El equívoco del sentido del humor | Letras Libres
artículo no publicado

El equívoco del sentido del humor

Fleabag es una comedia innovadora e inteligente sobre una chica atrapada en su propia tristeza.

Una pregunta. ¿Sabes cuando te sientas delante del ordenador y, por fin, en vez de sentirte superado por la abrumadora oferta de series que ver, de repente te acuerdas de una que has oído citar dos veces, en dos presentaciones, y de pronto la buscas, la encuentras, la pones y te preguntas qué has estado haciendo todo ese tiempo, por qué no has estado viendo esa serie, que es a lo único a lo que te quieres dedicar el resto de tu vida, a sentarte delante de la pantalla a ver esa serie de protagonista alta, pelo a la altura de las orejas, no exactamente guapa pero increíblemente atractiva, que es un completo desastre y, además, tiene una cobaya como mascota en su cafetería, que es una cafetería temática de cobayas? Y entonces odias un poco a los que ya la habían visto y no te la habían recomendado. Fleabag, la serie de la que hablo, usa este mecanismo en el primer episodio. Me refiero a preguntar directamente al espectador, que se convierte desde el minuto cero en su cómplice y confesor, mientras le cuenta algo. No hay nada que hacer: para cuando llega a la conclusión –que es una pregunta sobre si el tamaño de su ano es demasiado grande– ya nos ha ganado irremisiblemente.

Una chica normal. Fleabag es una serie de Phoebe Waller-Bridge, autora también de la primera temporada de Killing Eve, que primero fue un monólogo teatral. Ahora, la segunda (y última, por desgracia) temporada de Fleabag se ha convertido en monólogo, cerrando así el viaje de ida y vuelta del personaje que da nombre a la serie: Fleabag. Es inmadura, impulsiva, escatológica y un desastre en general, por decirlo de manera rápida. Tiene un novio eterno al que maltrata con su inestabilidad. Una de las innumerables rupturas la provoca que ella se masturbe mientras ve un discurso de Obama. Pero poco a poco vamos descubriendo cosas de ella: sonríe todo el rato porque siempre tiene ganas de llorar, dice, está obsesionada con el sexo, dice, porque quiere tapar un vacío emocional. Ahora su padre vive con la que era la mejor amiga de su madre, que murió hace tres años. Tiene una hermana tan estirada que cuando va a darle un abrazo, Fleabag cree que le va a pegar. En realidad, Fleabag es una chica bastante normal a la que le han pasado algunas cosas malas: ha muerto su madre, y también su mejor amiga –y socia–. Esta, de una manera ridícula: atropellada por una bici, un coche y una bici, de nuevo.

El pelo lo es todo. Es una verdad que se sabe, pero que en Fleabag se enuncia de manera explícita, cuando Claire, la hermana mayor, se corta el pelo. Pero también es la manera que tiene Claire de enviar señales al mundo sobre lo que le sucede: si se cambia de peinado es que le pasa algo. (Para más información sobre el pelo y las hermanas en Fleabag, lee este artículo en Slate.) El pelo lo es todo. Lo sé porque me lo corté hace un mes. Mi hermana pequeña me avisó: ahora que ya no tienes pelazo vas a tener que ponerte rímel todos los días. “No salgas de casa sin rímel.” Yo le hago caso, aunque a veces llevo el rímel del día anterior.

La cuarta pared. Que venga de un monólogo puede explicar por qué en la serie la protagonista rompe la cuarta pared todo el tiempo y mira y habla a cámara buscando al espectador para comentar lo que sucede, para buscar su complicidad, para avisarle de que miente o para avergonzarse de lo que acaba de suceder. Eso le da frescura a esta serie divertida que cuenta las aventuras de una chica que se siente un poco como un tanque en una duna, pero que se lo toma todo con mucho sentido del humor. Otra cosa que resulta innovadora de la serie es que muestra que a las mujeres también les gusta el sexo y ocupa casi el mismo espacio en sus cabezas que en la de los hombres. El padre de Fleabag le regala una sesión con una psicóloga que le pide que no haga bromas. Su hermana le pide que no sea graciosa todo el rato. Pero es la manera en que Fleabag se enfrenta al mundo, aunque los demás lo interpreten como un signo de frivolidad. El escritor y artista francés Édouard Levé (París, 1975-2007) hablaba en Autorretrato del gran malentendido que genera a veces el sentido del humor: “Como soy gracioso, piensan que soy feliz.”