Pilar Palomero, un debut emocionante | Letras Libres
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Pilar Palomero, un debut emocionante

El primer largometraje de la directora zaragozana, 'Las niñas', es un retrato emocionante de la adolescencia en una ciudad de provincias durante los años noventa.

Las niñas es el primer largometraje como directora de la zaragozana Pilar Palomero (Zaragoza, 1980) –antes había hecho cortos como Niño balcón u Horta, una pieza dedicada a su pueblo–. La historia que cuenta es la de una niña, Celia, que tiene once años, vive en Zaragoza con su madre, va a un colegio de monjas y empieza a descubrir el mundo. Lo primero de lo que se da cuenta en su aprendizaje es de que si quiere crecer tiene que empezar a cuestionar las cosas: de la existencia de Dios a la historia que conoce sobre su padre.

La trama es sencilla y compleja a la vez: es un viaje interior en el que el contexto es importante porque Celia es preadolescente en un momento muy concreto: son los años noventa; está a punto de formarse la Comunidad Europea, son los años de Rafaella Carrá y las mamá chicho, el porno codificado en Canal +, los años del Póntelo, pónselo para la prevención del sida, mientras la educación sexual de las niñas era más bien inexistente. En el caso de Celia, el intento de acercamiento en la escuela viene de una monja que lo liga al amor conyugal, claro, y que ni siquiera pronuncia bien la equis. El germen de la película surge de una redacción que encontró la cineasta que había hecho ella en 1992: “La sexualidad al servicio del amor”, como le contó en una entrevista en Heraldo de Aragón a Antón Castro. Y son los años también de la Superpop y los test sobre cómo preparar “una sorpresa especial a tu chico”, que las niñas de la película por supuesto leen en la parada del autobús entre risas.

Celia empieza a preguntarse quién es y quién quiere ser a partir de la llegada de una niña nueva a la clase, Brisa, que no solo tiene una chaqueta vaquera llena de parches, también conoce muchos más grupos que Celia, a la que le graba una casete con canciones.

Además de Celia y sus amigas (un elenco, encabezado por Andrea Fandos, que da brillo y alegría a la película con una naturalidad maravillosa), y ese gregarismo necesario y asfixiante en el paso de la infancia hacia la edad adulta, están Celia y su madre (Natalia de Molina, que solo conoce un estado, el de gracia), son una familia monoparental con toda la carga que eso supone en ese momento, y hay un tercer elemento que define a Celia: Zaragoza, la Zaragoza de los noventa.

Se ve el Pilar en un paseo en moto cruzando el Puente de Hierro, que sigue recorriendo la ciudad, sale la sala Green, la mítica discoteca light de Zaragoza de esa época. La de Celia es una adolescencia de provincias, pero ese detalle en los lugares y las cosas es el que permite, pardójicamante, universalizar su experiencia. Y están, por otro lado, los grupos de música de la ciudad: el más famoso, Héroes del Silencio, pero no era el único, estaban Más Birras, liderado por Mauricio Aznar, Niños del Brasil, con el hit “Viernes” en la voz de Santi Rex, o Manolo Kabezabolo. Todas esas canciones son las que Brisa le graba a Celia.

La música tiene un papel importante en la película, no solo ayuda a pintar el contexto y permite establecer conexiones emocionales al espectador, sirve también como resumen del viaje de Celia en busca de su identidad. Al principio de la película aparece un ensayo del coro en el que lo que enseña la monja, interpretada por Laura Gómez Lacueva, les enseña a mover los labios sin cantar, sobre todo las que ella considera que cantan mal, entre ellas, Celia.

Por eso Celia no se atreve a cantar y solo lo hace cuando está sola, y por eso es tan emocionante el final con la actuación del coro y Celia abriendo la boca y cantando de verdad con su voz, que tanto le ha costado conquistar. Eso, como digo, resume el viaje que apenas empieza Celia y que será largo tanto que puede que no termine nunca porque ni siquiera tiene destino, lo importante es lo que sucede en el camino que se recorre tratando de descubrir quién es uno.

Las niñas es un retrato emocionante sobre en qué consiste crecer, las relaciones con el grupo y la familia, los secretos y los silencios, y cómo en parte para decidir quién queremos ser hay que deshacerse de lo que quieren que seamos los demás. Las niñas es un pequeño milagro: eso que busca y consigue es tan frágil y delicado que uno solo puede sentirse afortunado de poder disfrutarlo.