Jo March, escritora rubia | Letras Libres
artículo no publicado

Jo March, escritora rubia

La adaptación de 'Mujercitas' de Greta Gerwig es una película bastante convencional, maniquea en general, cursi en ocasiones y muy irregular.

Mujercitas en el siglo XXI. Antes de que se estrenara, la versión de Greta Gerwig de Mujercitas, la novela de la escritora Louisa May Alcott, ya había sido colocada en el lado bueno: se le presuponía un mensaje feminista y, por tanto, una buena película. Las expectativas sobre lo que iba a hacer Gerwig con ese elenco espectacular eran enormes. El resultado es una película bastante convencional, maniquea en general, cursi en ocasiones y muy irregular.

Tiene cosas buenas, y otras no tanto. Entre las cosas que me gustaron de la adaptación de Gerwig fue que hace de la escritura uno de los centros: el protagonismo cae sobre Jo March, la hermana escritora, la que se lamenta de ser chica, la que dice que no se quiere casar, la que juega, corre y golpea como un hombre, la que decide ganar dinero para ayudar a la economía familiar vendiendo sus cuentos o su pelo –una larga melena castaña en el libro, rubia en la película.

Escribir como una obsesión. En la versión de 2019, Jo March está en Nueva York en una pensión donde escribe cuando no da clase a unas niñas. Escribe y le deja leer sus textos a un compañero suyo –Louis Garrel– que con una honestidad brutal le dice que son malos. Ella se enfada y le pide que no le hable más. Inmediatamente recibe una carta de su madre en la que le pide que vuelva a casa: su hermana Beth ha empeorado. Todo lo que ya sabemos de la historia de la novela adaptada unas cuantas veces y que más o menos nos suena (el padre ausente, la guerra, la obsesión con los vestidos de una, con el matrimonio de casi todas, la paciencia infinita de la madre, la bondad y la enfermedad de Beth…) se cuenta en flashbacks.

La escritura de Jo aparece siempre: escribe las piezas teatrales que las hermanas interpretan en navidad; escribe en la casa familiar antes de irse (su hermana Amy quema su primera novela) y vuelve a escribir de nuevo solo porque Beth, enferma, se lo pide. Escribe con pasión y fervor, en un estado casi febril. Escribe tanto que tiene que descansar la muñeca. Siempre tiene los dedos manchados de tinta. Escribe en unas cuartillas rígidas en las que la pluma dibuja una caligrafía impecable.

Me acordaba de La vida privada de Adele H., la película de François Truffaut sobre la hija de Victor Hugo. Y también de una cosa que escribe Ismael Grasa en Una ilusión: “Porque escribir, como el silencio que acompaña esta actividad, es primeramente algo físico, es una postura, un modo de disponer la columna vertebral, por así decirlo.”

Bailando, el silencio loco. En la versión de Gerwig hay muchos bailes: está el que hacen Jo y su vecino Laurie la primera noche que se conocen, un poco exagerado; el que tiene lugar en casa del pretendiente de Amy en París, o el de Laurie y Meg en una puesta de largo. Las March bailan, a todas les gusta, excepto quizá a tía March, que rechaza las invitaciones para bailar en la boda de Meg. Y la vida social se cifra en esos bailes de sociedad.

Frances Ha, película protagonizada y coescrita por Gerwig, era la historia de una aspirante a bailarina que no se atrevía a dar el paso, una especie de versión indie de Flashdance. Al ver los bailes saltarines de Mujercitas me acordé de La Reconquista, de Jonás Trueba, y ese baile claustrofóbico pero liberador de los protagonistas, y pensé que bailar no es solo bailar, aunque no quede claro qué más es.

El mensaje. Lo peor de la película es que a veces parece un anuncio un poco largo de las bondades de la sororidad, un product placement del feminismo. Otras veces, se dan por hecho cosas que no se muestran, como la bondad de Beth, que se pregona pero no se ve; o la idealización de la madre, que es todo resignación y entrega a los demás. Las discusiones entre Meg y Jo sobre el matrimonio parecen un poco forzadas para defender un feminismo inclusivo. Y la reconciliación entre Amy y Jo sucede como por arte de magia.

Hay momentos muy cursis pero seguramente inevitables, las reuniones frente al fuego, la vuelta del padre desde el frente. Hay momentos en los que el nivel de cursilería es perfecto, como el día de playa que parece un cuadro de Sorolla en movimiento, o la secuencia del final feliz que tiene más que ver con Renoir.

Coda. Quizá el giro más audaz de la apuesta de Gerwig es jugar con la identificación de Jo y la autora de la novela. Se muestra el proceso de fabricación de los libros –es un homenaje bonito a ese trabajo artesanal y delicado– y la emoción de ver un libro con tu nombre impreso, ese momento en que uno se convierte en escritor a ojos del mundo. No sé si es un error o un acierto el juego metaliterario de confundir a protagonista con escritora, aún no lo he decidido.