores, esta vez el desafío ya no proviene exclusivamente de los añejos guardianes de las buenas costumbres, sino también de algunos bienintencionados que condenan una cinta porque su protagonista representa una masculinidad tóxica, desconfían de otra película porque sus personajes usan una escopeta para defenderse de unos aliens, deciden no volver a visitar el mundo ficticio de los creadores que consideran perversos o se escandalizan por algún chiste sexual subido de tono. A Lenny Bruce no le faltarían enemigos en nuestros días.