“Fourteen”, retrato de dos amigas | Letras Libres
artículo no publicado

“Fourteen”, retrato de dos amigas

La película más reciente de Dan Sallitt llega hoy a los cines. Es un retrato alejado de cualquier sentimentalismo de una amistad y su evolución con el paso de los años.

Quien tiene una amiga. Fourteen, de Dan Sallitt, que se estrena este viernes, cuenta la historia de dos amigas, Jo y Mara, que viven en Nueva York y que se conocen desde la escuela. Contar quizá no sea el verbo más preciso, quizá sería mejor decir que muestra algunas escenas de su relación, algunas marcan puntos de inflexión, pero otras simplemente sirven para retratar el cariz de esa amistad: un poco tóxica, un poco dependiente, en la que hay admiración, cariño, un poco de envidia, sobreprotección, sentimiento de deuda, de inferioridad, un poco de indiferencia y crueldad. Jo (Norma Kuhling) es alta, rubia, guapa. Mara (Tallie Medel) es morena, bajita. Mara cree que Jo es muy atractiva. Lo es. Pero también problemática: es inestable, desaparece, la echan de los trabajos porque le cuesta madrugar, a pesar de que es muy buena en lo suyo –es trabajadora social–. Mara es maestra de infantil y escribe. Al comienzo de la película, descubrimos que Jo no ha pasado de la página 25 del manuscrito que Mara le dio a leer. Jo es mucho más frágil de lo que aparenta. Mara lo sabe y por eso la protege. Jo es la amiga demandante. ¿Quién no sabe qué es eso?

Dos amigas. La saga de Elena Ferrante La amiga estupenda contaba una amistad entre dos mujeres a lo largo de sus vidas. Conversaciones entre amigos, el debut de Sally Rooney, también dedicaba una parte importante a contar la amistad entre Frances y Bobbi. Las novelas de Zadie Smith Tiempos de swing y NW London también buceaban en la relación entre dos amigas a lo largo del tiempo y las circunstancias. Fourteen, como Frances Ha o la serie Doll & Em, o incluso Girls –aunque ahí eran cuatro, sobre todo tres–, comparte temática: una relación de amistad prolongada en el tiempo y también viciada, en parte, por los malos hábitos convertidos en norma. La vida separa a las dos amigas, que mantienen el contacto porque hay algo que las une casi como a hermanas. Jo es, por supuesto, guadianesca: aparece y desaparece de la vida de Mara sin avisar. Nunca le pregunta cómo está. Siempre promete llamarla para salir a cenar o para conocer a su hija.

Nueva York. La película transcurre en Nueva York, pero la localización no está subrayada. Parece que se ha buscado enseñar el día a día de la ciudad huyendo de las imágenes de postal, de las aceras abarrotadas y la hiperactividad urbanita. Me gusta esa intención de mostrar la ciudad sin maquillaje, como es. Las estaciones de metro, las calles, los parques o los bares en los que vemos a los personajes no abruman por su belleza, ni por el bullir de la vida, como si no quisieran engordar la mitificación de la ciudad, como si quisiera mostrarse un lado menos visto, o mejor dicho: la manera en que se vive Nueva York día a día.

Iceberg, elipsis y lo que no se ve ni se cuenta. En la selección de los momentos en que Jo y Mara se encuentran, como en la teoría de Hemingway sobre el iceberg y el cuento, lo que no se ve es mucho más importante que lo que se ve: no solo lo que no se cuenta, las elipsis, el paso del tiempo, etc., también lo que queda fuera del cuadro en planos con la cámara fija de los que los personajes salen y entran con calma. Como ha escrito Paula Arantzazu Ruiz en Cinemanía, con esos huecos se construye “un drama en sordina que nos interpela profundamente”. Ruiz habla de un “austero naturalismo estético” al referirse a Fourteen, y tal vez sea esa la razón por la que sorprende tanto cuando llega la emoción en esta película de apariencia seca que retrata la amistad y el distanciamiento a lo largo del tiempo.