El amor ciego | Letras Libres
artículo no publicado

El amor ciego

'The souvenir', de Joanna Hogg, cuenta una historia de amor, tiene algo de relato iniciático y es el retrato de una época. Pero sobre todo es una película sutil, exquisita y emocionante.

La película empieza con una voz contando la película que quiere hacer en Sunderland. Julie, la chica que habla, quiere contar la historia de Tony, un chico de dieciséis años que está muy apegado a su madre y vive sufriendo con la idea de que su madre va a morir. Luego hay una fiesta en un apartamento de dos plantas, la casa de Julie, que hace fotos a sus invitados. También rueda, y entonces uno de sus amigos le recuerda que ella es una privilegiada: sus padres se pueden permitir pagarle todo eso. Y ella no dice nada, sigue filmando. Y la vemos contarle a alguien que ha venido con alguien la película que quiere hacer. La presentación del personaje, Anthony, algo mayor que ella, elegante, arrogante y con un halo misterioso, es estupenda: solo lo vemos de espaldas hasta que habla con Julie.

La película es The Souvenir de la cineasta Joanna Hogg, cuyo estreno se retrasó por la pandemia y que ahora felizmente puede verse en Filmin dentro de la programación del Atlántida Film Festival. La historia que se cuenta es autobiográfica y tiene muchos guiños a la vida de Hogg: la madre de Julie está interpretada por Tilda Swinton, con quien Hogg estudió cine; y de hecho, el proyecto que Julie rueda al final de la cinta es lo que Hogg iba a rodar con Swinton, y la actriz que intepreta a Julie es Honor Swinton, hija de Tilda. También está basada en su vida la historia de amor que es el centro: Anthony, ese hombre elusivo, esconde su adicción a la heroína. Lleva gemelos, pide champán en Harrods y paga con un cheque rellenado laboriosamente, le propone ir a Venecia, la acompaña a que le hagan un vestido… Ella paga todo salvo ese primer champán y le deja dinero.

La película tiene muchas capas: está ese primer amor absorbente, también la vocación, los amigos y la escuela de cine a la que asiste (poco o mucho, según le deja la relación). Y está todo el tiempo una época, los años ochenta. Las canciones están muy presentes, en una entrevista con Philipp Engel, Hogg explica: “He querido comunicar lo que significaron los 80 para mí, y en ese momento la música era algo omnipresente en mi vida. Creo que las canciones definen muy bien la época, incluso más que mi propia memoria, que no es muy buena. La música actúa como una magdalena proustiana. Fue escuchando las canciones de entonces cuando los recuerdos empezaron a aflorar”.

La película es sutil, no hay subrayados ni énfasis, los planos respiran. Elsa Fernández-Santos ha escrito que es “Una milagrosa mezcla de frescura y decadencia, de vida y tristeza. Un tono onírico al que contribuye todo lo que ocurre fuera de cada encuadre, que es muchísimo”. Hogg está terminando ahora la segunda parte, que sucede ocho años después, y que cuenta en la producción, como esta, con Martin Scorsese.

The souvenir es una película que tiene algo de milagroso, porque está llevada al límite y funciona, todo es exquisito pero nunca cargante, todo respira naturalidad: el amor, el sexo, las diferencias sociales o la adicción. Es un prodigio.