In Memóriam: Chicho Ibáñez Serrador, asustando España | Letras Libres
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In Memóriam: Chicho Ibáñez Serrador, asustando España

Chicho siempre defendió el humor, hizo bandera de la imaginación, apostó por lo siniestro y lo macabro, y su gran logro fue colocar al español medio en el centro mismo de sus más brillantes historias de terror y suspense.

Es fácil cerrar los ojos y visualizar a Chicho.

Narciso Ibáñez Serrador. Antes de alguno de sus programas. Puro y silla de director. Las piernas cruzadas. Gafas gruesas. Barba. Bufanda. Mirada a la cámara. Algo guasona. Y esa voz dulce, modulada, herencia de sus padres, ambos actores. Su madre, Pepita Serrador, fue una elegante señora del cine y el teatro; su padre, Narciso Ibáñez Menta -que protagonizó un gran número de las historias de miedo de Chicho- es el único icono gótico con el que cuenta el cine fantástico español. Nuestro Vincent Price. Nuestro Christopher Lee.

Chicho es una figura imprescindible para entender el desarrollo de la televisión y el cine en España, capaz de influir a distintas generaciones (de los sesenta a finales de los ochenta) y de marcar la infancia, la adolescencia o la primera juventud de un montón de españoles. Ya fuera inquietando con sus cuentos macabros a las familias bienpensantes a la hora de la cena, haciendo soñar a las clases medias con un apartamento en Torrevieja o animando, con su breve filmografía como director, a los adolescentes que querían hacer cine de terror en España. Algo impensable entonces.

Fue el rey indiscutible -junto con Antonio Mercero- de lo que podríamos llamar edad de oro de la televisión en España. Ahí están Los camioneros y Curro Jiménez de Mario Camus, Fábulas de Jaime de Armiñán o La cabina y Verano azul del mencionado Mercero. El ciclo se cerraría justo antes de la aparición de las privadas con las míticas Juncal del propio Armiñán y la Brigada central de Juan Madrid y Pedro Masó y los últimos programas de Chicho en televisión (no se nos puede olvidar la importancia de su Hablemos de sexo o su canto del cisne, El semáforo, dónde se adelantó a la televisión freak, al espectáculo circense pero respetando precisamente a los freaks).

Además de creador y director, ejercía de showman carismático que se colaba en sus programas ya fuera a través de su voz -esa especie de demiurgo que lo miraba todo desde arriba- o haciendo bromas con su afilado sentido del humor.

Como muestra de su (quizá infravalorada) maestría en el campo de los programas podemos señalar la escaleta del mítico Un, dos, tres. Una estructura que funcionaba como una montaña rusa, siempre nueva, siempre reinventada, en la que cabía casi de todo: Actuaciones musicales, humor, medio peleíllas maritales o familiares, unos villanos geniales -primero Don Cicuta, luego las Supertacañonas-. Chicho, además, descubrió a varias generaciones de actores y actrices y cómicos y logró, viernes tras viernes, mantener a los españoles pegados a la pantalla para ver un concurso. Parece fácil.

Aunque su legado más profundo, el más importante y el que más ha calado en el imaginario colectivo es de creador de pesadillas. Chicho fue un director de cine influyente que solo dirigió dos películas. Pero vaya dos películas: La residencia, su ópera prima, elegantísima muestra de gótico victoriano, inspirada en las fantasías guarrindongas de la Hammer, morbosa, sexual y más que necesaria en un país reprimido como el nuestro pero con una sofisticada, cuidada puesta en escena; Quién puede matar a un niño, su obra maestra y además su última película (en realidad rodó una tercera película, para televisión, La culpa) es una película perfecta, en la que todo funciona. La fotografía luminosa de Alcaine, la música de Waldo de los Ríos, las interpretaciones, el ritmo, el guion. Supuso un paso de madurez para su autor. La historia es provocadora, tiene un perverso sentido del humor, además de una compleja búsqueda de cierta conciencia social (esos créditos con niños sufriendo en guerras). Y además muestra a un autor capaz del doble salto mortal: se trata de una película claustrofóbica y aterradora pero rodada en exteriores turísticos (esa Ibiza que nunca será igual para los que hemos visto la película) y, ojo, a plena luz del día.

Sus programas Mis terrores favoritos (un ciclo de películas de terror y suspense) y, sobre todo, Historias para no dormir asustaron a toda una generación de españoles. Ya fuera escribiendo brillantes adaptaciones (me viene a la cabeza, por ejemplo, La zarpa proveniente de “La pata del mono” de W. W. Jacobs) bajo el pseudónimo Luis Peñafiel -en las que reivindicaba a escritores tan olvidados aquí como Poe, Maupassant o Lovecraft- o con su especialidad: retratar la miseria del español medio. De hecho, Chicho consiguió algo muy difícil y especialmente acertado: convertir la España franquista en un lugar mental tan siniestro como el Londres victoriano o la Nueva Inglaterra de Poe o Lovecraft. Ahí quedan El cumpleaños, El asfalto o la que quizá es su mejor obra, la metalingüística y muy angustiosa El televisor.

Chicho siempre defendió el humor, hizo bandera de la imaginación, apostó por lo siniestro, lo macabro, por lo oscuro. Y su gran hallazgo final, el más decisivo, fue colocar al españolito medio, el franquista aburrido, en el centro mismo de sus más brillantes historias de terror y suspense, aportando no solo una perspectiva única al género del relato de horror sino, lo más importante, ayudando a la gente a entender el país gris, mediocre, cicatero, revanchista en el que se encontraban.

Y esa es quizá la mayor grandeza de Chicho. Usando algo tan básico como el miedo ayudó a la gente a entender un poco más este puñetero país.