El pecado de Louis C.K. | Letras Libres
artículo no publicado

El pecado de Louis C.K.

Un año después de su caída en desgracia por el #MeToo el cómico ha vuelto a los escenarios, pero muchos creen que es demasiado pronto.

En La letra escarlata, una de las novelas fundacionales de la literatura estadounidense, publicada en 1850, Nathaniel Hawthorne criticaba el pasado puritano de su localidad natal, Salem. La protagonista, Hester Prynne, es estigmatizada y excluida de la comunidad por tener una hija con un hombre que no es su marido. Al comienzo de la novela, Prynne está varias horas en un patíbulo ante la mirada de todo el pueblo; a algunos les parece que el castigo es demasiado leve. Una espectadora explica a un forastero que la transgresora deberá llevar de por vida una letra A bordada en la ropa, “una señal de la vergüenza en el pecho”. De este modo, entiende el visitante, Prynne “será un sermón vivo contra el pecado”.

Louis C.K., un cómico que juega con el humor provocativo y que tenía el crédito cool suficiente como para que sus chistes se considerasen una forma ingeniosa de empezar artículos en revistas de prestigio, cayó en desgracia en 2017, cuando se publicó el testimonio de cinco mujeres sobre casos de abuso sexual. Se había masturbado delante de dos cómicas a las que había invitado a su habitación de hotel; también durante una conversación telefónica; había invitado a una colega a su camerino para masturbarse delante de ella; también varias veces a otra mujer en un set de rodaje. C.K., que anteriormente había negado rumores sobre el tema, admitió los hechos y pidió disculpas. La película que había dirigido no se estrenó, la cadena HBO retiró sus monólogos y su primera serie, Lucky Louie, se cancelaron sus actuaciones. No hubo condena ni denuncia.

Un año después, el cómico volvió a hacer monólogos. Se difundió el audio de una actuación en la que hace chistes sobre supervivientes de asesinatos masivos, penes, razas, pronombres de género y su experiencia personal. Buena parte de la prensa anglosajona ha decidido juzgarlo: sus bromas, explican, delatan que se ha convertido en un hombre amargado, quizá aliado de la alt-right.

En el Guardian una columnista critica que haya vuelto demasiado pronto: él y Kevin Spacey han estado en el páramo; que se queden ahí, dice el titular. En el New York Times, un psicoterapeuta anuncia que, si bien el cómico tendrá que vivir “siempre con su culpa”, le puede recomendar métodos para afrontar su ira y sus errores. El cineasta Judd Apatow dice que C.K. debe mirar hacia dentro y mostrar empatía. En Vox, la novelista Anna North señala que C.K. y Aziz Ansari echan a perder su oportunidad de redención. Otro texto elogia a una persona que le hizo un escrache: eso, nos explican, sí que era un buen chiste, humor realmente arriesgado. Isaac Chotiner, reciente adquisición del New Yorker, hace una entrevista a una cómica sobre el tema, e insinúa en la entradilla que Louis C.K. ha vuelto demasiado pronto. Cuando en una entrevista Janeane Garofalo condenó las acciones de C.K., pero dijo que el cómico había sufrido, que afectaba a sus hijas y que su interlocutora no entendía lo que es ser un paria público, la entrevistadora dijo que él había decidido ser una persona pública. Tyler Cowen elevó el debate en Bloomberg con una reflexión más interesante sobre las segundas oportunidades y las dificultades que plantean, pero fue una excepción.

Los chistes y sketches que se consideraban perspicaces se ven como muestras de una mentalidad enferma. Normalmente, los reporteros aprovechan la ocasión para utilizar el repertorio de la prensa de corazón y presentarse al mismo tiempo como periodistas comprometidos. Los ciudadanos responsables recomiendan el ostracismo para el cómico que les hacía reír. El barniz de estudios culturales y semiótica de cuarta no oculta el gesto severo del puritano que cifra en el juicio sobre la vida de los otros el alcance de su propia virtud.